
La misma situación se lee de distinta manera dependiendo del contexto. Una mujer con el pelo cubierto puede ser una monja o una musulmana.
8 de Julio.- Mi abuela María era una señora muy púdica. Dudo muchísimo que, hasta que fue dependiente, alguien, ni siquiera un médico, la viese desnuda. Es más: yo creo que hasta una edad avanzadísima ni ella misma se vio desnuda y vivió como si, alrededor del cuello, llevase una especie de bufanda muy gorda que le impidiera mirar hacia abajo. Toda la vida llevó vestidos oscuros -la tradicional bata española abotonada que se llamaba “hábito” y no por casualidad- que le llegaba hasta un palmo por encima del tobillo y aunque no llevó pañuelo de cabeza, como otras de su generación, estoy convencido de que no fue por falta de ganas. Desde chica, le inculcaron que todas las mujeres, desde Eva, eran un peligro potencial para la salvación de sus compañeros masculinos de especie y vivió el sexo como un castigo (vamos, no me invento nada, porque ella misma lo afirmaba con mucha resignación).
Desde chicos, y de forma muy consecuente, trató de convencernos a mi hermano y a mí de que las mujeres eran, por naturaleza, unas lagartas de las que no había que fiarse, en línea con lo que los curas le habían dicho durante toda su vida y ella creía, por lo tanto, a pies juntillas.
A nosotros nos parecía todo esto, como es natural, un disparate y tratábamos de quitarle esta “sexofobia” de la cabeza. Sin resultado. Mi abuela, aunque parió tres hijos, se murió, por lo menos mentalmente, virgen.
Todo este sacrificio de su felicidad en el altar de la religión y de la represión tuvo, a la postre, una virtud: la de que terminásemos comprendiendo que mi abuela no se diferenciaba demasiado de sus equivalentes, pongamos por caso, turcas, o afganas o sirias. O sea: si a mi abuela la dejábamos tranquila y nos hubiera parecido fatal que le hicieran daño al violentar su pudor, lo mismo debe parecernos mal que fuercen a personas musulmanas a pasar por trances que, como mi abuela, percibirían como una violación.
Pues Señor, di que este otoño dos señoras musulmanas pusieron una denuncia porque un hotel de Pingau, Salzburgo, no las había dejado bañarse en la piscina ataviadas con lo que suele llamarse un burkini -prenda no muy distinta de lo que, en tiempos de Franco, se consideraba un traje de baño decente para una mujer, por cierto-. La dirección del hotel empezó argumentando que, por razones higiénicas, no podían utilizar la piscina y que, si querían hacerlo, se tenían que aligerar. Ellas pidieron hablar con la gerencia. Las pusieron al teléfono con la dirección y ahí empezaron a salir todos los prejuicios que el racismo ha implantado en nuestros cerebros. Les llegaron a decir que, aparte de sucias -lo de las razones higiénicas es lo que significa- el resto de los huéspedes no veía con buenos ojos a mujeres bañándose con burkini y que, si eso, se buscasen otro hotel. No contentos con esto, les dijeron también que estos atuendos quizá se vieran bien en Egipto o Arabia Saudí, pero que, si estaban en Austria, tenían que respetar las costumbres de Austria (!) y que no había que hablar más del asunto.
Las mujeres denunciaron al hotel ante la policía y hoy un juez les ha dado la razón. Argumenta el juez que fueron discriminadas pura y simplemente por motivos religiosos. Cosa que está taxativamente prohibida por la constitución. El argumento de la higiene no aplica aquí, porque los llamados burkinis están hechos de la misma tela que los bikinis, por ejemplo. Y los controles de calidad periódicos del agua no se dificultan porque las mujeres estuvieran más o menos vestidas. La jueza argumenta que la gente se tapa o se destapa alrededor del mundo siguiendo las más variadas creencias y costumbres, y que si, en nombre de la tolerancia, debemos aceptar el destape no hay razón para no aceptar que haya gente que se sienta más segura tapándose, máxime si es de acuerdo con su fe. Aduce además que el hotel no disponía de ninguna normativa que las mujeres hubieran podido usar para orientarse -y no disponían de ella porque hubiera sido discriminatoria.
A todas estas sensatas razones, añado yo una, que probablemente sea impopular. Todos los que vivimos en un país tenemos el mismo derecho a ser tratados igual de bien, independientemente de si nuestras costumbres son como las de la mayoría o son minoritarias, por supuesto si esas costumbres no perjudican, como en este caso, a nadie.
Las personas que profesan la religión musulmana (o la budista, o los que sean ateos, o católicos) son tan austriacas como las que más y merecen la misma protección y respeto. La diversidad es siempre un bien, y el racismo, siempre, una estupidez incompatible con la inteligencia.
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