
El contexto internacional, especialmente las barbaridades cometidas por el Gobierno de Israel, parece que van a pasarle factura a Eurovisión.
27 de abril.- En unas semanas tendrá lugar en Viena el festival de Eurovisión. Hasta hace unos dos años, la de Eurovisión era una marca impecable, llevada con muchísima inteligencia. La del festival era una imagen blanca, que se había salvado de los vaivenes que la política internacional imprime a otros eventos globales, como los Juegos Olímpicos. Hasta entonces, y en épocas recientes, las tensiones habían venido de países, de Rusia en particular, que no aceptaban al grupo que es, sin duda, una de las columnas vertebrales del “fandom” del festival, esto es, la comunidad LGTBIQ+.
Se trata de un grupo excepcionalmente leal que se identificaba a tope con lo que, de puertas para afuera, era el ADN del festival: la inclusión, la diversión y, naturalmente, la admisión de las identidades sexuales disidentes. En Eurovisión el patriotismo tampoco tiene nada de agresivo y la rivalidad es, en ese sentido, completamente inofensiva. A cualquiera le parecería ridículo que hubiera sentimientos nacionalistas vinculados a canciones de tres minutos que, en el fondo, nadie se toma demasiado en serio.
Cuando la Federación Rusa invadió Ucrania, los Eurofans vieron como una cosa totalmente lógica que se excluyera a Rusia de la competición y se la enviara al rincón de pensar. La comunidad de los eurofans, repito, muy gay friendy, encontró muy entendible que se vetara la participación de un país en el que te encarcelan o te matan si eres gay y que borra de su historia a sus creadores homosexuales. Si, además, ese país comete un acto de barbarie como invadir a su vecino, en el planeta Eurovisión resultaba completamente lógico condenarlo al ostracismo.
Ese mismo colectivo, sin embargo, empezó pronto a sentirse incómodo cuando la comunidad internacional ni siquiera le dio un toque a Israel por la canallada de Gaza. Una vergüenza sin límite ni fondo que, de momento, no tiene fin (porque sí, hay un alto el fuego pero, desde que se firmó, el ejército de Israel ha seguido matando de hambre y de bombas a hombres, mujeres y niños, y no deja pasar a Gaza a los periodistas que tendrían, en buena ley, que poder documentar esas salvajadas).
La comunidad LGTBIQ+, con la perspicacia que es habitual en todos los grupos sociales oprimidos, vio esto muy desde el principio de manera que, de pronto, la tortilla dio la vuelta y Eurovisión se convirtió en una cosa tóxica con la que nadie del colectivo quería tener mucho contacto (por cierto, creo que, a otra escala, este es un fuego con el que también está jugando Timothée Chalamet).
Incluso el ganador de ESC 2025, JJ, con la audacia involuntaria del crío al que le han llamado marica en el recreo toda su vida y que sabe que, después de eso, no tiene nada que perder, dijo que no podía entender cómo Israel seguía pudiendo competir en Eurovisión.
(Ni tú ni nadie, prenda).
El problema es difícil y simple al mismo tiempo: es fácil porque todos sabemos que lo que Israel está haciendo en Gaza (y en Líbano) no tiene nombre (o sí, lo tiene, pero es tan feo que mejor no decirlo) y es difícil porque Eurovisión está financiado por una empresa israelí (Maroccan Oil) y el Gobierno de Tel Aviv gasta mucho dinero todos los años para que Eurovisión se convierta en una plataforma de propaganda. De hecho, en la última edición, para escándalo mundial, estuvieron a punto de ganar haciendo trampas.
Esta dependencia económica hace que excluir a Israel de Eurovisión sea prácticamente imposible sin comprometer la mera existencia del festival.
En estos países de Centroeuropa se escudan en lo de la mochila histórica que todos llevan, pero en realidad lo que hacen es comprarle el argumento a Netanyahu. Se puede pensar que el Gobierno de Israel es lo que todos sabemos que es y, al mismo tiempo, comprender perfectamente que los pobres judíos del mundo, como personas, son majísimos. Al fin y al cabo, en el caso improbable de que el Gobierno del Vaticano bombardeara Roma para crecer hacia el Trastevere, a nadie se le ocurriría llamar “anticatólicos” a los críticos de ese bombardeo.
El caso es que, con todos estos antecedentes, sumados a la locura cotidiana de Donald Trump y su guerra, perfectamente imbécil, con Irán, el festival de Eurovisión de Viena va a ser un evento que, probablemente, quedará bastante deslucido.
Yo tengo un amigo que es Eurofan desde su más tierna infancia. Pero Eurofan de los que se compraba de segunda mano las cintas VHS de los festivales para tenerlos todos. Este año, le pregunté si iba a venir, porque no me cabía en la cabeza que no fuera a venir, y me contestó que no solo no estaba siguiendo el festival, sino que se iba de vacaciones a Praga. No es el único. Los eurofans españoles, muy politizados, han dado la espalda a Eurovisión y cunde en ellos el sentimiento de que España tardará todavía mucho tiempo en volver a participar y que, a lo mejor, cuando participe, ya no les interesa. Supongo que se sienten estafados, de alguna manera.
Leo en la prensa austriaca también que las reservas hoteleras y los Airbnb no están alcanzando los niveles de otras veces y que, en general, la opinión pública austriaca tiende a hacerle el ignorito al ESC. Según una encuesta, solo un 22% de los ciudadanos va a seguir el evento. En las fiestas (y Eurovisión era un fiestón) solo te ríes cuando va mucha gente. Si no, pa qué.

Deja una respuesta