
Las redes sociales han traído a nuestra vida la serialización de la conversación. Si no hay contenidos, se inventan.
27 de mayo.- Las redes sociales, en su etapa más ingenua, fueron introducidas como una manera de mantener un contacto más estrecho con nuestros semejantes. En vez de que solo nuestra familia más inmediata supiera que nos habíamos comido un solomillo, colgábamos la foto en internet y todos nuestros amigos estaban en condiciones de saber que habíamos empezado una dieta Keto. No hizo falta mucho tiempo para que gente avispada -ayudada por unos equipos que no lo eran menos- comenzasen a darse cuenta de que, para que esos posts fueran interesantes, había que dotarlos de dos elementos: en primer lugar, de una estructura, lo que viene siendo un “relato” entendido como una narración coherente. En segundo lugar, de una frecuencia determinada. Los seres humanos somos animales de costumbres y, de entre las costumbres que más nos gustan, está la repetición del placer.
O sea: que si nos gusta algo, queremos con regularidad que nos den más de ese algo.
Si se examinan estos tres elementos juntos, mis lectores podrán darse cuenta inmediatamente de que nos encontramos con lo que define una serie. O sea, un relato organizado, que se parte en trozos que forman parte de un arco narrativo y que se emiten con una determinada frecuencia que es fija y conocida por el espectador.
Esta “serialización” se ha convertido en uno de los caracteres que definen y marcan nuestra conversación pública. Ni un solo día sin un impacto informativo, emitido de manera regular. O sea, que se fracciona la información de manera que todos los días haya algo nuevo en nuestro feed.
A primera vista puede parecer un poco complicado, pero con ejemplos se va a entender perfectamente. Supongamos que un político es acusado de liderar una trama corrupta. Pasado el primer gran impacto inicial, el que enciende la hoguera, los rivales de ese político y los medios de comunicación afines a estos rivales seguirán la regla de la serialización.
En el mundo antiguo, la noticia hubiera sido: se acusa a Pepito Pérez de haber liderado una trama corrupta y haberse apropiado indebidamente de tantos miles de euros. Sin embargo, en un mundo en el que todos miramos cientos de veces todos los días al móvil y exigimos encontrarnos algo nuevo, la noticia se parte en varias decenas de trozos que van siendo soltados con cuentagotas, a una frecuencia fija, para garantizar que el asunto no decaiga. Así, sucesivos detalles del sumario irán dando lugar a sucesivos impactos informativos, dando la idea de que son noticias que se van produciendo al tiempo en que se están contando.
En Austria, el FPÖ ha convertido esta serialización en una de las bellas artes, mediante una estrategia que es diabólicamente perfecta, que está perfectamente engrasada y que los otros partidos (para nuestro mal) no han conseguido replicar. El feed de las redes sociales del FPÖ nunca está inactivo. Los martes y los jueves el FPÖ convoca sendas ruedas de prensa, generalmente con Hafenecker, el mamporrero oficial del partido, en las que trata dos temas de actualidad (la cosa ha llegado a un grado de perfección tal que es el FPÖ el que crea esa actualidad, como veremos más tarde). Esos temas luego se van troceando a través de sucesivos posts, que a su vez son comentados en el canal de YouTube del partido, si procede, o en medios afines, como el conglomerado de la familia Fellner.
La maquinaria propagandística del FPÖ funciona como un medio sensacionalissta más y la regla de la prensa sensacionalista es que, si no hay contenidos, se inventan. En el caso de que los damnificados denuncien al FPÖ por difamación y ganen, la sentencia llegará muy lejos del impacto informativo original, de manera que el FPÖ, de todas maneras, no se verá penalizado por haber difundido una calumnia. Supongo que hay una caja en el partido para cubrir estas indemnizaciones, que se atribuirán a algo así como a gastos de gestión.
Hace unos meses, la ministra de exteriores Beate Meinl-Reisinger fue acusada por el FPÖ de viajar a Ucrania llevando “cofres llenos de dinero de los contribuyentes austriacos”. La acusación coincidió con un momento en el que el moribundo (políticamente) Viktor Orbán detuvo en Hungría una furgoneta de seguridad con dinero y oro en lingotes con destino a Ucrania, furgoneta que antes había pasado por Austria. El embuste del FPÖ (bastante de brocha gorda) era en realidad una variación de este incidente y encaja con la narrativa prorrusa tradicional del FPÖ -la ultraderecha austriaca es una pieza clave en los intentos de Putin de fragmentar la Unión Europea-.
La cuestión fue comentada en las redes hasta el siguiente impacto, pero la ministra decidió demandar al FPÖ por difamación. Y ha ganado en primera instancia. El FPÖ ha recurrido, por lo cual la sentencia no es firme, pero este recurso ha sido un acto reflejo, un poco por ver si suena la flauta. Haffenecker, el autor del infundio, sabía perfectamente que estaba diciendo una mentira, pero la cosa entra del estado contínuo de guerra del FPÖ contra el Gobierno.
Por cierto, la demanda civil todavía no se ha resuelto.
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