Algo se ha muerto en mi alma

Las redes sociales nos acercan a quienes están lejos, menos si se van a un lugar del que nunca más se vuelve.

Para Sergey, in memoriam

30 de Julio.- Hace más o menos cuatro años, por casualidad, encontré una cuenta muy pequeña en Instagram. Me llamó mucho la atención la extrema creatividad de las fotos que había en ella, así que le escribí al dueño. Me contestó en un español con un levísimo acento, una leve disonancia. Le pregunté que dónde estaba, pensando que me diría que era Hispanoamérica, y él me contestó -no se me olvidará- “en el peor país del mundo”. Yo dije algo como “ya será menos” y él me dijo “estoy en Rusia” y entonces, pobrecito, tuve que darle la razón.

Desde aquel día, empezó nuestra amistad. Yo le contaba mis cosas y él, más circunspecto, me contaba las suyas. Me abría una ventana a la vida en Moscú y siempre se reía de mi fascinación por la capital de la Federación Rusa. Desde niño, Moscú ha sido para mí un lugar inalcanzable, el colmo del exotismo. Antes de la guerra, estuve incluso a punto de viajar allí, con una amiga rusa que vive aquí pero, por alguna razón, no pudo ser. De manera que, todavía por muchísimo tiempo, me temo, Moscú será un lugar que solo podré conocer virtualmente.

Poco a poco, Sergey (Sergio, como le gustaba que le llamase) y yo trabamos una amistad algo rara, porque no tenía manifestación física. No por eso era menos intensa. Muchas veces, nos daban las tantas (más a él) chateando sobre toda clase de cosas. De cine, de literatura, de música, de series. De la vida. De vez en cuando, cuando nos cansábamos de teclear, nos llamábamos por WhatsApp y mi miedo era que un día la dictadura rusa, omnipresente, consiguiera incluso robarnos esa pequeña vía de comunicación, a base de condenar para siempre las VPNs que permitían a mi amigo, como a muchísimos rusos, sobre todo jóvenes, seguir algo conectados al mundo.

Tuve (tuvimos) un susto muy grande cuando le detuvieron un día por la calle. De forma arbitraria, porque en Rusia, como pasaba durante el fascismo aquí, la policía no necesita de razones para detener a un ciudadano cualquiera. Muchas veces lo hacen porque no les gusta tu cara, o tu forma de vestir, o simplemente porque quieren demostrar que tienen un poder sobre la población que es incompatible con cualquier resistencia. Nadie más inofensivo que Sergey, amante de los compositores rusos del romanticismo. Le llamé entonces por WhatsApp, cuando ya estaba de vuelta en casa, y me contó que se había comprado un teléfono sin internet, solo para usarlo por la calle y que nadie pudiera ver las fotos que tenía, y una bolsa transparente, para que la policía pudiera ver lo que llevaba dentro. Que si había una movilización masiva para mandarle a la guerra de Ucrania, le ahorraría el trabajo a los funcionarios de reclutamiento.

Durante un tiempo, soñó con marcharse de Rusia, como otros tantos miles de personas. Removió Roma con Santiago (quizá debería decir Moscú con Kyiv) para poder demostrar que era de ascendencia judía y así poder escapar a Israel. Solo pudo conseguir los papeles cuando una tía suya, ferozmente partidaria de Putin, la muy bruja, murió y pudo acceder a los documentos familiares. Tras gastar mucho dinero en lo que, me imagino, fue un rosario de sobornos, supongo que tiró la toalla. Yo le decía “vete de Rusia” y él me decía que no podía, que su gato, ancianísimo, estaba a su cargo. Cuando se muera el gato, me iré. Me decía. Luego, su hermano y él vendieron el piso de la tía. Se repartieron la ganancia. Cuando se me acabe el dinero, me suicido. Y yo le gastaba bromas, diciéndole que con los eslavos no se podía, que eran muy propensos al drama.

Sergey tenía un talento natural para la metáfora visual. Era un artista conceptual de primer orden. Tenía más imaginación como fotógrafo de la que yo estaría en condiciones de reunir en mil años. Hablaba un español perfecto, sabía alemán y francés, además de ruso. Tocaba varios instrumentos musicales (de hecho, en una época vendió las partituras para poder comer). Era de una honradez inquebrantable y de una frugalidad espartana (su único vicio era fumar un par de cigarros al día y el café, que trató de dejar un par de veces sin conseguirlo), le horrorizaba el sentimentalismo pero era un hombre extremadamente sensible y hacía unos juegos de palabras muy cómicos, y los llamaba, de manera un tanto pedante “calambures”. Siempre tenía la palabra justa. Hablaba con una precisión que era una belleza leerle. Su voz, que ahora resuena en mis oídos, era en español algo nasal. A pesar de ser un gran melómano, cantaba un poco mal, pero era muy tierno escucharle. Antes de la guerra, había sido traductor para el infame canal de propaganda del Kremlin, Sputnik. Hacía los textos en español. En un momento dado, su corazón de oro le impidió seguir colaborando con el crimen a gran escala que Putin y los suyos llevan a cabo en el mundo, envenenando nuestras democracias, oprimiendo a la población rusa, la cual ha abandonado toda esperanza en el futuro y soporta el día a día con fatalismo. Abandonó el trabajo y, sinceramente, el tacto me impidió preguntarle de qué vivía. Ahora que lo pienso, quizá su frugalidad era simplemente el nombre noble de la pobreza.

En las últimas semanas (¿Por qué no me di cuenta?) Sergey empezó a despedirse. Cada vez se comunicaba menos. Hace diez días, dejó de actualizar su Instagram. Yo empecé a preocuparme el domingo. Le puse un mensaje primero en Instagram. Luego, pensando que la cosa se trataba de una jugarreta de las VPNs, en WhatsApp. Tenía pensado haberle llamado hoy. En vez de eso, le he escrito a un amigo común. El vínculo más tenue de los que nos unían. El amigo me ha contestado que Sergey murió la semana pasada. “Tengo malas noticias, ya no estäa entre nosotros, falleción la semana pasada”.

Ya no cumpliré mi sueño de ir a Moscú para poder abrazarle. No sé ni dónde está su tumba. Por un azar sé su nombre completo, pero no sé ruso, así que no sé en donde están sus restos ni lo sabré nunca.

Siempre he odiado las sevillanas del adiós, de los amigos de Gines, esas que empiezan “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Me cago en la puta. Algo se muere. Y a veces, se muere tanto, que las lágrimas se te atornillan a la garganta y no se tiene ni el consuelo de poder llorar.


Publicado

en

,

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.