
Para alivio general ayer, en una final de infarto, Bulgaria ganó el festival de Eurovisión. La UER sigue teniendo un problema: se llama Israel.
17 de mayo.- La escena parecía calcada de la del año pasado en Basilea. Altas horas de la madrugada, alta tensión, los jurados profesionales habían desgranado sus votos y luego el jurado popular, el televoto. Uno tras otro iban cayendo los países, al final, Israel y Austria, solo podía quedar uno. En el penúltimo momento, parecía que Israel iba a ganar y entonces, en un golpe de teatro épico, el voto del público llevaba a Austria a la victoria.
Ayer por la noche, a eso de la una, Israel llevaba ventaja. Había liquidado a toda la competencia, incluyendo a los rivales a los que las casas de apuestas daban como favoritos. El representante israelí, con su canción “Michelle” y siempre con la sombra de la duda pesando sobre él -una investigación periodística había destapado que el Gobierno israelí había gastado una enorme suma de dinero en el festival anterior para que ganara su candidato- iba en cabeza, por delante de la favorita de la gran mayoría del público que abarrotaba la Stadthalle de Viena.
A diferencia de lo que sucedió en Basilea, el realizador de la ORF sí que dejó durante la votación el sonido ambiente de la sala y se oía “Bulgaria, Bulgaria” y “Banga ranga, banga ranga”. El público había tomado claramente partido.
La delegación israelí tenía la victoria al alcance de la mano.
En un segundo, su suerte cambió y, para alegría general, ganó Bulgaria con una canción que será probablemente la del verano en todas las gasolineras búlgaras. Israel quedaba en segundo lugar, es de suponer que con su hidalgo pundonor herido por haber mandado a luchar a sus barcos contra los elementos.
Como también sucedió el año pasado, la victoria búlgara no hace más que perpetuar el problema que tiene la UER.
Y es que, desde que hace un año, con todas las imágenes de Gaza llenando los telediarios, la Unión Europea de Radio Difusión decidió que Israel debía poder seguir participando en Eurovisión, la grey festivalera ha vivido con las tripas abiertas en canal.
La UER se encuentra ante un dilema irresoluble. Una de esas situaciones en las que, se haga lo que se haga, uno queda mal.
La doctrina oficial se basa en que no se pueden tratar como equivalentes dos situaciones que no lo son.
Esto es, Rusia, condenada a las tinieblas exteriores desde 2022, invadió Ucrania sin provocación previa, rompiendo así la paz (no solo de la región, sino del mundo). Por no hablar de la agresiva política del Gobierno ruso en relación con los que son, sin duda, los que sostienen Eurovisión: la comunidad LGTBIQ+. En cambio, la destrucción sistemática de la franja de Gaza perpetrada por el Gobierno israelí, así como la decisión, clarísima para cualquier observador imparcial, de eliminar físicamente a los habitantes de este territorio para hacer una ciudad de vacaciones, se presenta como un acto de legítima defensa (quizá lo fuera al principio, el siete de octubre, pero para el día 10, todo aquel que tuviera ojos en la cara podía saber perfectamente de qué iba aquel juego).
Este argumento, sin embargo, con ser importante, no es el primordial para la UER, la cual se agarra, hipócritamente, al axioma de que Eurovisión es un festival apolítico, cuando todos sabemos que no es así. Puede serlo en la teoría, pero el hecho es que Eurovisión tiene un largo historial político. Es parte de su relevancia como evento cultural, por otro lado.
Sin ir más lejos, la propia Austria boicoteó el festival de Eurovisión que se celebró en Madrid en 1969, debido a la situación política en España y reaccionando a la utilización del festival por parte del franquismo para blanquear sus crímenes y presentar una imagen de democracia moderna.
También se aduce que en Eurovisión participan Televisiones (públicas) y no países, de manera que se obvia que, en muchos paises la tele pública es, expresamente, la tele del Gobierno.
La solución que ahorraría a todo el mundo muchos sopitipandos sería que Israel decidiera no participar en Eurovisión de manera voluntaria. Sin embargo, en términos propagandísticos, la situación actual resulta muy conveniente para el Gobierno de Tel Aviv, que puede presentarse como víctima de una especie de conspiración mundial -ese “antisemitismo” que se le cuelga a cualquier persona que critique lo que hace el Gobierno de Israel-.
(Por supuesto, también sería muy bueno y solucionaría el problema que Israel decidiera dejar de hacer salvajadas con la pobre gente de Gaza y de Cisjordania).
No tiene visos de ir a pasar. Por muchos motivos, los políticos que la UER obvia pero también los económicos, de manera que el año que viene, si no cambia mucho la cuestión, volveremos a la casilla de salida.
El año pasado fue la canción de Austria, este año, la de Bulgaria. El año que viene, quién sabe qué bala de plata encontrará la audiencia para que vuelvan a ganar “los buenos”.
Lo que sí que está claro es que el amargo cáliz no le tocará a Austria. Cosmó, el representante de Esta Pequeña República, sacó siete puntos.
Qué penica de chico. Con lo majo que es y lo bien que cantó.

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