
En 2012, interrumpió el autor de estas líneas la correspondencia con su sobrina Ainara. La hora ha llegado de reemprender la tarea.
26 de Agosto.- Querida Ainara (*): el día 19 de diciembre de 2012 te escribí la última carta de este espacio. Tenías cinco años. En aquel momento, en un mundo muy distinto de este, las redes sociales habían hecho que muchas personas supieran tu nombre, dentro del modesto radio de acción de esta página. Poco más sabían, porque yo me cuidé siempre de no publicar imágenes tuyas y, si contaba alguna anécdota, trataba siempre de desenfocarla para que solo se viera aquella parte que fuera importante para lo que yo quería decir.
Esta semana pasada hiciste diecinueve. Ya no eres una criatura, sino una mujer adulta. Dentro de unos días empezarás el segundo curso de tu primera carrera universitaria. Te has convertido en una persona rápida, graciosa y de una inteligencia penetrante.
Son cualidades de las que nunca se tiene bastante. La rapidez ayuda al diagnóstico, el sentido del humor aligera las penas de la vida y la inteligencia ayuda a no meterse en berenjenales innecesarios.
Tengo la sensación, sin embargo, de que, de un tiempo a esta parte, ha aumentado el grado de complejidad de los retos a los que una persona normal tiene que enfrentarse y que, incluso contando con estas cualidades tuyas, que valen su peso en oro, nunca está de más contar con la voz de la experiencia de un tipo calvorota y ya canoso. Por eso he pensado que sería buena idea volver a empezar con las cartas de los miércoles.
Aunque esta correspondencia pública es pública, voy a contarte en esta carta una cosa privada y es que, desde siempre, yo he estado convencido de ser feo. Y este convencimiento me ha hecho pasar algunos ratos que no me merecía. Y sobre todo, me ha impedido disfrutar de algunas cosas que mi cuerpo sí que se hubiera merecido (cachis en la mar).
Por ejemplo: siendo yo mocito, si alguien me mandaba señales de que yo le gustaba (y, sin ser yo un Don Juan, gente ha habido que se ha tomado ese trabajo) yo no me podía creer que pudiera yo gustarle a alguien, de manera que la persona que quería ligar conmigo se iba de vacío (bueno, y yo).
Me miraba en el espejo, me comparaba con los modelos que me proponía la sociedad (o con mis propios amigos, a los que yo les suponía un éxito, por cierto, que no tenían) y me decía “Pero Paquito, hijo ¿Dónde vas a ir tú con ese cuerpo de estufa? Te has tenido que equivocar, hombre. No le gustabas, estaría de broma”.
Sin embargo, en visión “retrospécter”, veo yo ahora fotos mías de entonces y lo que hay en ellas es un chaval normal y corriente, de veinte, de veinticinco, de treinta. Una persona no solo que no estaba mal, sino que era alguien atractivo de manera natural. Como absolutamente TODO el mundo, por otro lado.
Ocurre que, si le preguntas a la gente por la calle, especialmente a las mujeres, si son guapas y si se sienten atractivas, la mayoría de la gente te dirá que no. Ayer, por ejemplo, una compañera de trabajo nos contaba entre risas una anécdota de su hija de seis años que a mí me pareció francamente monstruosa. Mi compañera explicaba orgullosa que había visto a su hija delante del espejo haciendo poses, metiendo tripa, mirándose de reojo para ver si estaba guapa o no. La madre, chochita perdida, lo explicaba orgullosa de la precocidad de su hija, sin darse cuenta de que la cría estaba ya metida en la jaula que el capitalismo ha inventado para nosotros: la de pensar en nuestros cuerpos como objetos eternamente imperfectos, por lo tanto, eternamente mejorables o, mejor sería decirlo, “optimizables”.
Se siembra en nosotros el miedo a no estar haciendo lo suficiente para estar todo lo guapos que deberíamos estar, y con el miedo la culpabilidad de no estar aprovechando todo lo posible las oportunidades que el cuerpo nos da. Y se siembra para que otros ganen dinero con esa presunta imperfección que NO EXISTE. Es un juego, si bien se mira, cruel.
Aunque el tema da para mucho, y probablemente volverá a salir en esta correspondencia nuestra recién reinaugurada, como fotógrafo he aprendido que la belleza es más una cuestión de personalidad que de perfección de rasgos. Aunque bueno eso ya será el tema, si acaso de la próxima carta (si no sale otro mejor).
Muchos besos de tu tío.
(*) Ainara es la sobrina del autor
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