Un éxito de la diplomacia austriaca

Un indudable éxito de la diplomacia austriaca ha sentado como un tiro en Alemania. Cosas que pasan entre los países.

5 de Junio.- Como les pasa a muchos países que son parecidos, como por ejemplo Francia y España, los austriacos y los alemanes mantienen una cordial rivalidad, en la que Austria es como esos tipos bajitos que hay en todas las discotecas que se estiran mucho para parecer más altos y ligar con las chicas más vistosas.

En esta rivalidad, generalmente gana Alemania. En el fútbol, por ejemplo. O en el tamaño de la economía, o mismamente en el idioma, en el que el vecino grande trata siempre de absorber las variedades dialectales del pequeño. Por eso, cada éxito de Austria, pequeño o grande, en el que los perdedores son los alemanes, es celebrado en Viena como si Esta Pequeña República hubiera ganado el mundial (o nos hubieran nombrado un papa austriaco).

El último éxito austriaco frente a Alemania se produjo ayer, nada más y nada menos que en la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York.

Tras largos años de batalla diplomática, Austria, un país pequeño y relativamente poco importante en la escena internacional, se imponía a Alemania y entraba, en la primera votación (cosa muy poco frecuente) en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La decepción en las filas alemanas fue doble, cuando se considera que también Portugal consiguió entrar.

La candidatura austriaca había sido presentada en 2011 en tanto que los alemanes, tradicionalmente, se presentan una vez cada ocho años, habiendo ocupado por última vez un sillón en el Consejo de Seguridad durante los años 2019 y 2020 (los países que entran en el Consejo de Seguridad forman parte del grupo durante dos años).

El éxito indudable de la diplomacia austriaca ha sido celebrado con el comprensible júbilo en tanto que en Alemania, la cosa se ha tomado casi como una afrenta y, en cualquier caso, como una señal de la decadencia de la economía más importante de Europa en la escena internacional.

Como suele suceder también, a posteriori han surgido las explicaciones.

En los círculos diplomáticos alemanes se dice que las razones de que Austria haya prevalecido sobre su vecino de arriba puede deberse a que la candidatura se presentó tarde.

También se especula, en medios diplomáticos alemanes, con que las posiciones alemanas frente a determinados conflictos en curso le han costado el apoyo de los miembros fijos del Consejo de Seguridad.

Alemania se ha distinguido por su apoyo inquebrantable a Ucrania frente a la agresión rusa (de hecho, le suministra armas ahora que los Estados Unidos ya no lo hacen). Es obvio que ese apoyo no le gusta nada a Rusia, miembro fijo del Consejo de Seguridad.

Nuestros vecinos del norte también se distinguen por otro apoyo inquebrantable, el que se otorga a Israel en la guerra de Gaza (y bueno, en todas las guerras que le cuelgan de un tiempo a esta parte).

Se reprocha a Merz también que en el 80 aniversario de la ONU no hablase directamente a la asamblea, sino que enviase a un ministro. Mal.

En cualquier caso, y dejando aparte el prestigio, ser miembro del Consejo de Seguridad de la ONU no es precisamente una perita en dulce.

En un mundo en el que las reglas están saltando por los aires y en el que los que eran los principales valedores del sistema, los Estados Unidos, están tratando de dinamitar el orden desde dentro, el Consejo de Seguridad lo tiene cada vez más difícil para introducir un poco de civilización en las relaciones entre las naciones.

La oposición, en Austria, ha intentado neutralizar el incontestable éxito del Ministerio austriaco de exteriores. Como decía Fernando Fernán-Gómez de los españoles -aunque también podría utilizarse para los austriacos, “el pecado nacional no es la envidia, es el desprecio”.

En todas partes cuecen habas, por lo que se ve.


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