Nosotros, los inmigrantes

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Muchos de los lectores de esta página han abandonado sus lugares de origen para buscar otros cielos. A algunos se les olvida demasiado pronto.

2 de Septiembre.- Querida Ainara (*): una característica que une a todas las familias del mundo, independientemente del lugar en el que vivan o del idioma que hablen, independientemente de la época que habiten o del dinero que tengan en la cuenta del banco es que en todas se funciona bajo la convicción de que, lo que es normal dentro de la familia propia es también normal en las familias de los vecinos.

Esto lleva a no pocos equívocos, porque cada familia, siendo igual es, al mismo tiempo y contradictoriamente, muy distinta.

En la familia de tu padre y mía, el núcleo que formamos tus abuelos y nosotros, los dos hermanos, una cosa que siempre se ha dado por supuesta es que somos producto de la migración. Mi hermano, tu padre, y yo, nacimos en Madrid, pero somos la primera generación que nació en la capital. En la mitología familiar están los lugares en que nacieron tus abuelos.

Historias de sitios que solo conocimos ya de adultos (en el caso de tu abuelo, el pueblo de Extremadura en el que nació, en el caso de tu abuela nunca hemos estado en su lugar de nacimiento).

Tus abuelos llegaron a Madrid en los setenta y, aunque esa migración fue dentro del propio país, se produjo por los mismos factores que llevan hoy a tantas personas a arriesgar la vida cruzando a nado el Mediterráneo o a venir en avión desde la América de habla hispana.

También aquella migración, la de tus abuelos, sufrió el rechazo de los que ya vivían en Madrid. Y exactamente por los mismos motivos que entonces. Vamos, El Motivo, que era ser pobres. Una persona que abandona su casa y se arriesga a empezar su vida en otro lugar, siempre lo hace porque sueña con que mejore su suerte. Y eso fue exactamente lo que hicieron tus abuelos.

Antes de que se rechazase a los que tenían la piel más oscurita o hablaban un idioma que no fuera el corriente en la región de España correspondiente, los españoles nos rechazamos entre nosotros. Fuimos racistas y crueles con nuestros compatriotas lo mismo que ahora lo somos con los que tienen un pasaporte distinto. Los que tenemos más de cincuenta nos acordamos de las historias que se inventaban, por ejemplo, sobre los gitanos, y que llevaron, por ejemplo, a la cantante Rosa a ocultar sus orígenes. Porque el ser gitana, y ser pobre, la avergonzaba y le parecía que no casaba con ese relato de éxito que preconizaba la España del aznarismo.

Como soy hijo de migrantes, en mi casa se ha mamado siempre la tolerancia con el extranjero y, por qué no, la compasión, en el mejor de los sentidos, en el de “sentir con”, dirigida hacia personas que se habían visto forzadas a abandonar su país para volar por otros cielos.

Vivo en Austria desde hace más de veinte años, soy un inmigrante, lo mismo exactamente que los miles de españoles que viven en este país y que me acompañan. En muchas conversaciones, a propósito, digo “nosotros, los inmigrantes” y la frase es un detector perfecto de personas clasistas. Los hay que dicen “no Paco, hombre, tú no eres eso” tratando de hacerme un favor y los hay (españoles) que se niegan a reconocerse en esa categoría que, bajo mi punto de vista, no es ninguna deshonra.

En esto, funciona el pensamiento práctico de la madre de Joan Manuel Serrat (también hijo de inmigrantes).

Un día, le preguntó su hijo:

-Mamá, los niños me llaman charnego -palabra despectiva para inmigrante– nosotros, ¿De dónde somos?

Y la madre de Serrat le dijo:

-Yo soy de donde comen mis hijos.

Amén.

Besos de tu tío

(*) Ainara es la sobrina del autor.

Por si no has tenido tiempo de leerlo todo (*)

A través de una carta epistolar a su sobrina, el autor reflexiona sobre la historia migratoria de su propia familia para desmontar prejuicios sociales sobre la extranjería y el clasismo. Al identificarse explícitamente como inmigrante español en Austria, defiende que toda movilidad humana responde al mismo deseo fundamental de progreso.

  • El origen económico del rechazo: La discriminación y la xenofobia han estado históricamente vinculadas a la aporofobia (rechazo al pobre), tanto en las migraciones internas españolas de los años setenta como en la inmigración internacional actual.

  • La dignificación del término inmigrante: Autodenominarse inmigrante visibiliza los sesgos clasistas de la sociedad, que intenta matizar o evitar la etiqueta cuando se trata de ciudadanos occidentales o con cierto estatus social.

  • El sentido de pertenencia ligado al bienestar: La identidad y el arraigo no dependen estrictamente del lugar de nacimiento o pasaporte, sino del espacio donde se garantiza el sustento y la supervivencia familiar.

(*) Resumen obtenido por IA


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