Donald topa con la Iglesia

Representándose como Jesucristo, Donald Trump ha cometido un grave error. Si supiera más de la historia austriaca, se habría dado cuenta en un periquete.

14 de abril.- Sin duda uno de los logros más inesperados de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos ha sido, para confusión de una parte importante de quienes le apoyan, el convertir a su compatriota, el papa León XIV, en una figura de talla internacional. El americano ha sido, hasta ahora, una figura más bien incolora dentro de la escena internacional. No ha dicho una palabra más alta que otra. Naturalmente, su silencio llamaba más la atención porque su predecesor, el añorado papa Paco, era argentino. Y ya se sabe que los argentinos no se callan ni debajo del agua.

Con el papa León, es muy posible que Donald Trump haya pinchado en hueso. Muchos dicen, quizá algo supersticiosamente, que su trifulca con el pontífice puede ser el principio de su fin político. Lo cierto es que, aunque ya no es lo que era, la diplomacia vaticana es el paradigma de lo que hoy se llama “poder blando”. Aunque solo sea porque, aunque es posible que Dios no exista, en el Vaticano creen tienen al Divino Hacedor detrás, apoyando, y eso, quieras que no, produce otra visión de la vida.

La diplomacia vaticana es también muy escurridiza. Como la Iglesia Católica no tiene, como es lógico, ni tanques, ni efes dieciocho ni ejércitos, sus armas tienen que ser y son la inteligencia. En palabras de un personaje de La Fundación, la Iglesia, y el papa León con ella, piensa que “La violencia es el recurso del incompetente”.

En un primer momento, si la cosa se pone achuchada, la Iglesia trata de utilizar los espacios que le dejan, evitando el ataque frontal. Luego, pasa a la acción.

Ejemplos hay muchos en la Historia. Por ejemplo, hoy se cumplen 95 años de la proclamación de la segunda república española. Víendola venir, la Iglesia católica española preparó el camino desde antes de que Alfonso XIII se marchara rumbo al exilio y se mostró, por lo menos al principio, sumamente colaboradora con las nuevas autoridades. Más tarde todos sabemos lo que pasó, pero al principio, trató de contemporizar.

Lo mismo en Austria en 1938, con la anexión por parte de la Alemania nazi.

El 18 de marzo de 1938, los obispos austriacos hicieron leer en todas las iglesias de su diócesis una declaración en la que pedían a los feligreses que votasen “de que sí” en el referendum pantomima que los nazis habían preparado para escenificar una invasión incruenta (Putin no ha inventado nada). La declaración se felicitaba de los “logros” del nacionalsocialismo en política económica y logros sociales (que contrastaban, por cierto, con la enflaquecida economía austriaca de la época) y consideraba un “deber nacional” unirse al Reich alemán.

La declaración era un intento de poner coto en lo posible al terror que los nazis habían desatado en Austria desde hacía una semana, nada más poner pie Hitler en su país de nacimiento. Miles de personas, judíos por supuesto, pero también socialdemócratas, comunistas, personas con discapacidad, homosexuales y representantes de los demás grupos que los nazis odiaban, habían sido detenidas y encarceladas, prefigurando lo que sería un reinado del terror que terminaría solamente 17 años más tarde, en 1945, con el fin de la segunda guerra mundial.

Entre los detenidos también había varios prominentes jerarcas de la Iglesia, que “se habían significado” haciendo declaraciones en contra de los nazis.

Entre el 12 de marzo, fecha de la entrada de Hitler en Austria y el 18, día de la publicación de la declaración, fueron múltiples los esfuerzos de la Iglesia austriaca de templar gaitas. Se pidió a los feligreses orar porque el “gran cambio político” se desarrollara sin derramamiento de sangre” y el día 13 el cardenal Innitzer llamó a Hitler por teléfono para comunicarle personalmente que las campanas repicarían en toda la diócesis de Viena cuando el “Führer” llegase a la ciudad.

La declaración, por cierto, le trajo graves problemas a su principal impulsor, el cardenal Innitzer. L´Osservatore Romano criticó el texto de la declaración calificando alguno de sus extremos como de “enorme blasfemia” (cosa que, por cierto, no haría al juzgar los ditirambos con los que los obispos españoles alabaron a Franco tras el fin de la guerra civil).

Innitzer fue llamado a Roma, en donde el papa, en aquel momento Pio XI, indignado, le tiró fuertemente de las orejas. Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, que tuvo después una relación bastante complicada con el nazismo, describió la declaración de la Iglesia austriaca como uno de los momentos más vergonzosos de la historia de la Iglesia (lo cual ya es mucho decir para una institución que no se ha distinguido, durante largos periodos de su historia, por tener una moralidad cristalina).

Dejaré aquí la historia, pero no me gustaría terminar sin decir que el intento de pacificación sirvió de poco. Los ataques del nazismo a la Iglesia católica (y a las otras) fueron incesantes, hasta el punto que el catolicismo se convirtió en una corriente clave de la resistencia y los nazis ejecutaron a no pocos miembros del clero.

Hitler no consiguió quebrar la estructura milenaria de la Iglesia, la cual, a la postre, salió vencedora de la prueba.

Si Trump hubiera leido más libros de Historia (bueno, si hubiera leido más libros, simplemente) sabría que no tiene ninguna posibilidad de ganar la guerra en la que se ha metido (también si hubiera leido los libros de la Fundación).


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