Pérdida de calidad

Están llegando a Austria modos y modas que anticipan el mundo inhumano que nos viene.

14 de Marzo.- Cuando empecé a escribir Viena Directo, el propósito era hacer comprensible Austria a aquellas personas que no vivieran aquí. También, por qué no, que el lector pudiera hacerse una idea de la realidad aquí mirándola a través de mis ojos. A través siempre de algo tan robusto -y, a veces lo pienso, tan pasado de moda, como es un texto diario-.

Se trataba de usar mis experiencias personales como indicios, como ejemplos.

Muchas cosas han cambiado en estos veinte años, pero esto no ha cambiado.

Hoy, como hago cuatro veces por semana, he ido al gimnasio. He estado realizando la tabla de ejercicios a través de la cual espero tener una vejez menos menesterosa que aquellas personas que no se mueven del sofá. Para entretener el tedio que me producen los ejercicios, he estado escuchando podcasts.

Al terminar, he ido con quien me acompaña a cenar a un restaurante de comida rápida (yo no soy muy amigo, pero mi compañía encuentra que, después del ejercicio, uno puede permitirse estos pecados gastronómicos de cuando en cuando).

La cadena de comida rápida era, Kentucky Fried Chicken, por qué no decirlo. El gimnasio está en una zona más o menos apartada, cerca de un centro comercial grande. Es un local algo tristón (con el de Mariahilferstrasse pasa exactamente lo mismo) y en general está “poco visitado”. Más a ciertas horas de la tarde noche. En general, es gente joven, conductores de paso hacia algún ignoto destino en el este. Personas por cuya indumentaria Karl Lagerfeld podría pensar que han perdido el control de su vida.

Mi compañía y yo nos hemos acercado a la barra. Una señora de aspecto sufriente, se afanaba en preparar un único pedido.

Entre movimiento estandarizado y movimiento estandarizado, nos ha echado un ojo y, con el clarísimo objetivo de que no le habláramos, ha evitado sostener cualquier contacto visual.

Al ver que, a pesar de todo, no nos marchábamos, se ha dirigido a nosotros con la consigna que le han dado sus jefes, o sea, que pidiéramos utilizando las pantallas táctiles al efecto. Como ella no tenía nada que hacer en aquellos momentos, y a nosotros nos gusta que nos atiendan personas, le hemos dicho que preferíamos pedirle directamente a ella.

Se ha producido aquí un forcejeo dialéctico por el que, ahora me doy cuenta, hemos colocado a la mujer en un aprieto. Por un lado, ella tiene la consigna de sus jefes de acostumbrar como sea a la gente a que no pida en el mostrador y utilice las máquinas. Por otro lado, tampoco podía negarse en redondo a servirnos sin eliminar totalmente el único resto de amabilidad comercial que queda en Kentucky Fried Chicken. Al final, al ver que nosotros no cejábamos, no ha tenido más remedio que recoger nuestro pedido, consistente en un cubo de pollo rebozado (y aceitoso), dos ensaladas, dos salsas y sendas bebidas.

Mi compañía estaba indignada (es de aquí, y no está acostumbrada todavía a las asperezas a las que, de un tiempo a esta parte, nos somete el mundo moderno) pero a mí me hubiera gustado decirle a la mujer que, en el momento en el que los jefes de Kentucky Fried Chicken consigan su objetivo, esto es, que todos los clientes pidamos por medio de pantallas táctiles o, quién sabe, contándole nuestra vida a un sonriente avatar, ella perderá indefectiblemente su trabajo, o este quedará reducido a los movimientos robóticos e impersonales, perfectamente cronometrados, que hubieran hecho las delicias del fascista de Henry Ford (Ford era un gran simpatizante del nazismo, no es exabrupto). No sé si la mujer se hubiera hecho cargo, la verdad, de que está firmando su sentencia de muerte laboral, pero entiendo que el camino que abrió la funesta Ryanair, o sea, el convertirnos a todos en trabajadores en nómina transitoria para engordar a los amos del capital, va a ser lo que destruya rápidamente lo que antes eran trabajos que, si bien no exigían cualificación excesiva, resultaban más o menos agradables porque implicaban un cierto contacto humano. La complejidad de interpretar la expresión de un cliente. La benéfica amabilidad que, aunque sea mercenaria, implica una cierta empatía.

Con la nueva apisonadora de la inteligencia artificial, nos arriesgamos (todavía más) a que la vida pierda calidad y todo se vuelva más precario, más frío, más inhumano.


Publicado

en

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.