La fierecilla «domada»/La mégère «apprivoissée»

Uno de los espectáculos más recomendables de Viena está ahora en el Teatro Arché de esta capital: La fierecilla domada, de Shakespeare.

13 de Junio.- En la mayor parte de las ocasiones, nos enfrentamos a versiones „falseadas“ de los textos clásicos. Se considera que las obras de Lope, de Calderón o de Shakespeare necesitan, para ser entendidas por el público, de cierta „ayuda“ extra, en forma de decorados que provienen de la tradición del siglo diecinueve. Son unas condiciones que, en general, hubieran sorprendido mucho a los autores, los cuales escribían para un escenario que tenía varias puertas, alguna trampilla para producir algunos efectos y quizá una galería superior que podía sugerir el balcón de un palacio o de la casa de una molinera de la cual escapaba el amante perseguido por un marido cornudo.

Si la escena lo requería porque, por ejemplo, se desarrollaba en el salón de una casa, los propios actores arrimaban un par de sillas y una mesa.

Pare usted de contar.

 

La Mégère «apprivoisée» (The Taming of the Shrew) – Official Trailer 2026

Ayer estuve viendo la versión que la compañía Lab´Oratoire ha hecho de “La fierecilla domada” de Shakespeare y observé, para mi alegría y la del resto del público, que habían tomado la decisión de montarla siguiendo las sabias convenciones del siglo XVII. El escenario tenía tres puertas con cortinajes y una salida lateral (a la izquierda, según el espectador) que bastaban y sobraban para representar todos los lugares en los que se desarrolla la trama. Tan pronto una taberna como un palacio, como un camino de camino a esa ciudad italiana de encantador cartón piedra, que hay recortada al fondo de todas las Italias de Shakespeare.

Un montaje así es, aparte de hermoso, muy valiente, porque lo fía todo a los actores.

Para tener éxito en el empeño, los comediantes deben cumplir tres condiciones insalvables: la primera, conocer su personaje y no salirse nunca de él (con una salvedad, que diré más tarde); la segunda, conocer su oficio, esto es, tener perfecto dominio de su voz, de su cuerpo y de los resortes de su arte. En tercer lugar, y de ningún modo menos importante, que utilicen todo eso como base para improvisar y crear así una complicidad con el público.

Laïla Dine y Enzo Visca, la pareja protagonista

Y así ayer, los congregados en el Theater Arché de Viena, asistimos al milagro de que la vieja ceremonia de la obra de Shakespeare brotase fresca y siempre nueva como una fuente de agua limpia delante de nosotros.

La docena larga de intérpretes que nos contaron las aventuras de Katerina y Petrucchio, intepretados por Laïla Dine y Enzo Visca, respectivamente, y capitaneados también por ellos dos, no solo entretuvieron al público y le hicieron reir, sino que también demostraron una calidad, una sutileza y una inteligencia que se ve muy pocas veces.

El teatro clásico (isabelino en Inglaterra, del Siglo de Oro en España) se basaba en un juego de espejos muy difícil de reproducir y que se podría resumir así: el público asiste a una obra que sabe que es fingida pero que, al mismo tiempo, quiere creerse y se cree y en el curso de la cual, al mismo tiempo, los actores le sacan, interpelándole a propósito de lo que está pasando en el escenario (no sé si me explico muy bien).

En el montaje que Lab´Oratoire ha hecho de la obra está también esa verdad, que no renuncia, por cierto, al elemento bufo. No hay escondrijos y recursos fáciles. Si amo y criado intercambian sus vestiduras lo hacen frente al público, actuando este como notario, si el actor principal de la compañía tiene que salir con el culo al aire por el bien de la función, sale.

Y el público, claramente, goza de esa sinceridad.

Como en el siglo XVII, los que estábamos en el patio de butacas fuimos ciudadanos de Pádua, fuimos jueces de las querellas entre los dos esposos, disfrutamos con la deliciosa ironía del monólogo de Katherina/Laïla convertido, por obra y gracia de esta intérprete extraordinaria, en un alegato feminista que rieron las mujeres y saludamos los hombres y dimos palmas cuando había que darlas, ayudando así el curso de la acción.

La dirección también habla del cariño con el que está montada la obra. Todos los actores tenían su momento, porque, como pasa con el fútbol, tan de actualidad, en Lab´Oratoire funcionan bajo la premisa de que, si uno brilla, todos brillan.

Y así, no solo Enzo estuvo brillantísimo, sorprendiendo con su habilidad para la comedia física, o Laïla jugó todas sus cartas de seducción y de ironía, también Ilias Aguenaou, en el papel de Lucentio, supo jugar todas sus bazas de noble enamorado o Julija Pitzek añadió a su personaje de Bianca una picardía que, a lo mejor, no estaba en el texto original. Lamento no poder citarlos a todos por razones de espacio, pero una cosa sí que quisiera decir: en este montaje no hay actores secundarios. Todos están dirigidos e interpretados como si fueran los protagonistas.

Visualmente, el montaje también es muy bonito. Destaca el colorido vestuario, del que los actores sacan oro puro. Personalmente, yo hubiera quizá deseado un poquito más de ambición para la iluminación, aunque me gustó muchísimo el gag de la luna y del sol, hecho solo con luces.

Son pocos, sin embargo, los peros que puedo poner y no empañan nada los elogios que merece lo que vimos ayer.

Todos el público salió contento y los actores también lo estaban. No hay mejor señal que esa.

ET MAINTENTANT, EN FRANCAIS

13 juin. – La plupart du temps, nous sommes confrontés à des versions « dénaturées » des textes classiques. On estime que les œuvres de Lope, de Calderón ou de Shakespeare ont besoin, pour être comprises par le public, d’une certaine « aide » supplémentaire, sous la forme de décors issus de la tradition du XIXe siècle.

Ce sont là des conditions qui, en général, auraient beaucoup surpris les auteurs, lesquels écrivaient pour une scène dotée de plusieurs portes, d’une trappe pour produire certains effets et peut-être d’une galerie supérieure pouvant suggérer le balcon d’un palais ou de la maison d’une meunière d’où s’échappait l’amant poursuivi par un mari cocu.

Si la scène l’exigeait parce qu’elle se déroulait, par exemple, dans le salon d’une maison, les acteurs eux-mêmes rapprochaient deux chaises et une table.

N’en dites pas plus

Hier, j’ai assisté à la mise en scène de « La mégère apprivoisée » de Shakespeare par la compagnie Lab’Oratoire et j’ai constaté, à ma grande joie et à celle du reste du public, qu’ils avaient choisi de la monter en respectant les sages conventions du XVIIe siècle.

La scène comportait trois portes avec des rideaux et une sortie latérale (à gauche, du point de vue du spectateur) qui suffisaient amplement à représenter tous les lieux où se déroule l’intrigue. Tantôt une taverne, tantôt un palais, tantôt un chemin menant à cette ville italienne en carton-pâte enchanteur, qui se détache en arrière-plan de toutes les Italies de Shakespeare.

Une mise en scène comme celle-ci est, outre qu’elle est belle, très audacieuse, car elle mise tout sur les comédiens.

Pour réussir cette entreprise, les acteurs et les actrices doivent remplir trois conditions incontournables : la première, connaître leur personnage et ne jamais s’en écarter (à une exception près, que j’évoquerai plus tard) ; la deuxième, connaître leur métier, c’est-à-dire avoir une parfaite maîtrise de leur voix, de leur corps et des ressorts de leur art.

Troisièmement, et ce n’est en aucun cas moins important, ils doivent utiliser tout cela comme base pour improviser et créer ainsi une complicité avec le public.

Et ainsi, hier, nous qui étions réunis au Theater Arché de Vienne, nous avons assisté au miracle de voir l’ancienne cérémonie de la pièce de Shakespeare jaillir devant nous, fraîche et toujours nouvelle, telle une source d’eau pure.

Les seize d’acteurs qui nous ont raconté les aventures de Katerina et Petrucchio, interprétés respectivement par Laïla Dine et Enzo Visca, et dirigés par ces deux-là, ont non seulement diverti le public et l’ont fait rire, mais ont également fait preuve d’une qualité, d’une subtilité et d’une intelligence que l’on voit très rarement.

Le théâtre classique (élisabéthain en Angleterre, du Siècle d’Or en Espagne) reposait sur un jeu de miroirs très difficile à reproduire et que l’on pourrait résumer ainsi : le public assiste à une pièce dont il sait qu’elle est feinte mais qu’il veut, en même temps, croire et croit, et au cours de laquelle, parallèlement, les acteurs le font sortir de sa réserve en l’interpellant à propos de ce qui se passe sur scène (je ne sais pas si je me fais bien comprendre).
Dans la mise en scène que Lab’Oratoire a réalisée de la pièce, cette vérité est également présente, sans pour autant renoncer, bien sûr, à l’élément burlesque.

Il n’y a pas de cache-cache ni de raccourcis faciles. Si l’amant et le serviteur échangent leurs vêtements, ils le font devant le public, celui-ci jouant le rôle de notaire ; si l’acteur principal de la troupe doit se retrouver les fesses à l’air pour le bien de la représentation, il le fait.

Et le public, de toute évidence, apprécie cette sincérité.

Comme au XVIIe siècle, nous qui étions dans la salle, nous étions des citoyens de Padoue, nous avons été les juges des querelles entre les deux époux, nous avons apprécié la délicieuse ironie du monologue de Katherina/Laïla, transformé, grâce à cette interprète extraordinaire, en un plaidoyer féministe qui a fait rire les femmes et que les hommes ont salué, et nous avons applaudi quand il le fallait, contribuant ainsi au déroulement de l’action.

La mise en scène témoigne également de l’amour avec lequel la pièce a été montée. Tous les acteurs ont eu leur moment de gloire, car, comme c’est le cas dans le football, si actuel, chez Lab’Oratoire, on part du principe que si l’un brille, tous brillent.

Ainsi, non seulement Enzo a été brillant, surprenant par son talent pour la comédie physique, et Laïla a joué toutes ses cartes de séduction et d’ironie, mais Ilias Aguenaou, dans le rôle de Lucentio, a su jouer tous ses atouts de noble amoureux, tandis que Julija Pitzek a ajouté à son personnage de Bianca une espièglerie qui, peut-être, ne figurait pas dans le texte original. Je regrette de ne pas pouvoir tous les citer faute de place, mais il y a une chose que je tiens à dire : dans cette mise en scène, il n’y a pas de seconds rôles.

Tous sont dirigés et interprétés comme s’ils étaient les protagonistes.
Visuellement, la mise en scène est également très belle. Les costumes colorés se

démarquent, et les acteurs en tirent le meilleur parti. Personnellement, j’aurais peut-être souhaité un peu plus d’ambition pour l’éclairage, même si j’ai beaucoup aimé le gag de la lune et du soleil, réalisé uniquement avec des lumières.

Il y a cependant peu de bémols à formuler et ils n’entachent en rien les éloges que mérite ce que nous avons vu hier.

Tout le public est reparti satisfait et les acteurs l’étaient aussi. Il n’y a pas de meilleur signe que celui-là.


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