Magnífica Humanidad

Hace muchos, muchos años, empezó la historia del artículo de hoy. Una historia cuyas vicisitudes hubieran sido imposibles de haber existido la IA.

25 de mayo.- Hoy, lunes de Pentecostés, día prematuramente veraniego en Austria, me gustaría llevar a mis lectores a un punto ya lejano en el tiempo: más o menos a la altura de 2006 o 2007.

Era un mundo muy distinto de este en el que vivimos ahora. Por ejemplo, no había lo que después se llamó redes sociales. A mis lectores más jóvenes, les resultará extraño sin duda, pero hubo un tiempo en el que podíamos navegar libremente por internet, tan solo buscando en Google o en cualquier otra página semejante datos que nos eran entregados sin procesar, todo lo más con un enlace y una somera descripción.

La gracia estaba en que uno tenía que organizarse la información que recibía y, entre tanto, se encontraba con páginas que jamás hubiera pensado que existieran o, simplemente, la casualidad le llevaba por derroteros insospechados, que algunas veces adoptaban la forma de casualidades felices.

Cuando uno se acercaba a internet no lo hacía muchas veces con una finalidad utilitaria. Por ejemplo, no “producía contenido” para una masa grande o pequeña de receptores. No vendía cosas. No existía gente cuyo trabajo principal era aconsejarle que comprara esto o aquello. Viena Directo es una reliquia de aquella internet en donde la gente escribía nada más que por el placer de escribir, de compartir el conocimiento, no para ganar dinero.

En una de esas, encontré un blog de un joven mexicano que estaba estudiando en Francia. Como se hacía entonces con las páginas -la gente sigue haciéndolo con Viena Directo- y ahora se hace con las series de Netflix, cuando me topé con la página de este estudiante me leí todos los episodios de su vida. Aparte de estar muy bien escritos, la verdad es que el tipo me cayó muy simpático.

Así que, de vez en cuando, yo le robaba tiempo a mi tedioso trabajo de oficina (“trabajo es ese sitio en donde no te diviertes”) y me pasaba por el blog de este muchacho, llamado Rafael. Rafa, vaya.

Por sus artículos fui sabiendo cosas de él, como que era de la bonita localidad de Huásabas, en Sonora, o que su árbol favorito eran (son) los Jacarandás.

No había entre nosotros ninguna máquina que hubiera redactado lo que yo quería saber sobre los jacarandás basándose (robándole) a Rafa las entradas de su blog, ni su voz digital estaba reducida a una sopa impersonal basada en el cálculo de probabilidades, de manera que Rafa estaba ante mí, internet interpuesta, claro, con toda su entrañable sinceridad.

Un día, le escribí un correo electrónico, contándole quién era yo, y nuestra amistad digital se fue haciendo más estrecha, como las antiguas amistades epistolares. Pasó varias veces por Viena el ciclo de las estaciones, Rafa volvió a México y empezó su carrera laboral. Cuando llegó Facebook, le escribí un correo pidiéndole permiso para mandarle una solicitud de amistad (comprenda el lector que todavía no sabíamos muy bien cómo iban estas cosas y las amistades de Facebook nos parecían serias). Tras algún tiempo, le pedí que me mandara una grabación con su voz, para ponerle sonidos a su imagen. Me mandó un poema.

Ya entonces Facebook permitía llamarse por un cuasi teléfono y la gente me decía “pero llámale, hombre” y así hablas con él. Pero, qué quiere el lector que le diga, un cierto pudor me impedía hacerlo. Quizá el de destruir el encanto de una amistad epistolar o el miedo de que Rafa no respondiera a lo que yo me había imaginado de él.

Pasaron muchos años más. Rafa se estableció en varios lugares del mundo, que sus amigos vimos a través de sus ojos. Cada año, asistíamos a la floración de los jacarandás y nos regocijábamos con él. Nos enterábamos de lo que leía o dejaba de leer y esas cosas que hacen los amigos. Eso sí, con un océano por medio.

Y en esto llegó la pandemia.

Después de tantos años, comprenderá el lector que Rafa y yo nos teníamos mucho afecto, de manera que, cuando llegó la CoVid, decidí que había que llamarnos por teléfono. Así lo hicimos. En Viena hacía frío y estaba oscuro, pero en Huásabas, donde Rafa estaba, hacía un bonito mediodía.

Charlamos bastante y fue un placer. Rafa era exactamente como yo me lo había imaginado. Sin embargo, cuando colgué, como uno es muy drama queen, yo pensé que jamás nos veríamos (a no ser que a Rafael le ofrecieran un destino en Europa -por su profesión cabe dentro de lo posible, pero mucha carambola hubiera sido).

Ya adivinará el lector el final de esta historia.

Por cuestiones que no vienen al caso, Rafa ha estado algunos meses en Europa y, en una de sus idas y venidas !Tachán! Ha pasado por Viena en una escala entre dos vuelos.

Cuando me lo dijo, yo no podía creerlo.

!En patinete hubiera ido al aeropuerto de Schwechat!

Este domingo estuvimos dos horas, disfrutando como lo que éramos, como dos amigos de toda la vida que se conocen desde hace veinte años.

!Se nos quedaron tantas cosas en el tintero!

Ya casi llegando de vuelta al aeropuerto llegamos a un tema que nos preocupa a los dos: la inteligencia artificial.

Si en 2007 o 2008 hubiera existido la IA lo hubiéramos tenido muchísimo más difícil para trabar contacto porque las grandes tecnológicas, ese pulpo de cien brazos, se hubiera interpuesto en el nacimiento de nuestra amistad en forma de resumen de Google Gemini.

Salió a colación la encíclica que hoy ha publicado el papa León, que los dos teníamos (tenemos) muchas ganas de leer.

Se llama “Magnífica Humanidad” y es un homenaje a lo que nos hace únicos frente a las máquinas, como el abrazo de amigos de dos hombres que se conocían hace veinte años pero que nunca habían coincidido en el mismo punto del planeta.


Publicado

en

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.