
Empieza el mes del orgullo LGTBIQ+. Repasemos los argumentos de la homofobia en Austria. Pasen y vean.
2 de Junio.- Ayer fue primero de junio. En todo el mundo (civilizado) se celebra el llamado “mes del orgullo” calcando del inglés “pride”.
Tengo dicho más de una vez que no estoy de acuerdo con esta traducción, y que me parece que lo que querían decir los pobres maricas apaleados del club Stonewall es más bien que las criaturicas estaban hasta los mismos huevos de esconderse, y que lo que querían era “dignidad”. Es decir: poder llevar una vida como la de cualquier hijo de vecino. Sea como sea, el caso es que lo de “orgullo” se ha impuesto y ha quedado por fin.
Cuando llega esta fecha del calendario, se da el pistoletazo de salida a los arcoíris. Todas las redes sociales se llenan de los siete colores, porque el orgullo, amén de una cosa muy sana y necesaria para el bienestar de un grupo muy grande de la población y sus familias (alrededor del millón y medio de personas en Austria), también es un asunto que mueve mucho dinero y es una gran oportunidad para las empresas de mejorar su reputación.
Con la misma puntualidad, también se pone en marcha un engranaje en la misma dirección, pero de sentido contrario. O sea: donde la parte decente de la población está a favor del respeto a las minorías, hay una parte indecente (sí: ni “orgullo hetero” ni “orgulla hetera”; usted, prenda, si está leyendo esto y es de los que echan pestes de este mes, es una persona indecente) decía que hay una parte indecente que aboga por que el mundo vuelva al concilio de Trento.
Esto del orgullo es el mes de la marmota. O sea, que todos los años es un “deyaví”, así que para aliviar un poquito la monotonía de tanta peste a rancio, me he dado un garbeo por las redes sociales para recopilar lo que se dice por el lado indecente y tratar de sistematizarlo de alguna forma.

Todos los años igual
Austria es un país que está en el mismísimo centro de Europa, como todo el mundo sabe. Ideológicamente, nos encontramos encima de una falla: la que separa la Europa rica, occidental, de la Europa pobre oriental y excomunista.
A medias por la influencia machacona del estalinismo y a medias porque la Iglesia ha ocupado limpiamente el lugar que anteriormente ocupaba El Partido, en Austria, debido a la población migrante y a la cercanía, la homofobia tiene un gran aroma a aquellos tiempos en los que el llamado “ingeniero de las almas” gobernaba con mano de hierro su imperio. El comunismo consideraba la homosexualidad como algo típico de la decadencia burguesa y de la Iglesia ortodoxa ya sabemos a qué atenernos. No quiero pasar por aquí, por cierto, sin mencionar el dineral que las iglesias evangélicas se están gastando en colonizar Europa. Su máquina propagandística no cesa de producir contenidos homófobos, siendo así la pobre población LGTBIQ+ su víctima propiciatoria.
Luego también está, por supuesto, la extrema derecha. Aquí, la indecencia adquiere varias gradaciones y tonalidades. Desde el “que cada uno sea lo que quiera, pero que no lo digan” hasta los que hacen del Orgullo un problema de orden presupuestario. El argumento es “hay cosas mucho más importantes” en las que gastarse el dinero público que en estas manifestaciones de gente en bolas. Esto, pasando por lo de que el Orgullo, la mera mención pública de la homosexualidad “corrompe” a los tiernos infantes, cuyas mentes están, se conoce, genéticamente preparadas para todo tipo de basura racista, pero que se quiebran como el cristal más fino si una drag queen les lee un cuento.
En los últimos años, la propaganda ultra contra el orgullo y la comunidad LGTBIQ+ ha adquirido una nueva nota para su repertorio. Se trata de la aversión de la extrema derecha por las Organizaciones No Gubernamentales.
Las ONGs ayudan a todo el mundo, o sea, que no hay “prioridad nacional”. Es más, la mayoría de las personas nativas de los países, con razón a su calidad de vida, no tienen ninguna necesidad de ONGs. En este caso, los ultras no pueden con las ONGs que ayudan al colectivo LGTBIQ+ porque operan tomando como evidentes realidades que los ultras quisieran ver silenciadas.
Por citar algunas: la mera existencia de la homosexualidad como un elemento constitutivo de la persona, en forma de circunstancia que no se puede elegir. Le existencia, por lo tanto, de la homosexualidad en todas las etapas de la vida y, cae por su peso, la necesidad de que las diferencias “orientaciones sexuales” sean explicadas de manera normal antes de llegar a la pubertad, tratando las diferentes variedades de la conducta sexual humana en pie de igualdad, de manera que ningún ser humano deba tener ningún miedo ni sentirse mal por ser de una manera o de otra.
Para terminar esta lista que ni puede ni pretende ser exhaustiva, está el argumento de que el “mes del orgullo” es un factor que “divide a la sociedad”. Los ultras son enemigos de la complejidad. Su fábrica de baile se basa en que para cada pregunta, por complicada que sea, tiene que haber una respuesta simple. Si esa simplicidad es imposible de encontrar por otros medios, lo que se hace es que se recorta la realidad para que quepa en el molde. El hecho de que pueda haber diversidad en la sociedad y que haya personas que tengan identidades diferentes y vidas diferentes y necesidades diferentes, y etnias y sexualidades diferentes, es para ellos una aberración, porque todos tenemos que encajar en un molde único.
Durante todo el mes no vamos a cansarnos de leer y escuchar estos comentarios. Su sola existencia es la demostración de que hace falta el orgullo (alfabetización también, pero no vayamos a pedir imposibles).

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