
El nuevo primer ministro húngaro, Peter Magyar, se ha dado un garbeo por Viena para dejar claro que ha empezado una nueva era.
23 de mayo.- Hace algunas semanas celebramos la que, probablemente, sea la mejor noticia que haya pasado en Europa en mucho tiempo: la expulsión del poder de Viktor Orban, el que fue primer ministro húngaro y, durante su mandato, un vecino bastante molesto no solo para Austria, sino dentro de esa “Rue del Percebe” que llamamos Unión Europea.
Su sustituto es Peter Magyar, sobre cuyos hombros recae en estos momentos la tarea de intentar arreglar lo que Viktor Orbán rompió. No va a ser fácil, sin embargo. Fuera de Hungría Peter Magyar da pasos rapidísimos (hoy, por ejemplo, se ha sabido que el nuevo primer ministro ha paralizado el abandono de Hungría del más alto tribunal europeo) pero dentro la cosa es diferente. La corrupción y el clientelismo, y el Gobierno húngaro está podrido hasta los tuétanos, son perniciosos sobre todo porque crean un estado de ánimo. Si Hungría fuera una empresa, se podría decir que su cultura empresarial está hecha completamente destrozada. En una empresa, lo que se hace en estos casos es cambiar los mandos y crear progresivamente una nueva cultura empresarial “sana”. En un país eso es muchísimo más difícil, como es comprensible, dado que las cadenas de poder son muchísimo más complicadas y es muchísimo más difícil romper las inercias de los que saquean sistemáticamente el patrimonio público.
Por eso, entre otras cosas, hay que ser pesimista con respecto al futuro de los Estados Unidos.
Donald Trump y sus secuaces han podrido el sistema desde la cúspide, creando un estado paralelo que solo sirve para enriquecer a la familia del presidente y a los oligarcas que lo sostienen en el cargo, de manera que incluso en el caso inevitable de que Donald Trump, por ley natural, fallezca, el trumpismo encontrará un recambio que, como ha sucedido con Hungría, acelerará el hundimiento de un Estado que habrá perdido el empuje y que se irá depauperando progresivamente.
Volviendo al tema que nos ocupa, Peter Magyar, el nuevo primer ministro húngaro, una vez colocada la foto de su señora en el despacho, jurado sus cargos y habiendo hecho las labores de limpieza más imprescindibles, ha emprendido una serie de viajes oficiales que le han llevado a visitar a sus vecinos más próximos.
El primer viaje ha sido a Polonia, país con el que Hungría mantiene una larga relación histórica. El segundo ha sido a Austria.
Las relaciones entre los gobiernos de Viena y de Budapest, bajo Orbán, pasaron por una alternancia de crispación y gelidez durante los años de mandato del primer ministro felizmente depuesto.
Estaba claro que a Orbán no le gustaban nada los sucesivos cancilleres que ocupaban el despacho de la Ballhausplatz y, como dijo el castizo, “a la viceversa” sucedía exactamente igual.
Al principio, en la cúspide de su poder, Orbán venía y asistía a comidas de trabajo en las que seguramente reinaban silencios incomodísimos. Los cancilleres austriacos, era más que obvio que despreciaban a Orbán y le consideraban un individo con el que, en otras circunstancias, nadie hubiera querido tener nada que ver. En tanto que, por su parte, Viktor Orbán les despreciaba a ellos, por considerarles representantes de un estilo de hacer política presuntamente decadente y débil.
Esto se notaba mucho en la manera de vestir. A Orbán le sentaban (le sientan) todos los trajes fatal. En todas las cumbres europeas parecía un pollero que fuera a una boda de pueblo. Por su lado, los austriacos iban (van) siempre hechos un pincel slim fit.
Una de las señales de que Magyar va a llevarse bien de nuevo con sus vecinos ha sido exactamente indumentaria: al nuevo premier húngaro le sientan los trajes estupendamente. Sin ser guapo, es agradable y educado, nada que ver con lo que era (es) Orbán. Un tipo desagradable, de esos que se rascan el escroto mientras están hablando contigo y luego se huelen la mano.
Ya al final de la etapa Orbán, el único puente que quedaba entre los dos países era la amistad que unía al FPÖ con Fidesz. Una amistad en la que flotaba la promesa de que, algún día no muy lejano, el FPÖ llegaría al poder y Centroeuropa quedaría presa en un cepo de tristeza y horror que duraría mil años.
Por suerte, no ha sido así.
En su viaje a Viena, Peter Magyar ha dicho que no le importaría reunirse con Kickl, pero que, en primer lugar, sus afinidades políticas son otras y que la “amistad especial” entre ultras que unía a Kickl con Orbán no se repetiría.
Que había llegado la hora de iniciar una etapa nueva, que iba a intentar terminar con la corrupción y que iba a intentar desbloquear los fondos europeos que son, en este momento, vitales para Hungría.
En conjunto, Magyar ofrece una imagen profesional, competente, respetuosa. A ver si tiene suerte, el muchacho.
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