Lo (bueno) que el atentado contra Trump dice de Austria

El presidente de los Estados Unidos ha sobrevivido a otro atentado. En Europa, en Austria, es difícil (afortunadamente) imaginar un suceso así.

26 de abril.- Como sabe todo el mundo a estas alturas, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha sobrevivido a un segundo intento de terminar con su vida. Es un hecho condenable sin ningún tipo de matices. En una democracia funcional no caben este tipo de salvajadas.

El intento de asesinato habla mucho, sin embargo y desgraciadamente, del lamentable estado de la cultura política en los Estados Unidos en donde ya se viven escenas que, afortunadamente, serían imposibles hoy por hoy en cualquier país europeo.

Para ejemplificar esto, valga como muestra la descripción de los hechos que hizo la corresponsal en Washington del diario español El País. Dijo poco más o menos que, cuando empezaron a sonar los tiros “todo el mundo se tiró al suelo menos los europeos porque no reconocían el sonido de los disparos” (la cursiva es mía).

Todos sabemos por qué, precisamente los europeos, no reconocían el sonido de los disparos.

Gran parte de la seguridad de la que disfrutamos en Europa viene de los controles que existen a la hora de tener armas de fuego. Podrían ser aún más estrictos, de hecho. A este escribidor no se le ocurre para qué cojones podría querer una persona normal tener un arma de fuego en casa, pero a la vista está que, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, en Europa no puede cualquier desequilibrado comprarse una pistola para pegar tiros por ahí.

Esto tiene consecuencias que solo son beneficiosas.

Incluso, a pesar de lo acalorado de la polarización que reina en las sociedades europeas, la austriaca entre ellas, no existe (aún) ninguna llamada a la eliminación física del adversario. Aunque es verdad también que, cada vez con más frecuencia, la policía decomisa alijos de armas en manos de indivíduos de extrema derecha, de ideología colindante, por lo general, con la del FPÖ.

Con todo y con eso, las armas, gracias a Dios, solo ocupan en Europa un lugar anecdótico y esperemos que siga siendo así por muchísimos años.

Otro aspecto preocupante de la violencia en Estados Unidos es el papel que juega en ella la religión. En Europa, por lo general, está nítidamente separada de la política.

Donald Trump ha dinamitado -conscientemente y por pura ambición política- los límites entre el Estado y la religión. Límites que, por cierto, están claramente diferenciados en la constitución estadounidense. Y es que, como me explicaba un amigo experto en estas cosas el otro día, mientras que en Europa hemos tenido que recorrer un fatigoso camino para separar a los clérigos de las instituciones, los Estados Unidos nacieron desde su principio como una sociedad en la que la religión estaba totalmente separada de las instituciones, en linea con el espíritu ilustrado.

Donald Trump ha coqueteado y sigue coqueteando con la derecha radical representada por las iglesias evangélicas (las cuales están infiltrándose en los Gobiernos de toda América, como por ejemplo los de Brasil y Colombia). Desde que accedió al poder por segunda vez, menudean las imágenes que, a ojos europeos resultan absolutamente demenciales.

Recuérdese la famosa foto de los pastores protestantes con las manos sobre Trump o, más recientemente, el video de Donald Trump leyendo la Biblia desde el Despacho Oval, o el famoso (y risible) episodio de Pete Hegseth recitando el monólogo de Pulp Fiction de Samuel L. Jackson creyendo que era un pasaje de la Biblia.

Está más allá de la imaginación que algo así pudiera pasar con Alexander van der Bellen, por ejemplo. También porque las iglesias europeas -singularmente la católica- han aprendido de funestas experiencias históricas lo contraproducente que puede ser aliarse con el poder. En el pasado, cuando Herbert Kickl ha intentado atraerse a la Iglesia católica, no ha encontrado más que claros límites.

En las últimas elecciones, sin embargo, los ultras han cortejado a ciertas comunidades musulmanas y también la rama Trumpista ha intentado echar la caña con los evangélicos, que son aún, por suerte para todos, un grupo religioso reducido (aunque muy proselitista).

Desde este lado del Atlántico, sin embargo, no parece demasiado probable que las aguas vayan a calmarse en los Estados Unidos. Las turbulencias son sin duda el reflejo de conflictos mucho más profundos y, por lo tanto, de solución mucho más complicada. Lo que hay que desear es que no lleguen a Europa.


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