
Al final ZARA se ha salvado de morir, pero los que estaban en contra de ella dicen que se han hecho trampas.
24 de Abril.- Uno de los caballos de batalla de la extrema derecha son las organizaciones no gubernamentales. En España, tenemos el ejemplo fresco: el pacto de la derecha y la extrema derecha para lograr un gobierno potable en la región de Extremadura ha tenido como efecto colateral el servir de altavoz para las críticas de Vox a Cáritas, la ONG por excelencia de la Iglesia.
En la Hungría de Orbán, todas las organizaciones que pretendían llegar a donde el Gobierno no quería, en temas como el feminismo, la educación sexual o el colectivo LGTBIQ+ fueron o prohibidas o estranguladas a base de cerrarles el grifo de las subvenciones. En la Federación Rusa inventaron lo de “agentes extranjeros” para calificar a aquellas organizaciones que, aunque estuvieran gestionadas por rusos de Vladivostok, fueran favorables a cosas que al Gobierno ruso o a su brazo religioso, la Iglesia Ortodoxa, le vinieran mal.
El otro día, contaba yo el caso de la organización ZARA, dedicada a ayudar a las víctimas del racismo y del odio en la red. La ministra de familia, Sra. Bauer, guardiana de las esencias ultras en el ala derecha del Partido Popular austriaco, amparándose en motivos presupuestarios -que no le faltan- intentó cargarse la única organización que hace un informe serio anual sobre el estado del racismo en Austria. Con todo, la historia ha terminado bien, porque desde otras partes del Gobierno austriaco (el partido socialdemócrata) se han allegado fondos para que ZARA siga existiendo.
Ha sido una intervención personal del vicecanciller Babler, la cual intervención, como es lógico, ha gustado poco tanto en la derecha tradicional de toda la vida (demócrata cristiana) como en la extrema derecha (ver los tres párrafos anteriores).
Ha abierto el fuego de la critica el canciller Stocker, que ha venido a decir que si unos ministros (por Babler) se meten en las competencias y los presupuestos de otros, así no se puede gobernar. También ha salido a colación una palabra que se suele utilizar en estos casos para desprestigiar las motivaciones de los de enfrente. Esto es, la “ideología”. El razonamiento es que si nosotros decidimos que la prioridad no es subirle los impuestos a los ricos para que el común tenga más dinero pero en cambio decidimos cerrar una oficina cuyos gastos anuales son el chocolate del loro, no es ideología, sino sentido común. En tanto que si alguien decide movilizar fondos para salvar la organización antirracista o ayudar a cualquier persona apalizada o discriminada dándole una mínima asistencia legal, poco menos que es marxismo-leninismo e irracionalidad.
La ideología, así vista, viene a ser como los gases intestinales. Expelidos por nosotros mismos, no nos parecen cosa grave. Los de los otros nos huelen fatal (con perdón de la metáfora escatológica).
También la extrema derecha, en la persona de Udo Landbauer (ese hombre que, de más joven se parecía al pequeño vampiro y de quien ahora se puede presumir que duerme con las manos cruzadas sobre el pecho en un sepulcro lleno con tierra de Transilvania) ha criticado a Babler.
Recordará el lector sin duda que uno de los puntos del acuerdo con el FPÖ que le dio al Partido Popular el Gobierno de Austria la Baja fue que se indemnizase, con dinero público, a las “víctimas” de las vacunas y que se amnistiara a todas las personas que, durante la pandemia, se pasaron la ley por el tren de la bruja. Esto, naturalmente, no tuvo nada de ideológico (ejem) a diferencia del salvamento de ZARA, “perpetrado” por peligrosos comunistas del contubernio judeomasónico infiltrados en el Gobierno austriaco, como se le alcanza a cualquiera que examine la cuestión con un poco de atención.
Es más: Landbauer, el pobre, se ha condolido de que, para salvar a ZARA, Babler, a la sazón ministro de deportes y cosas, haya retirado la subvención al equipo de vóley-playa de la ciudad de Baden, frustrando las expectativas de entregados deportistas de esta especialidad en la que, como todo el mundo sabe, Austria es una potencia mundial.
Porque, entre luchar contra el racismo y tirar una pelotica por encima de una red, en pantalones cortos, las prioridades tienen que estar claras. Vamos, para todos los ciudadanos de bien están clarísimas, ¿Verdad?
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