El maestro y Margarita

Todas las cosas que nos puede enseñar sobre el momento actual un libro escrito en Moscú, en los años 30.

5 de abril.- Hace casi diez años tuve una compañera (hoy amiga) rusa. Nacida en Moscú, pero de familia proveniente de Armenia. Dio la casualidad de que empezamos en la empresa el mismo día y, quizá por esto, nació entre nosotros una gran afinidad. Fue ella la que me recomendó que leyera “El Maestro y Margarita” de Bulgakov, libro que se convirtió pronto en uno de mis favoritos.

El Maestro fue escrito por Bulgakov en pleno estalinismo y su sátira es tan refinada y, al mismo tiempo, tan brutal, como la de Los Viajes de Gulliver o Alicia en el País de las Maravillas. En vida de Bulgakov la publicación del libro era absolutamente impensable, pero circuló en lo que, en la Unión Soviética, se llamaba Samizdat, esto es, copias manuscritas por las cuales los amantes de la literatura se jugaban la vida. Si te descubría con un libro prohibido, el KGB podía mandarte a cualquier sitio horrible, si es que conseguías salir vivo de la aventura literaria.

Aún así, El Maestro y Margarita gozó de una enorme popularidad hasta que una época de relativo deshielo permitió su publicación en la Unión Soviética, en 1966. Lo que hace único al libro de Bulgakov es que, como todas las obras maestras, habla a cada generación de los problemas de su momento y, como con las iridiscencias de una concha, la luz de cada época arranca de su superficie matices distintos, pero siempre intemporales.

Si yo fuera dictador (cosa sumamente improbable) prohibiría El Maestro y Margarita, sin ninguna duda. Entre tanto, su estatura literaria lo hace imposible, por eso, me provocó una enorme sorpresa el hecho de que hubiera una adaptación, rusa además, y reciente, de 2024.

¿Cómo se ha podido producir una película así en un estado autoritario, como es el de Vladímir Putin y que puede enseñarnos de los peligros a los que se enfrenta Europa? Ayer me senté a ver la película tratando de averiguarlo (está disponible en Amazon Prime) y pronto descubrí que, para desactivar toda la carga satírica de la novela, los guionistas habían obrado el milagro de poner en la película todas las escenas famosas que amamos los que adoramos el libro pero, al despojarlas totalmente del contexto y ligarlas a una historia de amor bastante trivial, las portentosas imágenes de Bulgakov perdían todo su significado y toda su intención.

En toda la película desaparece toda mención a Stalin, que fue el auténtico verdugo de Bulgakov y la férrea dictadura de la URSS es transformada en una especie de telón de fondo art decó. Quien esté familiarizado con lo que fue la estética del art decó comunista de los años treinta reconoce las anchas avenidas, los enormes rascacielos que aún hoy marcan el perfil de Moscú, pero no hay nada de temible, ni de negro ni de oscuro en ello, lo mismo que el franquismo se dulcifica y se blanquea en estas series diarias de televisión en donde se saturan los colores y se elimina cualquier tipo de intención política.

Muy cerca de donde estoy escribiendo, en Hungría, quizá el próximo foco de crisis al que tenga que enfrentarse la Unión Europea -no se descarta que Viktor Orbán, acorralado y sin que le sirva de nada la ayuda de Moscú, dé un autogolpe- los primeros peldaños para alcanzar lo que se autodenomina “democracia iliberal” fueron los libros. Y con ellos, la Historia.

Los nacionalismos a los que nos enfrentamos, el húngaro, pero el ruso y, por supuesto, el nacionalismo norteamericano del Trumpismo, no pueden convivir con un relato objetivo de lo que fue el pasado. En España, por ejemplo, la bestia negra de nuestro partido de extrema derecha han sido las sucesivas leyes de memoria histórica.

En Austria, el FPÖ, un partido cuyos fundadores fueron antiguos oficiales nazis y que tiene entre sus filas a muchísimos descendientes de personas que participaron en el nacionalsocialismo o que lo justifican, blanquea por todos los medios a su alcance lo que sucedió durante aquellos años terribles. Lo vimos por ejemplo durante la pandemia, en donde los funestos antivacunas se comparaban con los pobres judíos centroeuropeos víctimas de la “solución final” frivolizando así con un tema transcendental para entender el descenso a la infamia del siglo XX y abriendo camino a que volviera a repetirse algo similar, como es, por ejemplo, lo que está sucediendo en este momento en la franja de Gaza, en Cisjordania y en el Líbano.


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