
Cuando una persona de una familia enferma, enferma en realidad toda la familia. El cuidador también necesita que, de vez en cuando, alguien se interese por él.
El primer capítulo está aquí
22 de Agosto.-
Segundo acto: desayuno
En solidaridad con nuestro familiar enfermo, los dos acompañantes no hemos desayunado. Son más o menos las nueve de la mañana, así que, una vez cumplidos los trámites de la extracción de sangre, emprendemos la tarea de reponer fuerzas.
El hospital ya está definitivamente despierto y en los pasillos, antes vacíos, se observa un ir y venir de personas. Visitantes, gentes que han venido a hacerse chequeos, acompañantes que relevan a otros que se han pasado la noche a la vera de sus seres dolientes.
En Austria esta última posibilidad no se contempla.
A los enfermos hospitalizados se les visita en las horas preceptivas, ni un minuto antes, ni un minuto después. Se tiende a observar la misma actitud impasible del dueño del coche que sufre una avería y que deja su vehículo en el taller. Mientras está en la reparación, con sus tripas mecánicas abiertas, nadie se preocupa de la suerte que estará corriendo el vehículo. Si uno sintiera nostalgia de su Volkswagen Polo la gente le miraría raro.
Lo mismo en Austria cuando una persona está recién operada y aún bajo los efectos de la anestesia. Siempre habrá un miembro (o “miembra”) del personal sanitario que, con la mejor de las intenciones, le diga a uno:
-Alegre usted esa cara, jopelines ¿Para qué ha venido a ver a su santito o a su santita? Pero si él o ella está ahora mismo “iscociente” por la anestesia y no se lo va a agradecer. Es como visitar a un geranio. Mejor váyase usted a su domicilio a jugar una partida de Monopoly o métase en un cine a ver la última película del hombre araña. Aquí no hace usted absolutamente nada. La vida es corta para sufrir a lo tonto. Resérvese para cuando puedan comerse juntos una caja de moncherís.
(Por cierto, no piense el lector que esto es exageración, que estos ojos que algún día se comerán los gusanitos y estos oidos que también formarán parte de su menú lo han visto y lo han oido).
Y es cierto, no hace uno absolutamente nada en el hospital mientras el enfermo está echando la primera papilla junto con la anestesia, pero en nuestra cultura (la española, me refiero) parece que si uno está sufriendo en la proximidad de un enfermo, aunque ese enfermo no le vea, está haciendo algo por avanzar la curación y que lo contrario está mal.
En fin.
Como mi persona enferma y el otro acompañante tienen ya experiencia me disuaden de mi ingenua pretensión de desayunar en la cafetería del hospital -”no será para tanto”, pienso yo. Si el lector tiene paciencia y permanece en este relato tendrá ocasión de comprobar que sí, que era para tanto. Pero no nos adelantemos.
En vez de esto, cruzamos una calle próxima y nos vamos a un bar que recoge a los refugiados “desayuniles” del hospital. Nos atiende una muchacha latina que nos informa de que no hay porras pero sí tostadas.
Es otra muchacha, mucho menos simpática, la que nos trae el desayuno. Nuestra persona enferma suspira:
-A ver si esta vez los resultados de los análisis están mejor.
-Ya verás como sí.
En la pantalla del televisor del bar, los pobres inmigrantes de Ceuta se hacinan en la playa de El Trampolín.
Los resultados de los análisis van a tardar dos horas por lo menos, así que nos tomamos el desayuno con calma. Luego, al paso de la persona enferma, volvemos al hospital, a la sala de espera con la televisión que ya conoce el lector.
Cuando volvemos, la señora de color está siendo consolada por dos enfermeras que hacen lo único que pueden hacer. O sea, escuchar generosamente y, de vez en cuando, cogerle las manos y apretárselas en signo de solidaridad. En mis tiempos de voluntario yo también lo hice muchísimas veces.
En esos trances aprendí que en cada familia hay un enfermo que sufre los vaivenes del tratamiento, las euforias y las caídas pero que, en realidad, cuando cae alguien enfermo en una casa, cae toda la familia enferma y la curación depende tanto del Primperán y del Paracetamol como de que el cuidador cuente con una oreja amiga y una voz que le diga “no estás solo”.
El hombre en la silla de ruedas está a unos metros de distancia. Tiene en el regazo una batea de cartón en la que, de vez en cuando, escupe una sustancia blanquecina. Salvo esos movimientos, sigue igual de inexpresivo que si fuera una estatua de Ramsés II. La señora le explica a las dos enfermeras que ya no puede más, que está agotada física y mentalmente, que tiene dos trabajos y que su vida se resume en cuidar al faraón egipcio y currar como una esclava.
Las enfermeras le demuestran su comprensión y la animan como pueden. La señora, sin embargo, cuenta todas estas cosas con una actitud desesperanzada que parte el alma.
Entran en ese momento una mujer mayor con un libro muy gordo, a todas luces la enferma, y una chica joven y corpulenta que va con ella.
En esta sala de espera la gente lee muchísimo, y la mayoría, sorprendentemente, libros de papel -yo mismo, 1Q84 de Murakami-.
La señora mayor se sienta y abre el libro, que lleva marcado con un cartoncillo.
-Esta novela me está enganchando -dice la señora mayor.
-No hay nada mejor que el que te enganche un libro -dice la chica corpulenta, con aire de experta.
-¿Y tú, qué estás leyendo? -pregunta la señora.
-Es de psicología -dice la otra.
-Tú solo lees libros profesionales -dice la enferma.
-Claro, es que no tengo tiempo. Además, a mí las novelas no…No me gustan. No entro en ellas.
(Es cierto que, con la edad, cada vez lee uno más ensayos y menos narrativa).
En la pantalla en donde Victoria sigue, por milésima vez, explicando lo bueno que es donar sangre -y de verdad, es muy bueno- sale el número de mi persona enferma. Nos toca consulta con la oncóloga.
La doctora está sentada en una consulta pequeña pero muy aseada. Al ver que somos tres dice jovial:
-!Ay, cuánta gente!
Yo, un poco azorado, hago ademán de salirme. Ella, sin embargo, me acerca una silla.
-No se preocupe, que tenemos tres sillas, siéntese.
Lo hago. La doctora tiene un aspecto muy agradable. Tendrá unos cuarenta años y lleva una medalla de la Virgen del Pilar. No hay otras cosas personales en la consulta.
Le pregunta a la persona enferma cómo está. La persona enferma le dice que está cansada, que la última quimioterapia le ha sentado como un tiro, que le ha bajado las defensas. La doctora le explica que tiene anemia pero que es normal, que es uno de los efectos secundarios característicos de la terapia. Le ajusta el tratamiento. Le dice que la próxima quimioterapia será tres días más tarde de lo previsto, para así darle un poquito más de tiempo para que se reponga. Por lo demás, salvo que el hierro está un poco bajo, el resto de los parámetros están muy bien. La doctora se muestra satisfecha de la evolución de la persona enferma.
Cuando nos vamos, le comento a la doctora eso de que en Austria la gente va sola a los médicos y se lo traga todo sin ayuda. La mujer sonríe pero se le escucha pensar que en Austria todavía no han descubierto lo importante que es el afecto para la curación.
Y tiene toda la razón.

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