
Los Soles del Sur, en el Theater Center Forum, nos traen una nueva propuesta que intriga, entretiene e ilustra. La Función por Hacer.
27 de Junio.- Hace ya unos años, Netflix empezó con la producción de una serie a propósito de la familia real inglesa en el siglo XX, que reseguía, a través de diferentes estampas, la biografía de la reina Isabel II, en aquel momento todavía vivita y coleando.
Con la serie sucedió un fenómeno curioso. Con las primeras temporadas, las que abarcaban hasta, pongamos, los setenta del pasado siglo, la audiencia no tuvo ningún problema para aceptar que personajes que no se parecían nada a las personas reales que representaban incorporasen sus papeles.
Se dio el caso, incluso, de que la segunda actriz que interpretó a Isabel II, la estupendérrima Olivia Colman, debido a una alergia, no podía utilizar lentillas de colores, así que, durante veinticuatro episodios, la reina Isabel, famosa por sus ojos azules, los tuvo marrones, y a nadie le supuso un problema.
Sin embargo, conforme la historia se iba acercando al presente, también aumentaba la incomodidad de los espectadores. La gente de mi generación creció teniendo en pantallas y revistas al principe (hoy rey) Carlos y a su primero novia y luego esposa, la princesa Diana de Gales (mi madre y sus amigas la llamaban “la ladidí” -por lo de Lady Di”- ), de manera que estábamos muy familiarizados no solo con la familia real, sino con sus caras auténticas y sus voces y su manera de moverse. Lo mismo nos pasa ahora con el príncipe Guillermo y el tarambana de su hermano, el que está casado con la cómica.
Esto implicaba que, a pesar de que la serie seguía teniendo una gran calidad, nos resultara cada vez más complicado entrar en la ficción y aceptar la convención de que lo que estábamos viendo era, ni más ni menos, un culebrón. De lujo, eso sí. Pero un culebrón.
Es más ¿Qué les pasaría a los auténticos protagonistas de la historia? ¿Qué diría la reina cuando veía a Claire Foi, que la interpretaba de jovencita, mascando pañuelos porque su marido, el duque de Edimburgo, le ponía los cuernos impidiéndole llevar los sombreros famosos que completaban sus estilismos?
¿Qué hubiera pasado si la monarca hubiera ido a los platós y le hubiera dicho a Claire Foi, “¿Pero qué estás haciendo, so insensata, esto no fue así”?
Precisamente sobre una situación similar está construida “La Función por hacer”, la paráfrasis de “Seis personajes en busca de autor” de Luigi Pirandello, hecha por Miguel de Arco y Aitor Tejada, que es la nueva propuesta de los Soles del Sur, la compañía de teatro en español que nos hace la vida más llevadera en Viena.
Como sucede con cada nueva función de los Soles, uno espera una vuelta de tuerca en algún aspecto, y en esta es el texto, que es muy exigente. Son seis actores seis en el escenario, haciendo partícipes al público de la tensión que existe en uno de los misterios más grandes de la especie humana y, al mismo tiempo, uno de los más cotidianos: el hecho de que el ser humano es el único animal, que se sepa, que es capaz de suspender su sentido común durante una hora y media para disfrutar de cosas que sabe que son mentira pero ante a las que, al mismo tiempo, reacciona como si fueran verdad.
Por seguir con mi ejemplo del principio, todos sabemos que Claire Foi no es la reina de Inglaterra, pero “si trabaja bien” (como se decía antiguamente) le reconocemos la capacidad de conmovernos y aceptamos esa estilización de la realidad que ella nos ofrece como si fuera una cosa real.
Al ser seis los actores que participan (tengo delante el programa) puedo esta vez decir algo de cada uno de ellos.
“La función por hacer” es una obra que podría asemejarse a un edificio. En todos los edificios hay una parte a la que se presta poca atención y que es el encofrado y la estructura. Sin esa labor muda de sostén, las habitaciones, por muy vistosas que sean, no pueden existir.
Sergio Jácome Mora, que interpreta al hermano menor y Susana Amigo son esos dos pilares. Aunque debería decir dos pilas. Porque, aunque están callados la mayor parte del tiempo, no paran de generar energía que dota de capas de significado a lo que están haciendo los otros actores. Era muy bonito observar su juego (utilizo aquí la palabra en la acepción más noble del término) y verles ir avanzando hacia el climax final.
Cristina Zhdanova interpreta a la mujer, y lo hace de una manera muy profunda y muy competente, echándole un pulso interpretativo muy interesante a Eduardo Hernández San Deogracias, que manda y, como un capitán experto, dirige y reconduce muchas escenas con su sabiduría habitual.
Con respecto a Eduardo, me gustaría señalar además, el trabajo de cuerpo, que se manifiesta en una actitud patricia y muy digna que, a uno, aficionado a la ópera, le lleva a pensar en esa escena en la que el padre de Alfredo, en la Traviata, va a ver a Violeta Valery para pedirle por favor que se sacrifique y deje a su hijo.
Alejandro Pimentel y Aitana Vivó Cordón son los seres de carne y hueso de la obra, y los detonantes del juego, alternando, como los espectadores de la teórica función por hacer, entre la curiosidad y el cinismo. Son ellos los que más comedia proporcionan, a este guiso que tiene una textura ligera, pero que alimenta áreas de nosotros mucho más profundas de lo que parece a primera vista.
Todavía quedan dos representaciones. El teatro es lujoso y tiene aire acondicionado. La obra es muy recomendable.
No se me ocurre mejor plan para pasar una ola de calor.
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