
Las personas con discapacidad no lo tenían fácil en el siglo XIX. Un español, sin embargo, conquistó a los públicos vieneses.
3 de Junio.- Di que yo tenía hoy preparado un tema que no diré para usarlo en una ocasión futura, cuando, por casualidad, me he encontrado en la web de los museos vieneses con una curiosa fotografía. La imagen muestra a un caballero relativamente joven (unos treinta) vestido de torero (o así) y haciendo una pose flamenca. Es una foto antigua, del siglo XIX. Resulta particular porque muestra a un paisano, llamado Juliano Donato, que arrebató con sus bailes a los públicos vieneses a mediados del siglo XIX. Pues vaya cosa, dirá el lector, pero se pasmará cuando le diga que Juliano Donato fue un bailarín español que tenía solamente una pierna.

Juliano Donato nació en 1840 , la fecha no se sabe con precisión, en una época en la que las personas con alguna discapacidad no lo tenían fácil. Aquellos que nacían con alguna “diferencia” eran percibidos como una vergüenza por sus familias y la nula infraestructura social de aquellas épocas hacía que tuvieran que sobrevivir con trabajos precarios o simplemente de la caridad de familiares o de instituciones asistenciales dependientes de la iglesia. Cuando la “diferencia” era especialmente evidente y tenía potencial morboso, algunas de estas personas se colocaban en el mundo del espectáculo más ínfimo y se exhibían a tanto la vista. En Viena, la meca de este triste comercio era el Prater. Pero también existían los circos (en España teníamos, hasta hace muy poco, a los bomberos toreros).
No fue el caso de Donato que consiguió auparse hasta la primera división del mundo del espectáculo. Nuestro héroe de hoy nació con dos piernas pero, quizá por cálculo de marketing, decidió mantener la historia de cómo perdió la que le faltaba en la nebulosa del mito. Algunas versiones dicen que perdió la extremidad durante una corrida, en presencia, nada más y nada menos, que de la reina Isabel II. Lo más probable es que todo fuese producto de un accidente desgraciado, pero común y silvestre. En aquella época, sin antibióticos, cualquier herida un poco importante podía terminar en una gangrena y una amputación.
Lo que no es mítico es que Juliano Donato llegó a ser una estrella con sus bailes presuntamente flamencos y que cobraba enormes sumas de dinero por danzar con su pierna única por los escenarios no solo de Austria, sino también de Alemania. Como si se tratase de un personaje bíblico, Donato aparecía en escena ayudándose de una muleta. Cuando empezaba a sonar la música, la tiraba y se ponía a dar saltos y piruetas, dejando a los públicos (y muy especialmente a “las públicas”) absolutamente entusiasmados con su garbo y su presencia escénica.
Tan es así, que se montó un auténtico culto en torno a su persona y que incluso le salieron suplantadores. Su agente, Franz Kratz, advirtió de la existencia de un “falso Donato” que se hacía pasar por el bueno. El listo se llamaba Conradini y, según parece, sus habilidades danzarinas alcanzaban solo una modesta parte del original. Juliano Donato, entre tanto, actuaba a teatro lleno en Viena, Linz, Danzig, Stettin, Zürich, St. Gallen, Ginebra, Bruselas y Hamburgo. Los críticos hablaban de que la compasión se mezclaba con la admiración, porque Donato transmitía una alegría en escena que se compadecía poco con lo que, en aquellos tiempos, se consideraba un destino aciago. Sirva para calibrar el tirón de nuestro hombre que el Café Sperl ofreció un plato al que bautizó con el apellido del bailarín español (de la mala follá de los vieneses de la época da testigo que el plato en cuestión era un muslo de pollo)

Juliano Donato encantaba a las masas y también tuvo que sufrir los inconvenientes de la fama. Por ejemplo, para evitar que le pasara lo que le sucedió más de un siglo más tarde a Lolita Flores, Juliano Donato se tuvo que casar en secreto en la localidad de Mauerbach y luego, eso sí, celebrar el banquete nupcial en un lujoso hotel de Maria Hilferstrasse. Cuando los recién casados llegaron a “Mahü” se encontraron con una multitud que quería ver cómo le sentaba el matrimonio al bailarín monópode. Su santa, una actriz llamada Antoine Ros, era miembro de la compañía del Theater an der Josefstadt. En el curso del banquete de bodas y ante la insistencia de la multitud congregada, Donato, apodado “Einhaxl” (o sea “unapata”) y su esposa tuvieron que salir a saludar al balcón del hotel varias veces, y hasta hicieron múltiples reverencias, “como los grandes señores” (así dicen los periódicos de la época”.
El caché de Juliano Donato era muy alto, su fama transeuropea, y quizá esto fue su perdición. En 1865 se contrató en Londres por la colosal suma de 180.000 francos para actuar en el Covent Garden. En Londres se desató el mismo furor que en el resto del continente. Alguien escribió música especialmente para él. Un así llamado “vals Donato”.
De vuelta de Londres, en la localidad francesa de Eyragne, cerca de Avignon, Juliano Donato cayó enfermo -al parecer de una herida interna que se había hecho en Londres- y murió al poco sin que los médicos pudieran hacer nada. No había cumplido los treinta.
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