Mientras haya Orgullo hay esperanza

Ayer por la tarde se produjo en Viena uno de los actos cívicos más importantes del año. Que sea posible

14 de Junio.- Ayer, como todos los años desde hace treinta, tuvo lugar en Viena la Regenbogenparade o, como se la conoce popularmente, el desfile del orgullo gay (aunque abarque más, por supuesto).

Como todos los años, se reprodujeron los mismos comentarios en las redes que tratan de cubrir de porquería lo que no solo es una manifestación política necesaria, sino también un termómetro de la salud de nuestras democracias.

En general, en esos comentarios despreciativos, dominaba el concepto de que la presencia pública por un día de identidades sexuales diferentes de las que dominan el resto del año los medios de comunicación, es signo de la decadencia y de la “podredumbre” de eso que se llama “occidente”.

Se trata, qué duda cabe, de ecos de la propaganda de extrema derecha proveniente, sobre todo, de Rusia, que incluso ha acuñado para eso un nombre: “Gayropa”. El estereotipo nació en Moscú, pero se extendió por la Unión Europea gracias a los miembros del grupo de Visegrado y, singularmente, de la Hungría de Orbán, cuyo gobierno tomó a la tribu del arcoiris como chivo expiatorio de cualquiera sabe qué pecados.

Y sin embargo, el hecho de que ayer recorriese las calles de Viena una alegre multitud de 300.000 personas y, es más, que eso se haya convertido en algo normal incluso para sectores muy conservadores de la sociedad, da idea del éxito de la Unión en la que vivimos.

La historia ha demostrado que las sociedades más resistentes son las más diversas y que, en el momento en el que se empieza a intentar cortar a todos los habitantes por el mismo patrón, es cuando empieza la decadencia.

Todas esas personas que ayer recorrieron las calles de esta capital que el Danubio riega con sus cantarinas aguas estaban sobre todo demostrando que no tenían miedo de que su acto de transgresión tuviera consecuencias. Porque las leyes les, nos, amparan.

Lo triste es que esta seguridad que todos damos por supuesta se haya convertido, en este mundo, en un privilegio que llevamos camino de gozar solo en el afortunado territorio que vive bajo la bandera azul con las doce estrellas amarillas.

Aunque, por supuesto, queda muchísimo camino todavía por recorrer, en Europa no tiene nadie que temer que la policía entre en su casa en plena noche y le saque de su cama matrimonial; nadie tiene que asustarse si se sube al metro porque la policía le vaya a pedir el móvil y, si ve fotos de chicos o de chicas, le vaya a mandar a la comisaría acusado de “extremista”; todos podemos reivindicar nuestros derechos, siempre que no perjudiquen a terceros y las diferentes religiones pueden decir misa, nunca mejor dicho, porque si la ley protege su derecho a decir lo que les parezca, también tenemos nosotros nuestro derecho a hacer lo que queramos con nuestra vida. Y, como cantaba aquella, a quién le importa.

En Austria, un 61% de la población apoya el matrimonio igualitario y más del setenta y cinco por ciento piensa que las personas pertenecientes al colectivo LGTBIQ son miembros de pleno derecho de la sociedad. Por cierto, del 25% de los que creen que no, la gran mayoría votan a la ultraderecha, como era esperable.

Todos los años, el desfile recorre la Ringstrasse, y todos los años se detienen los medios en lo mismo, esto es, en las fotos de gente enseñando lo que no enseñan los 364 días restantes del año, las banderas, la música y todo lo demás. Lo que no cuentan es que esta forma de carnaval es un hábil camuflaje, porque lo que se ventila no es una fiesta, sino una manifestación. El desfile del orgullo es, sin duda, un acto político.

Por último, me gustaría que mis lectores piensen una cosa: en Austria, vivimos nueve millones de personas. Según las estadísticas, alrededor de un diez por ciento pertenecen al colectivo LGTBIQ+, esto viene a dar novecientasmil, diez mil arriba o abajo. Para mí, la consecuencia más importante de este número es que todos tenemos a una persona gay en nuestra familia, o que conocemos a una o varias en nuestro centro de trabajo, puede ser que la persona que nos ha vendido esa chaqueta que nos gusta tanto, o quien nos haya aconsejado a la hora de pedir un crédito o comprar una casa, o la persona que nos ha hecho la reforma del baño o nos ha acuchillado el parqué, pertenezcan a eso que se llama “el colectivo” y, sin embargo, la sociedad vive, en muchos aspectos, como si esas personas no existieran.

Y sin embargo es muy importante que existan. Creo que este artículo prueba que nos va la vida en ello.


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