Guerra

Magyar contra la inevitabilidad

Guerra

Despues de varios meses de disgusto en disgusto, por fin puedo traerle a mis lectores una buena noticia.

13 de abril.- No quiero engañar a mis lectores: escribir Viena Directo se ha convertido en una carga complicada de llevar. El mundo va de sinsabor en sinsabor, de mala noticia en mala noticia, y así no hay quien se ponga delante del ordenador con un poco de ánimo. El pensamiento de que todo se está yendo a tomar viento le quitan a cualquiera las ganas de contar lo que pasa.

En ese sentido, creo que no he sido el único al que la estrepitosa derrota de Viktor Orbán ayer le ha alegrado un poco las pajarillas. Uno de los problemas de la ola ultra que está dejando el mundo hecho cisco es lo que podría llamarse “la trampa de la inevitabilidad” es decir, pensar que es una fuerza desatada contra la que no hay nada que hacer más que esperar que sea como un fuego que se consuma una vez se le acabe el combustible. Y sin embargo, la victoria de Magyar en Hungría contra ese hombre al que te podías imaginar perfectamente preguntándote si querías muslo o pechuga, no solo ha sido arrolladora, sino que también ha sido un signo de que esos liderazgos llenos de eternidad y palabras altisonantes son en realidad grandes estructuras huecas.

Quizá habría que recordar también que Magyar, el nuevo primer ministro húngaro, no es Pasionaria. Y también que los retos a los que se enfrenta son formidables. Más allá de las cosas de política diaria, la economía renqueante, los lametones a las botas de Putin y cosas así, Magyar tiene por delante el desafío inmenso de cambiar lo más difícil: la mentalidad. Dieciséis años de corrupción, de sumisión, por qué no, de homofobia, no se borran de un plumazo. Hará falta algo más que logros económicos para que el lavado de cerebro al que se ha sometido a la generación Orbán se pueda borrar.

De este lado de la frontera, el alivio es general. El presidente Van der Bellen ha recordado que hoy es un día muy bueno para ser un patriota de Europa. Se ha felicitado de que los húngaros hayan elegido “más Europa” aunque en realidad yo tengo otra interpretación, y es que los húngaros han buscado un puerto seguro.

La Ministra de Exteriores (qué elegante y qué lista es esa mujer) ha felicitado a los vecinos de al lado por “haber vuelto” y le ha deseado al nuevo primer ministro húngaro lo mejor (a ver si le dejan).

Como era previsible, el duelo ha quedado todo del lado de la extrema derecha. Ayer, en un lugar nada sospechoso de simpatías progresistas, la cadena basura OE24, el que fuera candidato a la presidencia de EPR, Gerarld Grosz, daba chillidos histéricos a propósito de una Unión Europea que, según él, ha hecho todo lo posible porque Orbán no ganase (criaturica). Al mismo tiempo, Hafenecker, mamporrero del FPÖ que lo mismo echa pestes de los pobres refugiados que recomienda marcas de alambre de espino, visiblemente enfadado, echaba pestes de la nueva situación. Es comprensible que así sea. Viktor Orban, junto con el premier eslovaco Fico, ha sido el bastión ultra en la UE y, a través de su inmensa red clientelar, un gran sostén de los partidos ultras en toda Europa. No hay constancia de que haya ayudado financieramente al FPÖ pero el partido ultraderechista Vox obtuvo de bancos afines a Orbán varios préstamos, de los cuales debe todavía varios millones de euros. Con esos fondos se financió la propaganda de las últimas elecciones al Parlamento europeo.

Esta victoria tiene un lado inquietante también y es lo que tiene de lección para los amigos de Orbán.

Donald Trump se enfrenta en noviembre a las elecciones de mitad de mandato y, si las encuestas siguen como van, es probable que pierda gran parte de su poder al no poder renovar la mayoría en la cámara de representantes. Está claro que, hasta el último momento, hay voces que temen que pueda intentar un autogolpe.


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