
El párroco de la catedral de San Esteban se jubila. El mundo pierde un infatigable campeón de la Fe (y de los canapés).
19 de mayo.- Hace unos días, en el transcurso de una reunión de gente de ciencia, charlaba yo con un sacerdote católico a propósito de la visibilidad de la Iglesia en Austria. Le contaba yo al páter que una de las cosas que más me sorprendió cuando yo llegué a Esta Pequeña República fue ver al mismísimo cardenal Schonborn siendo entrevistado el telediario de máxima audiencia de la ORF. Una estampa que en la España de 2005 hubiera sido muy chocante (ahora también, supongo).
En Europa la otrora omnipresente Iglesia católica se retira poco a poco a sus cuarteles de invierno y, por lo menos en la parte rica del continente, la religión organizada ha dejado de ser una presencia constante en la vida pública. Aquellos miembros del clero que se dejan ver son a su vez vistos como apariciones algo exóticas. Este es el caso de nuestro protagonista de hoy, nada más y nada menos que Hans Faber, el párroco de la catedral de San Esteban (porque la catedral, aparte de la sede episcopal, también es una iglesia funcionante, en donde se bautiza, se casa la gente y se ofician funerales cuando los creyentes pasan a mejor vida).
Durante las últimas tres décadas Faber ha sido el párroco de la catedral de San Esteban y aparte de las labores propias de su ministerio, el pobre hombre también trabajaba de noche. No había sarao, cena, inauguración de peluquería, apertura de la temporada del espárrago (con perdón) o “misilar” en donde no estuviera él, robándole horas al sueño, sufriendo por Dios nuestro Señor los sinsabores que da el llevar a la buena senda a tanta señorita de vida descarriada o a tanto caballero de vida licenciosa y presuntamente “proxenetosa”. Tanta hiel bebía el pobrecito de este cáliz que, claro, no tenía más remedio que pasarla con champán y como la evangelización es un proceso que requiere mucha perseverancia, nuestro hombre no le permitía a su hígado ni un día de vacaciones, siempre de servicio ataviado con su clergyman para que nadie pudiera pensar que estaba tomando canapés por gula sino, por el contrario, para ponerse humilde, santamente, al nivel de toda esa gente que es tan pobre que solo tiene (carretadas de) dinero.
Pero claro, hombre tan cristiano no podía dejar de seguir las instrucciones que da la Biblia, y ya se sabe que en ese best seller piadoso se dice que no es bueno que el hombre (homo sapiens de género masculino) esté solo. Así pues, al objeto de poder comentar con alguien las epístolas de San Pablo, nuestro buen Faber “se echó” una amiga que siempre iba con él a estas cosas. Al principio, la amiga del señor cura se marchaba cuando aparecía una cámara, no fuera a pensar la gente que era lo que, en castellano antiguo, se llamaba por mal nombre una barragana y por bueno “panblanco”.Pero conforme fue cogiendo confianza, Faber le pedía que se quedara en las entrevistillas que se le hacen a los famosos. Con tanto agrado se lo pedía y con tanto ídem se prestaba ella que la gente, que tiene la lengua muy larga, empezó a poner en la misma frase las palabras “Faber” y “celibato”. Para enorme disgusto del cura, que es moderno y lleva zapatillas Nike como el director de su empresa, pero es, sin duda, un clérigo de moral intachable.
Tanto han crecido las habladurías y tanta ha sido la vida social del párroco de la catedral de San Esteban en los últimos tiempos que su nuevo jefe, sucesor del cardenal Schonborn, ha decidido pedirle un último, supremo sacrificio, y es que se jubile de su cargo y, a ser posible, deje de estar tan presente en los saraos en compañía de la que todo el mundo considera su pareja, a pesar de que es evidente que Don Hans Faber no conoce mujer (en el sentido bíblico de la expresión). Después de ciertas conversaciones que algo han debido de tener de corrección fraterna, el párroco de San Esteban ha anunciado que se jubila en 2027 (cosa relativamente infrecuente, con la escasez de personal que sufre la Iglesia). No han servido demasiado las excusas de Faber, que ha aducido haber devuelto al redil de la grey cristiana a 1500 almas que no gozaban de la luz del Señor.
Se da la circunstancia de que el nuevo obispo de Viena es un partidario de una modernización en las costumbres de la Iglesia y piensa que habría que darle una pensadita al tema del celibato. Sin embargo, debe de pensar que, mientras eso pasa o no pasa, la mujer del césar -en este caso, el párroco de San Esteban- no tiene que ser honrada sino, además, parecerlo.

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