
Hoy los Estados Unidos cumplen dos siglos y medio. Las relaciones entre Austria y los USA no siempre fueron fáciles, sin embargo.
4 de Julio.- Hoy se cumplen 250 años desde que las trece colonias que Inglaterra tenía en Norteamérica se declararon independientes. En España, reinaba el manso y sabio Carlos III, monarca de hábitos muy morigerados, de inteligencia media, pero bastante para elegir muy bien a sus ministros; reinaba sobre Austria José II. Otro que, sin ser brillante como su madre, la emperatriz Marisa y su padre, Paco de Lorena, era por lo menos más listo que la tonta de su hermana, Maria Antonieta, reina de los franceses.
Mientras que Carlos III vio la oportunidad de debilitar al enemigo tradicional, Inglaterra, financiando bajo cuerda a los revolucionarios americanos, José II se mantuvo a la expectativa y Austria, lo mismo que Rusia, se declararon neutrales en un conflicto en el que, se haber alguna simpatía, hubiera sido por la monarquía inglesa de los Hannover.
Y era lógico, porque los “emperaores” austriacos eran monarcas absolutos todavía, que reinaban “por la gracia de Dios”, de manera que no podía parecerles bien una revolución cuyo principal objetivo era librarse de los reyes y constituir una república.
Había también un motivo poderoso para esta neutralidad de Rusia y de Austria, y era el económico. Los dos grandes imperios europeos querían a toda costa mantener el comercio con América, que era entonces muy lucrativo, en tiempos de una incipiente revolución industrial.
Por otro lado, los americanos intentaron establecer relaciones con el imperio austriaco y en fecha tan temprana como 1777 enviaron a Viena a William Lee, un poderoso prohombre virginiano que fracasó en el intento de ser recibido por José II.
Tuvieron que pasar veinte años para que Austria reconociese oficialmente la existencia de los Estados Unidos de América. En 1797, un caballero llamado Conrad Frederick Wagner fue el primer cónsul norteamericano en la ciudad de Trieste (hoy en Italia, entonces floreciente puerto del imperio austriaco).
Durante todo el siglo XIX, Austria miró a los Estados Unidos un poquito por encima del hombro, da la sensación. Se firmaron tratados aquí y allá, a propósito de navegación, comercio y cosas menores, pero estaba bastante claro que, para el Imperio Austro-Húngaro, los Estados Unidos no eran una prioridad de primer nivel. Lo mismo al revés. Da idea de esto que los americanos no tuvieron una embajada en Viena hasta fecha tan tardía como 1902.
Aquí, de pasada mencionaré que Viena sí que ejerció una atracción entre los americanos cultos de su época, que tenían la ciudad, lo mismo que Venecia, por uno de los puntos imprescindibles del llamado “Grand Tour” que las clases altas de la llamada “guilded age” o “edad dorada” hacían para que se les espabilasen los vástagos y se les quitara el pelo de la dehesa.
Baste mencionar como ejemplo que Mark Twain escribió gran parte de su novela Tom Sawyer en una cómoda cabaña de las cercanías de lo que hoy es el Lainzer Tiergarten.
El mayor conflicto entre las dos naciones tuvo lugar durante los convulsos días de 1848. Obedeciendo a un automatismo natural en una república, el Senado americano se puso de parte de Hungría cuando los nacionalistas húngaros quisieron separarse del Imperio (quien haya visto las pelis de Sissi, sabrá que la indudable tensión sexual entre la “emperaora” y el conde Andrassy tuvo mucho que ver en que la sangre no llegase al rio).
Las cosas sin embargo se calmaron y Austria participó junto con los Estados Unidos en la coalición de ocho países que luchó en la llamada rebelión de los bóxer -sin la cual, por cierto, no hubiera existido una peli estupenda llamada 55 días en Pekin, que la productora de Samuel Bronston rodó en Madrid-.
A lo largo de todo el siglo XIX se calcula que emigraron a Austria más de dos millones de personas procedentes del Imperio austro-húngaro. El mundo del espectáculo americano esta´lleno de personas que llevan sangre austriaca en sus venas. Por ejemplo Johny Weissmüller, el primer Tarzán cinematográfico, procedente de una humildísima familia procedente de lo que hoy es Rumanía- o Bela Lugosi, el primer Drácula.
Hubo muchos que emigraron por motivos religiosos -eran protestantes y querían más libertad para practicar su religión- pero la gran mayoría emigraron por motivos que podríamos llamar “gastronómicos”. O sea, para comer, los pobres.
Prueba de ello es que más del 60% procedían de mi Burgenland de mi alma, una de las zonas más pobres de Austria en aquel momento.
Las relaciones entre Austria y los Estados Unidos se intensificaron al mismo ritmo que los USA cobraban poder e importancia internacional, sobre todo a partir del final de las dos guerras mundiales.
Hasta llegar al día de hoy, en donde las relaciones son las que todos sabemos. Especialmente, la extrema derecha está muy a favor del trumpismo. Aunque, en fin, en eso quizá sea mejor no entrar.
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