Camarlengos

Imagen falsa creada con IA

El triunfo de la extrema derecha en Sajonia y sus alianzas con la política austriaca amenazan nuestra democracia

7 de Septiembre.- Cuando murió Juan Pablo II, todos nos familiarizamos con una palabra que no habíamos oído antes. Este vocablo arcano era “camarlengo”. Viene a ser esa persona que se encarga de todas las cosas del Vaticano en el periodo de “sede vacante” o sea, entre papa y papa. A partir de aprender este término y con cuatro cosas más, muchos se hicieron una reputación de vaticanólogos. Y así, cuando murió el pobre de Francisco, pudieron enjaretar, a tanto la pieza, unos cuantos artículos que eran, como decía Cervantes, “un sermoncico”.

Ante la (horrenda) noticia de lo sucedido ayer en Sajonia, uno se ha puesto a esperar a la legión de expertos en política alemana que, lo mismo que los que antes se aprendieron la palabra “camarlengo”, armados con la Wikipedia, se van a poner a desmenuzar las decisiones de nuestros vecinos de arriba.

No queriendo caer en ese defecto tan feo de la “todología” confieso desde ya que solo tengo del tema los conocimientos que pueda tener cualquier persona curiosa, así que me limitaré a consignar aquí las repercusiones que la victoria en Sajonia de AfD pueda tener en Austria.

Alice Weidel, la lideresa de este partido estuvo, de hecho, aquí en Viena hace unos días, departiendo con Herbert Kickl. Entre las dos fuerzas ultras ha habido y de hecho hay, intercambios frecuentes. Desde los tiempos en que ambas engordaban amorradas a los pechos de los servicios secretos rusos. Durante su visita, Weidel y Kickl se mostraron sonrientes y hablaron muchísimo de los planes que tienen para sus respectivos países en el caso de que consigan llegar al poder.

El contexto, eso que se llama “Zeitgeist” parece aportarles viento de cola, como ya sucedió en los treinta con los movimientos políticos de los que son sucesores. También, como entonces, la democracia no pasa por sus mejores horas. El debate público se ha deteriorado en los últimos diez años hasta unas cotas que antes nos hubieran parecido imposibles y una idea, perniciosa como un gas venenoso, ha invidado los espacios de discusión. Se trata de la unanimidad. Y no cualquier unanimidad, sino la unanimidad instantánea, la que no procede de la racionalidad, sino de las tripas. La cosa empezó por lo frívolo, cuando empezamos a considerar bueno lo que tenía muchos “likes”, dados sin que por medio anduviese la razón y, casi sin sentirlo, la noción del respaldo unánime y cerrado ha pasado al mundo de las ideas en donde ya no toleramos la discrepancia.

Como resultado, ha cobrado de nuevo vigencia la figura espantosa del “líder carismático”, del hombre fuerte, del caudillo que avanza al frente de sus huestes. Este y no otro es el sentido de llamar a Herbert Kickl “canciller del pueblo” (Volkskanzler, por cierto, un término acuñado por el aparato de propaganda hitleriano). Este calificativo es el epítome y resumen de todo lo anterior. Porque si uno piensa, como es notoriamente mi caso y, supongo, el de la mayoría de mis lectores, que Herbert Kickl es un mequetrefe, queda automáticamente descalificado como miembro del pueblo y convertido en un traidor.

A pesar de que tengo una vaga idea de la política alemana y quizá porque sé bastante de la austriaca, tengo eso sí una impresión final, que quisiera compartir con mis lectores. Lo que ayer ganó representa lo que es, en mi opinión, todo lo malo y contra lo que cualquier persona con el corazón en su sitio debería rebelarse. Los que ayer ganaron, son los nietos de los que fusilaron a Lorca, condenaron al exilio a Thomas Mann, los que impusieron un concepto de arte que era una caricatura histérica del arte auténtico, que se basa sobre todo en la experimentación, en la apertura, en la curiosidad, en el mestizaje. Son los mismos que quieren llevar al mundo a la guerra, que consideran que su país es el mejor del mundo, que nunca se han acercado a otro ser humano y le han dicho “ven y dime como vives”. Son los que no hablan idiomas, los que no tienen piedad por el que tiene peor suerte que ellos. Son los del darwinismo social. Lo que valoran no ya el becerro del oro, sino el oro del becerro. Los enemigos de la dulzura. Son los que empujan a los niños diferentes al suicidio y los que quieren tapiar las ventanas por las que miran las mujeres. Los que creen que hay razas superiores y culturas inferiores. Los que hacen que los bosques ardan como una antorcha. Son, en una palabra, el mal. Y el deber moral de cualquier persona, ante el mal, es ayudar a los buenos con todos los medios a su alcance.

Aunque sea desde la fragilidad de estas páginas de aire.

Por si no has tenido tiempo de leerlo todo (*)

Reflexión analítica sobre el auge de la extrema derecha en Europa a raíz del triunfo de AfD en Sajonia y sus vínculos con Austria. El autor critica el deterioro del debate democrático, la complacencia social con el populismo y advierte sobre el peligro moral e ideológico que representan estos movimientos autoritarios.

  • Impacto e interconexión ultraderechista: El avance electoral de AfD en Alemania consolida sus lazos ideológicos y estratégicos con el partido de Herbert Kickl en Austria.

  • Degradación del debate democrático: La cultura digital y los «likes» han reemplazado la racionalidad por una exigencia de unanimidad irracional, rechazando la discrepancia e impulsando la figura del «líder carismático».

  • Imperativo moral: Los movimientos ultras actuales encarnan los valores históricos más destructivos (autoritarismo, darwinismo social, rechazo a la diversidad), por lo que enfrentarlos representa una obligación ética y ciudadana.

(*) Resumen obtenido con IA


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2 respuestas a «Camarlengos»

  1. Avatar de victoria
    victoria

    Escribes espléndidamente, Paco. Eres tan vehemente que me recuerdas a mi misma cuando escribo a veces. Por desgracia la realidad es un puzzle mucho más complejo a veces, y el concepto «malo» y «bueno» es difícil de deslindar …»Los que ayer ganaron son los nietos de los que ayer fusilaron a Lorca»… Este verano he estado vaciando la casa de mis padres ya que mi madre murió el año pasado. Allí he encontrado multitud de objetos, pero, sobre todo, fotos, y papeles, y, ¿sabes?, he tenido que hacer un viaje al pasado que ha sido muy extraño … Junto con un libro de mi padre, falangista, aunque no participó en la guerra, firmado por el mismísimo Franco, han aparecido papeles de mi abuelo paterno, que era rojo, y de muchos otros familiares. Tal ha sido la sobrecarga mental al leer todos esos documentos, al descubrir fotos nuevas y otros objetos, que un día la cabeza me daba vueltas. Yo me considero una persona moderada en política, un tanto de centro-derecha, creo, pero, el pasado, que es tan espeso en mi caso (mi abuelo desapareció una tarde cuando mi madre contaba seis años, y de él nunca más se supo) me hace replantearme mi existencia entera. ¿Quienes eran los buenos? y ¿quienes eran los malos? A mi abuelo lo denunció a «los malos» su mejor amigo, que era rojo como él. Y con su hija se casó un falangista. Yo, que soy hija de falangista, y nieta de rojo, ¿qué soy? ¿soy buena o mala? A veces la vida, la Historia, y todo lo demás, son más complejas de lo que a simple vista parece …

    1. Avatar de Paco Bernal
      Paco Bernal

      Hola Victoria: la realidad de la guerra civil fue muy compleja, es verdad. La prueba es que los celtíberos, cerca de un siglo después, seguimos peleándonos con esa complejidad. Mi historia favorita es la de la madre de Maria Dolores Pradera. Esta senyora tenía una amiga en la dirección general de seguridad, en la Puerta del Sol, donde hoy está el Gobierno de la Comunidad de Madrid. En el Madrid republicano, la amiga le chivaba a la madre de la Pradera los nombres de los «nacionales» a los que iban a detener, y ella mandaba a Maria Dolores Pradera con una lecherita de lata, a dar el aviso a las víctimas para que pusieran pies en polvorosa. Cuando terminó la guerra, la misma empleada chivaba los nombres de los llamados rojos, para que la Pradera pudiera avisarles. Hubo rojos que cambiaron de bando, porque a nadie le gusta morirse antes de tiempo (muerte civil o física, que en aquel tiempo era lo mismo) lo mismo que, en los setenta, de pronto todo el mundo se levantó juacarlista y estuvo bien que así fuera. A mi abuelo materno le fusilaron a un hermano «por rojo» y luego fue un hombre de derechas toda su vida. Todo esto son obviedades. Sin embargo, los de la AfD son malos. Son muy malos. Y quiera Dios que no les den ocasión de demostrarlo. Y los de aquí, los del FPÖ son igual de malos o más. Y cuanto más tontos, más fanáticos y más malos, que es lo peor. Este verano he leido un libro escalofriante. Se llama Febrero de 1933 de Uwe Wittstock y documenta, con historias reales el tránsito entre la democracia alemana de la República de Weimar y el nazismo. Da muchísimo miedo. Mucho. No te puedes imaginar el miedo que da. Sobre todo viviendo aquí, al lado de la fuente del mal. La ventaja que tienen ellos sobre nosotros, las personas decentes, es que ellos sí que pueden concebir el mal. Nosotros hemos aprendido a subestimarlo. Y hay que desaprender. O eso, o pronto será demasiado tarde. Un abrazo.

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