Una persona solitaria en una gran ciudad

De la desinformación también se sale

Una persona solitaria en una gran ciudad
imagen falsa creada por IA

La desinformación está concebida no para que creamos las mentiras, sino para que no nos creamos nada. Sin embargo, de la desinformación también se sale.

12 de septiembre.- Tengo que hacer una confesión a mis lectores: últimamente, encuentro bastante difícil cumplir el lema de esta página que es, como todo el mundo sabe “las noticias que importan”. No porque no sepa qué noticias importan, sino porque hay tantas noticias que importan que, la verdad, me resulta complicado elegir una para desarrollarla.

A esto se une que, cuando buceo por las redes sociales, encuentro que, en general, cualquier persona inteligente corre el peligro de morir sepultada bajo una avalancha de relatos que, cuando no están exagerados y distorsionados, son abiertamente mentira y no tienen nada que ver con la realidad.

Así pues, hoy he decidido hacer un post de método. O sea, con los procedimientos mínimos que cualquier persona debería utilizar para enfrentarse a un texto o a una noticia cualquiera (incluyendo los textos y las noticias de esta página, por supuesto).

La primera pregunta, la más elemental es: ¿Por qué sé que esto que estoy leyendo es verdad?

Una de las características de la desinformación es que está diseñada para atacar a nuestros sesgos. O sea, que tendemos a creer aquello que concuerda con las ideas preconcebidas que teníamos antes. También la desinformación utiliza vehículos en los que tenemos confianza.

Por ejemplo: mi abuela seguía mucho a una locutora de radio de la cual se acordarán muchas personas españolas que tengan mi edad: Encarna Sánchez. “Encarna” no solo era más mala que un dolor y disfrutaba hundiendo reputaciones desde su púlpito (a veces arbitrariamente) sino que era la encarnación del populismo. Mi abuela decía sin embargo que Encarna era la única que “decía la verdad”. Mi abuela lo decía porque Encarna tenía el don de confirmar los prejuicios de sus oyentes.

Ante un texto, hay que preguntarse siempre ¿Qué permite a esta persona afirmar lo que está afirmando? ¿Aporta datos de alguna clase? ¿Esos datos vienen de una fuente de confianza? Esto obliga a poner en duda, en sana duda, no solo todo lo que uno lee, sino las motivaciones de quien escribe, sino también las motivaciones propias para creer lo que creo.

En segundo lugar ¿Puedo crear un relato lógico de lo que ha pasado? O sea ¿Puedo responder a las preguntas clásicas del periodismo? (Quién? Qué? Cuándo? Dónde? Por qué? Por qué medio lo sé?). A veces, lo único que hay que hacer para darse cuenta de que uno está a punto de picar el anzuelo de la desinformación es tratar de reformular una noticia como si uno se la estuviera contando a un amigo.

En tercer lugar, hay que preguntarse ¿Puedo fiarme del sitio en donde estoy leyendo la información? En general, los medios grandes son mucho más fiables que la cuenta de cualquier pelagatos. Es muy sintomático de esto que las fuentes de la información, en general, claman contra los “mainstream media” o sea, contra el mainstream (la ultraderecha habla mucho de los medios “del sistema”). Sin embargo, son estos medios que, en general, tienen mucha experiencia, los que tienen no solo mecanismos de control de calidad de lo que publican, sino también los medios para comprobar si lo que publican es verdad.

En general, una buena manera de confirmar si una noticia es verdad o no es investigar si el mismo hecho es contado por diferentes medios de distintas tendencias editoriales. Está claro que diferentes medios darán diferentes perspectivas sobre los mismos hechos pero, si la noticia es verdad, los datos objetivos concordarán.

Otra cosa útil es poner en contexto los datos numéricos que se aportan en un texto. Siempre resulta muy sospechoso cuando se menciona una magnitud determinada en un texto y no se hace referencia a una categoría general. O cuando se utilizan términos vagos.

Por ejemplo, imaginemos un clásico: un YouTuber que dice que cada vez hay más denuncias falsas de maltrato de mujeres para fastidiar a sus parejas. Aquí, lo obvio es ¿Qué significa mucho? ¿Por qué sabe este hombre que cada vez son más? ¿Qué porcentaje representan las denuncias falsas en el total? ¿Cuántas denuncias falsas había hace cinco años y cuántas hay ahora?

Útil también resulta comparar lo que uno lee en un texto con la propia experiencia. Por ejemplo, imaginemos una noticia que hable de la seguridad ciudadana, diciendo que la ciudad en la que vivimos (por ejemplo Viena) se ha convertido en un lugar peligroso en el que ninguna persona sensata saldría a la calle o pasaría por según qué zonas (también un clásico de la desinformación de extrema derecha). Aquí nos preguntaríamos ¿Me han atracado alguna vez en plena calle? ¿Conozco a alguien a quien le haya pasado? ¿Conozco a alguna persona extranjera cuyo modus vivendi sea la delincuencia? Por extraño que pueda parecer, incluso personas a las que tenemos por sensatas no se hacen estas preguntas y se dejan llevar por las emociones -la desinformación está hecha para atacar, en primer lugar, a la emoción y así anular la razón.

En último lugar, enfrentados a una noticia que despierta nuestro interés y atrae nuestra atención, hay que preguntarse ¿Dónde puedo saber más? ¿En qué fuentes de confianza puedo obtener más datos? ¿Hay alguna fuente oficial que pueda consultar? Si en la noticia se habla, por ejemplo, de un estudio o de una encuesta ¿Dónde puedo encontrar la encuesta original? ¿Qué métodos se han utilizado? ¿Era la muestra representativa?

Y una bola extra: cuando uno lee algo sospechosamente “demasiado bonito para ser verdad” hay que preguntarse ¿A quién beneficia que yo crea esto?


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