
Imagen falsa creada con IA (Gemini AI)
Ayer la selección española se impuso a la argentina, demostrando así que ser buena gente tiene su recompensa.
20 de Julio.- La noticia del día es que la selección masculina de fútbol de España se ha coronado campeona del mundo. El título durará cuatro años, hasta que, en el próximo mundial, la futura selección española gane todos los partidos o pierda en alguno y se tenga que volver a casa. Tendrá el Rey entonces 62 años y la princesa 25.
Para los celtíberos que habitamos en estas tierras de lengua extraña, las victorias de la selección son siempre una ocasión gozosa. Parientes, amigos, colegas del trabajo, nos felicitan tras cada partido como si hubiéramos sido nosotros mismos, en carne mortal, quienes hubiéramos metido los goles. Son laureles prestados, sobre todo para personas que, como uno, no saben darle una patada ni a un bote.
Además, la selección española hace popular a España, porque los jugadores comandados por Luis de la Fuente se han comportado durante todo el campeonato como auténticos caballeros. Y esto se asocia a la reputación española en general. Según mis limitados conocimientos sobre el balompédico deporte, esto ha sido lo que más simpatías ha atraído sobre “la Roja”. El viernes, por ejemplo, todas las personas que pasaban a desearme suerte para el partido del domingo (¡!) remarcaban que, sobre todas las cosas, lo que nadie quería era que ganase la selección argentina.
Ahora se puede decir, pero, a lo largo de este campeonato, los argentinos se han ganado a pulso la tirria que les tiene todo el mundo.
El punto culminante de estos esfuerzos por caer mal fue la salida de tono al final del partido de ayer, que terminó en la expulsión de un jugador “albiceleste” y un amago de pelea. A lo largo de esta especie de Festival de Eurovisión estirado que ha sido el mundial de fútbol, los argentinos no solo han sido “ayudados” con decisiones arbitrales muy cuestionables (los entendidos hablan del “robo” del partido contra Egipto), sino que su afición ha entonado cánticos racistas. Argentina, probablemente a su pesar, ha desempeñado un poco el mismo papel que Israel suele hacer en Eurovisión últimamente. Suerte, por cierto, que las victorias de los partidos no se deciden mediante televoto porque, si no, ya la tendríamos liada. Aunque bueno, pasa siempre que toda victoria busca su estructura narrativa, y sabe mejor si “los buenos” ganan al final. Esta vez nos ha tocado a nosotros, pero quién sabe si en 2030 nos toca hacer el papel de villanos de la función.
La selección es, además, un espejo de un país que anda muy necesitado de referentes. Es bonito cuando hay modelos positivos. Modelos de concordia, modelos de tolerancia. El equipo nacional es un microcosmos que muestra que otro mundo más amable es posible. Un mundo en el que todo el mundo se sienta bienvenido. A lo mejor, a esta España multirracial y multicultural habría que añadirle la saludable diversidad sexual que reina en la calle y en la selección femenina (de los veintiséis convocados, la estadística dice que, por lo menos, hay dos gays) pero a lo mejor no están maduras las cosas para que el olmo se ponga a dar peras. Quizá para 20230 consigamos crear la narrativa de un pobre jugador armarizado que se ha pasado su vida entera escondido y muerto de miedo y que, al final, levanta la copa (o lo que sea el artefacto ese). Un poco como en Heated Rivalry, pero con pantumaca.
O mejor, que el novio sea de la selección argentina y así cerramos el círculo. Como guionista, sería fácil arreglar que dos jugadores de élite jueguen, un poner, uno en el Atlético y otro en el Betis -yo que sé.
Deja una respuesta