
El mejor sitio para refugiarse de la adversidad es Austria. Sarah Ferguson lo ha entendido perfectamente.
19 de abril.- Sarah Fergusson, la que fue Duquesa de York, no tiene pinta de ser una mujer muy leida.
A lo largo de su vida pública, ha dado siempre impresión de ser una señora más bien vulgar. En palabras de Jardiel Poncela, “se distinguía de un carabinero porque fumaba con la mano izquierda”. Uno se la figura como una de esas turistas inglesas que se ponen como un cangrejo bajo el sol de Magaluf mientras escuchan viejos éxitos de las Spice.Sin embargo, se ha aplicado al pie de la letra la frase de Gustav Mahler. Aquella famosa de que quería que el fin del mundo le pillase en Viena, porque en Austria todo pasa cincuenta años después que en el resto del mundo.
Austria es el mejor sitio para refugiarse de las adversidades. Y no hace falta ser muy listo para darse cuenta de que las adversidades son lo que más abunda en la vida de Sarah Ferguson, últimamente.
El año pasado se publicó una enorme cantidad de documentos relativos a las actividades del pedófilo Jeffrey Epstein.
El millonario, que dirigía una red de explotación de mujeres jóvenes, se las arregló durante sus sinestras actividades para involucrar a grandes nombres de la alta sociedad de ambos lados del Atlántico. Desde el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que está hundiendo la economía mundial para tapar su participación en las actividades del pedófilo, hasta la pricesa Mette Marit y, cómo no, Sarah Fergusson y su ex marido, el que fue príncipe Andrés de Inglaterra y hoy es Andrew Mountbatten-Windsor.
Epstein probablemente actuaba en conexión con algún tipo de servicios secretos, posiblemente los rusos. Su patrón de actuación se parecía bastante al que usaba el KGB en el siglo pasado.
Para añadir nuevos nodos a su red, se aprovechaba de las dos flaquezas humanas que son independientes del lugar que las personas ocupemos en la sociedad: una, es el dinero (hay gente que nunca tiene bastante) y por ahí enganchó a Sarah Ferguson, y otra el sexo (para muestra, el ex principe).
El resto lo ponían la desconexión de la realidad en la que viven las personas ricas -ese estado de insensibilidad que te entra cuando no tienes a nadie a tu alrededor que te diga que no- y la falta de inteligencia que, independientemente del lugar que ocupes en el mundo, siempre acaba pasando factura.
El ex príncipe Andrés, que debe de ser más tonto que Pichote, pensó que podría parar la ola con un dedo y le concedió a la BBC una entrevista incalificable que le perseguirá toda su vida. Con ella, lo único que hizo fue convencer a todo el mundo a) de que era más culpable que Judas y b) de que era -lo repito- más bobo que el que asó la manteca.
Sarah Ferguson, divorciada desde hace muchos años, fue una víctima colateral del escándalo. Hace muchos años que vive a remolque del que fue su ex marido.
Cuando salieron a la luz los papeles, ella, como es lógico, no podía bloquear el estrecho de Ormuz para que la gente hablase de ello. Además, como la gente, tiene uno esa sensación, le tenía muchas ganas, lo único que pudo hacer fue aguantar los golpes.
En cascada, o mejor dicho, en Tsunami, perdió todas sus distinciones, incluida la de ser ciudadana honoraria de la ciudad de York. Tuvo que cerrar sus empresas -bueno, esas cosas con las que las mujeres ricas se entretienen y que se dedican a vender tarros de potingues con su nombre- y, en su honor hay que decirlo, aparte de tímidas protestas de inocencia, aguantó el escarnio público sin quejarse.
Mientras tanto, aumentaba la presión para que declarase en el Congreso de los Estados Unidos en relación al caso Epstein.
En Septiembre de 2025, Sarah Ferguson desapareció de la vida pública, se la tragó la tierra. Ni siquiera la feroz prensa británica conseguía encontrarla.
Hasta ahora.
Hace un par de días, Sarah Ferguson ha sido fotografiada en una (desértica) estación de esquí de Austria. Aguanta su ostracismo en un chalet que cuesta 2300 euros la noche. Unos setentamil euros al mes. Aquí está, esperando a que amaine el temporal.

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