90 años de la guerra civil: Austriacos en España (1)

En estos días se cumplen 90 años del inicio de la guerra civil. Casi 5000 austriacos combatieron en los dos bandos enfrentados. Hoy, contamos su historia.

Nota: a lo largo de los años, Viena Directo se ha ocupado mucho de las historias enlazadas de España y Austria. En estos días, coincidiendo con el nonagésimo aniversario del principio de la guerra, recuperamos artículos con aspectos curiosos o poco conocidos de la contienda. El de hoy se publicó el 17 de Julio de 2016, hace casi exactamente diez años. Se cumplían entonces 80 años del inicio de la guerra fratricida.

Tal día como mañana, hace ochenta años, empezó la guerra civil española. Sin duda, uno de los episodios históricos de los que los españoles debemos sentirnos menos orgullosos. Por culpa de la guerra (y de los vencedores de esa guerra, naturalmente) España quedó durante cuarenta años aislada del resto del continente y se puede decir que, desgraciadamente, y tras el breve paréntesis que supuso la llamada Edad de Plata (la vanguardia) el siglo XIX se prolongó en nuestro suelo hasta el 20 de Noviembre de 1975, momento en que falleció el decrépito dictador.

La guerra civil en su contexto

Entre, podríamos decir 1918 y 1933, o sea, entre el final de la primera guerra mundial y la llegada de los nazis al poder en Alemania, el continente europeo (España incluida) había entrado de lleno en la modernidad. Y la modernidad significaba, en aquellos momentos, ciscarse en todo lo que oliera a tradición y a orden, destruir lo antiguo para construir lo nuevo, para horror de las capas más reaccionarias de la población.

El arte y el pensamiento del primer tercio de siglo están marcados por un furioso afán experimentador que, obviamente, no le vino bien a todo el mundo.

Se puede decir también que, durante estos años, se estaba inventando sobre la marcha, con el amateurismo que da la falta de experiencia, un modelo de democracia parlamentaria en muchos países de Europa para los cuales la democracia era algo bastante desconocido, y que grandes capas de la población, acostumbradas como estaban al corralito ideológico del viejo orden (por ejemplo, la monarquía nuestra de la restauración o la austriaca del Imperio austro-húngaro) veían los nuevos parlamentos como entes balbucientes que se perdían en discusiones bizantinas que no llevaban a ninguna parte. Con el consiguiente desprestigio de las formas de gobierno democráticas.

Frente a esta democracia a la que le pasaba como a la carrera musical de Jesús Vázquez, o sea, que no terminaba de cuajar, los sistemas totalitarios, de izquierdas o de derechas (pero más los de derechas) ofrecían un mundo que hacía tábula rasa de la inseguridad que había traido la tecnificación y el cuestionamiento de todo y que ofrecían retrotraerse a una arcadia feliz (que, por supuesto no había existido nunca) en la que todo quisqui sabía su lugar en el mundo y todos estaban al corriente de lo que había que hacer.

La segunda república española y la primera austriaca: primas hermanas

La democracia parlamentaria española que llegó el 14 de Abril de 1931, momento en que se proclamó la segunda república, fue la última que se instauró en Europa tras el final de la primera guerra mudial y, como le pasó a su hermana melliza, la primera república austriaca, se enfrentó desde el principio con la oposición de dos estamentos o lobbys de poder potentísimos que comprometieron su estabilidad: la Iglesia católica, que controlaba la enseñanza (y que, por lo tanto, tenía la sartén por el mango del control ideológico y no tenía ninguna gana de perderlo) y el Ejército el cual, durante el siglo XIX y durante gran parte del XX, había sido el árbitro del devenir de la vida pública española en forma de un sinúmero de guerras civiles de todos los tamaños, pronunciamientos, puestas de cojones encima de las mesas de los despachos y demás parafernalia peculiar a los militares que se llevan mal con la ley.

La participación de los austriacos en la guerra que terminaría llevándose por delante a la segunda república española es inseparable de la evolución que tuvo la propia república austriaca.

En 1934, en el curso de una guerra civil que duró apenas una semana, la primera república austriaca se transformó en un régimen autoritario y la socialdemocracia fue prohibida y tuvo que pasar a la clandestinidad, instaurándose uno de esos sistemas totalitarios de los que yo hablaba más arriba, y que ha pasado a la historia como austrofascismo (un austrofrascismo que, por cierto, tampoco moriría en sábanas límpias y que fue laminado por el de Hitler, durante la anexión de 1938). Muchos de los socialdemócratas austriacos partieron al exilio.

También en 1934, los austrofascistas condenaron a la clandestinidad a los nazis austriacos, que habían protagonizado un intento fallido de golpe de Estado, por lo cual quincemil nazis austriacos emprendieron también el camino del exilio (a Alemania, en este caso, en donde encontraron el calorcito ideológico de los de la cruz gamada).

Ambos grupos, dos años más tarde, pasaron a formar parte del contingente plurinacional que combatió en nuestra guerra civil. En bandos enfrentados, como es de cajón. Del lado de la República, alrededor de 1200 personas, de un total de 35000 hombres y mujeres, a través de las Brigadas Internacionales, en las cuales se enroló lo mejor de la izquierda europea para luchar contra el fascismo. Del lado autodenominado „nacional“ unos 3800 hombres, que fueron prestados por la Wehrmacht alemana que estaba haciendo ya el ensayo general para lo que sería la segunda guerra mundial.

Los brigadistas austriacos

Del lado de las izquierdas, los austriacos obedecían al perfil variopinto general, pero sobre todo eran gentes, como dije más arriba, que conocían en sus carnes el dolor de la derrota que les había infligido el fascismo austriaco y que veían en la contienda española una manera de resarcirse y de tratar de pararle los pies a Hitler y sus secuaces (y en aquella época, sobra decirlo, Franco, aunque era el pariente pobre, era uña y mierda de uña con el führer y con el Duce, sin cuya ayuda económica y tecnológica es muy poco probable que hubiera podido ganar la guerra en contraposición con las democracias europeas que, ante las peticiones de auxilio de la República se pusieron de perfil).

La incorporación de los austriacos empezó a partir de octubre de 1936, pero se prolongó durante toda la guerra y se intensificó a partir de marzo de 1938, durante el tramo final de la contienda, porque para los austriacos la absorción de su pequeño país por el Reich alemán y con ella, incluso la desaparición del nombre Austria, supuso un duro golpe y la prueba definitiva de que la cosa iba en serio, hasta el punto de que acuñaron un lema, presente en varias canciones de batalla: „Unser Heimat liegt heute vor Madrid“ (Nuestra patria está hoy en Madrid).

Desde fuera, los austriacos veían la guerra española como un conflicto a varios niveles: por un lado, el de la defensa de un gobierno legítimo que estaba intentando ser derribado por un golpe de Estado militar; por otro, el apoyo a una clase trabajadora que, como la de la llamada „Viena roja“ estaba luchando por emanciparse y por que no se perdieran los gigantescos esfuerzos hechos por la República para que en España, por ejemplo, hubiera una enseñanza que llegase a todas las capas de la población con la misma calidad, superando así el atraso secular que arrastraba nuestro país. Finalmente, el choque brutal de dos ideologías que, desde hoy, nos parecen igualmente perversas, pero que en aquella época podían permitirse aún decir que eran diferentes: el fascismo y el comunismo (o, lo que es lo mismo: el fascismo rojo y el fascismo negro).

Sin embargo, sobre el terreno, la vida de las Brigadas Internacionales no fue lo romántica que los hombres venidos de Graz o de Liverpool se imaginaban. Pensadas en principio como un factor para elevar la moral de la tropa, las brigadas internacionales fueron utilizadas por los mandos republicanos españoles como carne de cañón y, asimismo, los mandos „internacionales“ a los que a veces se asignaban soldados españoles se las veían y se las deaseaban para combatir efectivamente con unos soldados con los que apenas podían comunicarse.


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