Las compuertas del caos están abiertas

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Después de un mes desde el principio de la guerra de Irán, se empieza a sumir que estamos al principio de una  catástrofe económica y geopolítica.

29 de marzo.- Hace exactamente un mes, una coalición compuesta por los Estados Unidos e Israel (más Israel que Estados Unidos) inició una guerra que, como todas, empezó con el propósito de ser „quirúrgica“. Como suele pasar, una vez que el enfermo estuvo en la mesa de operaciones con la barriga abierta, los „médicos“ se dieron cuenta de que a lo mejor la cosa iba a durar un poquito más de lo previsto.

Es fácil darse cuenta de que la cosa no va bien.

Debajo de toda la chatarra dialéctica que Donald Trump y sus secuaces expelen todos los días, un río de hipérboles de niño de siete años (de niño matón de siete años) es fácil detectar que Donald Trump se ve metido en un jaleo del que no sabe cómo salir. Y que le está empezando a doler. Muy significativas sus invectivas contra los que, hasta hace tan solo unos meses, eran los aliados. Trump dice que no va a olvidar que no le han ayudado y es probable que de aquí a poco, presionado por las circunstancias -el vaciamiento rapidísimo de los arsenales estadounidenses- Donald Trump anunce que los Estados Unidos, por medio de la OTAN, dejan de ayudar a Ucrania.

En Austria también empieza a cundir la inquietud por lo que sucede en Oriente Medio. Cualquiera que trabaje en una empresa más grande que una tienda de comestibles de barrio, se habrá dado cuenta de que hay miedo y tensión. Reina la incertidumbre por lo que sucederá de aquí a unas semanas.

Llueve sobre mojado: primero las consecuencias de la pandemia -se acaban de cumplir seis años del primer confinamiento- y luego el golpe que supuso la invasión rusa de Ucrania, privando a las empresas austriacas de parte de su jugoso negocio del este de Europa, habían ya mermado la capacidad de reacción de la economía austriaca.

La guerra actual, que nadie espera que vaya a durar poco, es un paso más en una escalada de dificultades crecientes.

En Austria hay miedo por la contracción de la oferta de petróleo, que empezará a notarse en las próximas semanas si la cosa sigue como va. También por el aumento de las dificultades en el suministro de insumos que la economía austriaca necesita para mantener los precios a un nivel razonable. Por ejemplo, los fertilizantes. Desde los medios de comunicación, se enfatiza mucho que los agricultores tienen fertilizantes para la próxima temporada. También se intenta tranquilizar a la gente diciendo que los fertilizantes austriacos no tienen que pasar por el cuello de botella del estrecho de Ormuz. Y sin embargo, si la oferta mundial de fertilizantes se contrae, es probable que también suban los precios en Austria.

Así las cosas, el Banco Nacional de Austria ya ha advertido que, incluso en el mejor de los casos (esto es, que la guerra sea de verdar “quirúrgica” y que no dure más allá de las próximas semanas) nos estamos enfrentando a la gestación de una profunda catástrofe económica, que probablemente traiga no ya meses, sino años e incluso una década entera de inestabilidad económica, altos niveles de desempleo, precios altos y estanflación, como ya sucedió en la gran crisis del petróleo de principios de los setenta y de la que el mundo no se recuperó hasta mediados de los años ochenta.

El amateurismo de la política exterior estadounidense, que cabalga a lomos del fanatismo de las iglesias evangélicas, se une a lo tempestuoso de la política interior de la era Trump. Los Estados Unidos, otrora garantes de la democracia liberal, están sumiéndose en un autoritarismo que cada vez se parece más, de forma inquietante, a la oligarquía de la Federación Rusa.

La familia de Donald Trump, incluso el propio Donald Trump, ha alcanzado niveles de corrupción -y de desfachatez en la corrupción- que no se veían desde, por lo menos, la administración Nixon.

El último ejemplo, entre muchos, han sido los sospechosos movimientos en Wall Street, que apuntan de una manera consistente al uso de información privilegiada.

Muchos analistas financieros apuntan a inquietantes similitudes con los meses del principio de la primera guerra mundial. Todos sabemos cómo acabó aquello. Esperemos que estén equivocados.


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