
Hoy empieza la semana de Eurovisión. Varios países han boicoteado el festival por la presencia de Israel. Quizá no es una decisión muy defendible.
10 de mayo.- En estos momentos, se está inaugurando en la Rathausplatz de Viena el festival de Eurovisión. Justo ahora, está entrando en el recinto el participante austriaco, Cosmó.
Como todo el mundo sabe, habrá dos semifinales (martes y jueves) y una final el sábado día dieciséis.
En la final se escuchará, por cierto, el silencio atronador de la representación española. TVE ha decidido no participar en Eurovisión en esta edición (y, según piensan muchos eurofans, es muy probable que esta ausencia se prolongue en el tiempo) como muestra de repulsa ante las atrocidades que el ejército de Israel ha cometido, está cometiendo y es probable que cometerá, en la franja de Gaza (bueno, ahora también en Líbano y quién sabe en cuántos sitios más).
Se trata de un boycot doloroso que ha abierto un cisma en el fandom de Eurovisión. No en España, por cierto, me da la sensación.
Una decisión que no se entiende (tanto) fuera de España
Es verdad que en España Eurovisión mueve masas de seguidores y el festival de la canción es una especie de orgullo LGTBIQ+ oficioso. Renunciar a participar es renunciar a un evento que está muy enraizado en la memoria sentimental de mucha gente. Por otro lado, uno tiene la sensación de que la gran mayoría de la población respalda la ausencia de Televisión Española (sobre todo la gente de izquierdas).
El dolor por el boycott se vive sobre todo fuera, especialmente en aquellos países que, aunque en privado piensan que lo que hace el Gobierno de Israel no tiene nombre (o tiene uno muy feo y muy oscuro) cargan públicamente con el peso de una responsabilidad histórica que les paraliza.
Desde que se supo que el festival se celebraría este año en Viena, he conversado sobre la cuestión con varias personas y especialmente los alemanes se enfrentan con perplejidad al hecho de que, en países que no han vivido el nazismo, como España, no se entienda su reticencia a la hora de criticar públicamente al Gobierno de Israel.
En Centroeuropa, eso es verdad, también son de digestiones lentas y probablemente no se estén dando cuenta de que dentro del propio Israel también hay sectores de opinión, personas judías, que piensan que lo que su Gobierno ha hecho, está haciendo, y seguirá haciendo en la franja de Gaza es un crimen que no guarda proporción con el crimen original cometido por Hamas el 7 de octubre.
Todo, naturalmente, desde el momento en que es una obscenidad andar comparando muertos de uno y de otro lado.
Israel, ese cuñado macarra
El hecho de que, además, sea una empresa israelí la principal patrocinadora del certamen y que, por lo tanto, sea una empresa israelí la que fuerce “por webs” la participación de Israel, y el hecho de que la televisión pública israelí no cese de intentar manipulaciones y trampas para “colocar” mejor a su candidato -la última, haciendo publicidad prohibida por el reglamento del festival, pero el año pasado con la manipulación a lo bestia del voto por correo- tampoco ayuda a que las cosas sean más fáciles ni para la teleivisión pública austriaca ni para los que pensamos que quizá la del boycott no sea la decisión más inteligente ni la más defendible moralmente.
La situación es un poco como si en mayo de 1974, con España universalmente aislada debido a lo sanguinolento del último franquismo, la principal empresa patrocinadora del festival hubiera sido Tío Pepe (sol de España embotellado) y hubiera forzado la participación de Peret. El cual, por cierto, cantó una canción en la que se decía que “estar en Europa no sirve de ná”. A pesar de los fusilamientos de Franco y de las sentencias de muerte España no fue boicoteada, porque se asumía que unas cosas son para unas cosas y otras cosas son para otras cosas.
Además: si uno piensa que tiene sentido criticar al Gobierno de Israel porque una cosa son los gobiernos y otras las pobres gentes que tienen que sufrir sus decisiones, este criterio tiene que ser aplicable a todas las situaciones. Y por las mismas el pobre del cantante israelí no tiene ninguna culpa de lo que haga Netanyahu, lo mismo que nos tendremos que jorobar todos cuando las próximas elecciones las gane el FPÖ y Herbert Kickl convierta Austria en una alcantarilla políticamente hablando.
Después de pensar mucho sobre el tema, creo que deberíamos empezar a reconstruir lo que Putin, Netanyahu y Trump han roto con su retórica frentista, maximalista y, probablemente, neofascista. Y una manera de empezar quizá sería crear espacios neutrales a cuya puerta se dejen cosas como las guerras, las discrepancias territoriales y otras mierdas semejantes. El hecho de que una cosa tan simple como esta se nos antoje imposible -cuando en otras épocas no ha sido así- ya da bastante la medida de lo enfermo que está el mundo.
Me tengo que parar aquí, pero a lo mejor también habría que hablar de que, en estos momentos, la ORF es una empresa -una de las empresas más grandes de Austria- con las tripas abiertas en canal.
El don de la oportunidad no lo tienen, los pobres.

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