Un abrazo para Stephen Colbert

Stephen Colbert hará hoy su último programa de The Late Show. En Viena también tenía público. Yo, entre ellos.

21 de mayo.- Hace unos años, la oficina de turismo de Viena se abrió una cuenta en Only Fans, conocida plataforma de prostitución a distancia en donde seres humanos realizan diversas actividades sexuales previo pago, para disfrute de otros que les están mirando y tienen las manos ocupadas en otras cosas.

La iniciativa respondía a las absurdas reglas de las plataformas (Facebook e Instagram) entre otras, de censurar aquellas obras de arte de los museos vieneses en las que aparecía gente con menos ropa que más. Fue Stephen Colbert, el famoso presentador de televisión norteamericano, uno de los muchos que se hicieron eco de esta kafkiana situación, en su programa, que termina hoy, The Late Show.

Y sí, me permitirán mis lectores que hoy me salga del tema principal de este espacio y que acuda a este precario pretexto para entonar una elegía por Stephen Colbert, un hombre que representa lo mejor de los Estados Unidos de América, en estos tiempos oscuros en donde reina sobre ellos (y sobre el mundo) un tirano culón, incompetente, corrupto y estúpido llamado Donald Trump.

Todas las mañanas, me subo al tren, me pongo los cascos y escucho los inteligentísimos monólogos de Stephen Colbert, disfruto de su bonhomía ilustrada, de su comprensión del ser humano, de su buena educación, de su progresismo que no conoce las estridencias, de su enorme y refinada cultura, que es auténticamente popular, en el sentido de que pertenece al pueblo que inventó la democracia moderna.

Stephen Colbert da, hasta hoy, todos los días lecciones de tolerancia a quien le quiera escuchar, y de inteligencia a quien tenga posibilidad de seguirle -él tiene la cortesía de que le pueda seguir todo el mundo-.

En 2025, la CBS, cadena para la que, hasta hoy, trabaja Colbert, anunció la cancelación, después de one años de The Late Show. Se alegaron entonces motivos financieros, pero acontecimientos posteriores permitieron diagnosticar más claramente lo que había pasado. Colbert había sido despedido por razones políticas, porque Donald Trump no quería verle en la televisión. De hecho, el propio Trump, desde su red social le lanzó invectivas llamándole cosas que Colbert se tomó con la deportividad y la nobleza que le caracterizan.

Desde la llegada del clan Trump al poder la CBS, como pasó con la Hungría de Orbán y pasará si, Dio lo evite, el FPÖ llega al poder aquí, ha sufrido un proceso de Trumpización que ha llevado a la desaparición de mucha gente inteligente de las pantallas. El populismo más racista, cazurro y asqueroso se ha enseñoreado de lo que, en otros momentos, eran espacios en los que se hacían noticias de calidad y programas de entretenimiento que no trataban al espectador como una ameba.

Las últimas semanas de Colbert al frente de The Late Show han sido un desfile de estrellas rutilantes del difunto siglo XX y, por lo tanto, el pálido reflejo de una espuma cultural que imprimió su huella en los corazones de quienes conocimos mejores tiempos. Nombres que tratan a Colbert como un amigo, que le abrazan con afecto que se nota que es sincero. La lista es apabullante. Steven Spielberg, Barack Obama, Josh Brolin, Billy Christal, Robert de Niro, Bruce Springsteen, Meryl Streep…Todos han ido a darle a Colbert su abrazo de despedida, que es un poco el abrazo de un público que, como yo, lloraba de risa alrededor del mundo.

Echaremos de menos a Colbert, pero echaremos todavía más de menos el mundo que representa y que no va a volver.


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