
Mientras nos preparamos para que España gane el mundial, hablaremos del otro fenómeno de este verano: la Odisea.
19 de Julio.- Mientras esperamos a que empiece el partido que, probablemente, convertirá a los españoles en los más populares de sus empresas durante los próximos tres días, nos ocuparemos del otro fenómeno del verano: La Odisea, de Christopher Nolan, que llegó el viernes pasado a los cines austriacos.
Las personas que me lean podrán objetar que Odiseo, que se sepa, no pasó ni remotamente cerca de Viena, que sus cóncavas naves no surcaron las aguas del Danubio sino el vinoso ponto (curiosamente, para los griegos el mar no era azul, sino del color del vino) y que tampoco tuvo que enfrentarse a monstruos mitológicos que hablasen en la lengua de Hansi Hinterseer.
Por suerte para él.
Sin embargo, todos los que un día dejamos nuestra casa y nos pusimos en camino en busca de nuestro futuro, tenemos muchísimo en común con Odiseo, porque el poema de Homero, quizá uno de los primeros cuentos con los que, en su cuna, durmió la civilización occidental, lleva en sí la temática del viaje.
En todos nosotros está el ansia de volver y también está, lo mismo que en Odiseo, el conocimiento exacto de que nunca volveremos, porque la Ítaca que cada uno dejamos atrás simplemente no existe.
Y es que el tiempo no se sienta, y nuestros padres envejecen, y nuestros amigos también anudan otros lazos, y las ciudades cambian y cambian las costumbres y los modos de decir, y desaparecen los lugares que nos cobijaron en nuestra infancia.
Ya es distinta la esquina en donde nuestro primer amor nos preguntó dónde habíamos aprendido a besar así; y ha cerrado el bar en el que le decíamos al camarero que parase ya de echarnos alcohol de quemar en el vaso de tubo.
Tampoco nosotros mismos somos ya los de entonces. Para muchas cosas ha perdido la novedad el encanto que solía tener y, al mismo tiempo, como Odiseo, nos hemos hecho fecundos en tretas, a base, como Odiseo, de tener que lidiar con las trapacerías de la vida.
Si Edison inventó la bombilla, Homero inventó los cuentos (bueno, si es que Homero existió, que tampoco está claro) y lo hizo tan bien, la historia está tan “optimizada” a través de tantas repeticiones a traves de múltiples labios que incluso, a través de los siglos, la Odisea está llena de detalles que aún resultan conmovedores para el espectador moderno.
Ayer, en el cine, se nos saltaron un poquito las lágrimas a todos cuando el viejo perro de caza de Ulises es el único que lo reconoce cuando regresa a su palacio con la intención de vengarse de los pretendientes de Penélope.
Yo no estoy seguro de que la mayoría de los que fueron a ver ayer al cine conmigo la película de Christopher Nolan tenían muy presente todas las cosas que yo estoy diciendo. Había muchos grupos de amigos, hombres, que tampoco tenían mucho aspecto de haberse repasado la Odisea antes de ir al cine. Sin embargo, si solo un diez por ciento de las cien personas que ayer estaban en el cine, pensaron para su capote “Joé, tengo que echarle un vistazo al libro este” la verdad es que los millones que ha costado la película pueden darse por bien empleados.
Tengo que reconocer que yo iba con las esperanzas al mínimo. Después de la turra del año pasado, me compré Openheimer y quise verla pero, tras múltiples intentos, tiré la toalla. No esperaba nada de La Odisea.
Y sin embargo…Qué experiencia. Técnicamente la película es increible y es seguro que recibirá muchísimas nominaciones a los Oscars. El sonido, el montaje, el diseño de producción. Matt Damon pasa por todo el metraje sufrido, sombrío, menos heróico que en otras interpretaciones pero sin duda más humano. Y aunque Charlize Teron parece que está haciendo un anuncio de Dior, la maga Circe da miedo y el mensaje sobre la inutilidad y la desgracia de las guerras quizá irrite a algunos, uno se va a casa con la sensación de que, por lo menos esta vez, los hacedores de una película no le han tomado por una ameba.
En estos tiempos, no es poco.
En fin: vamos a ver el partido. Que Dios reparta suerte.

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