No habrá elecciones anticipadas en Austria

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Cuando el discurso de «blanco o negro» reemplaza a la argumentación y la polarización se convierte en espectáculo.

15 de Octubre.- En los últimos tiempos, debido al asunto este de las aplicaciones para ligar, se ha puesto de moda el concepto «red flag» o sea, «bandera roja». Todos hemos pasado por la situación porque es una de las experiencias más comunes en el trato social. Sucede que uno conoce a una persona y, para ver como es, la deja hablar un poco y, si esa persona no es trigo limpio, aparece la famosa bandera roja o lo que nosotros creemos que es una.

Para mí, una de esas banderas rojas es el maximalismo. O sea, me escaman muchísimo esas personas que, sobre determinado asunto, el que sea, piensan que es monolíticamente de una manera, que suele ser muy extrema. Un ejemplo de maximalismo que tenemos que sufrir todos los días es Donald Trump. Trump habla siempre para que le entienda un crío de cinco años. Como mucho. Porque él, en el fondo, desprecia a todos los que le votan y no los considera ni más adultos ni más inteligentes que un niño pequeño. De manera que, cuando califica determinado fenómeno, el que sea, siempre dice o bien que es muy bueno (sobre todo si lo ha hecho él) o que es muy malo muy malo, o sea, que no puede ser más malo de entre toda la maldad. Estos extremos llevan a que el debate político con estas personas sea imposible porque, si todo es blanco o negro, no existe ningún espacio para la argumentación. Además, sus opiniones suelen acompañarse de reacciones emocionales igualmente extremas, de rechazo o de amor, de manera que la realidad se convierte en una cosa engrudosa, en un espacio en el que no se pueden mantener conversaciones medianamente complejas y, por lo tanto, adultas.

Leyendo hoy las noticias me preguntaba yo cómo es posible que lo que no toleramos en personas de nuestro entorno (¿Podría Donald Trump, si no fuera Donald Trump, pasar una entrevista de trabajo normal para un puesto de responsabilidad? ¿Le daría cualquier persona con dos dedos de frente a Donald Trump una responsabilidad mínima en una estructura de trabajo del mundo real?) pero sin embargo sí que toleramos esto, sin ver la bandera roja, en los políticos que dirigen los destinos de nuestras naciones y toman decisiones todos los días que le provocarían insomnio a cualquier persona, de nuevo, con dos dedos de frente.

Hoy, por ejemplo, el FPÖ, con Herbert Kickl a la cabeza, ha interpuesto una moción de censura al Gobierno austriaco. Al objeto, quién sabe, de que ese Gobierno se hiciese el harakiri y se convocaran elecciones (Kickl sabía, desde el principio, que no sería así). La moción de censura, como es natural, ha fracasado porque, a pesar de lo que digan las encuestas, nadie mínimamente razonable quiere a un tipo como Kickl en un puesto de responsabilidad, aunque solo sea porque Kickl es, como Trump, esa persona a la que nadie en su sano juicio le confiaría cualquier responsabilidad de la que dependieran cosas importantes. Kickl, como ha demostrado muchas veces, es incapaz de pactar, de llegar a soluciones intermedias. Para él, como para Trump, todo es muy bueno o muy malo, y no admite que pueda haber algo aprovechable en otros puntos de vista.

¿Por qué, entonces, ha interpuesto Kickl esta moción de censura que él sabía que iba a perder? Kickl es un político populista desastroso, una persona mala, resentida, patológicamente desconfiada, pero él sabe que las masas que le siguen se parecen mucho a mis gatos. Mis gatos, como todos los gatos, juegan. Hay que jugar con ellos porque los gatos que juegan están en forma. Pero hay que tomar una precaución, y es que, de vez en cuando, hay que dejarles ganar. Porque no se puede mantener a un grupo de personas en tensión indefinidamente. En algún momento hay que proporcionarles un clímax. Si se hace bien, y Kickl, para eso, es un maestro, con la derrota, hay que darle a tus mesnadas argumentos para que puedan seguir luchando.

En el discurso político en el que argumentaba la moción de censura que sabía desde el principio que iba a perder, Kickl ha dicho todo tipo de barbaridades sobre el Gobierno actual que no es, estamos de acuerdo, maravilloso, pero que está muy lejos de ser tan malo como él lo pinta, aunque solo sea porque las circunstancias económicas internacionales -creadas, por cierto, por gente como Kickl- han golpeado de manera bastante dura a la economía austriaca y el Gobierno está haciendo y hace lo mejor posible con esa marejada económica.

Los calificativos que Kickl ha utilizado, desde “monstruoso” para arriba, le supondrían, a cualquier persona normal, una “red flag” que descalificaría a Herbert Kickl para cualquier función de Gobierno y sin embargo, es más que obvio que hay un respetable grupo de votantes y un sector nada despreciable del empresariado austriaco que quisieran ver a Herbert Kickl regir los destinos de ese país. Es ese «nazismo sociológico» que ya he mencionado alguna que otra vez.

Como sucedió con Adolf Hitler, ese empresariado piensa que podrá “domesticar” a la fiera o, por lo menos, mantenerla bajo control. Viven tan alejados de la realidad como los millonarios de los años treinta en su momento.

Por si no te ha dado tiempo de leerlo todo (*)

Resumen

El artículo reflexiona sobre cómo aplicamos el concepto de red flag (bandera roja) en la vida diaria para detectar actitudes destructivas como el maximalismo, pero lo ignoramos en la política. A través de figuras como Donald Trump y Herbert Kickl (FPÖ), el autor analiza cómo el discurso populista de «blanco o negro» impide el debate constructivo y instrumentaliza la tensión social en beneficio de estrategias políticas extremas.

Tres ideas principales

  • El maximalismo político como red flag: La incapacidad de matizar o llegar a acuerdos que muestran ciertos políticos es una clara señal de advertencia que no toleraríamos en el ámbito personal o profesional.

  • La estrategia de la tensión permanente: Políticos populistas como Herbert Kickl utilizan acciones destinadas al fracaso (como mociones de censura inviables) únicamente para alimentar el resentimiento y la motivación de sus seguidores.

  • El peligro de la condescendencia de las élites: Cierto sector empresarial e industrial repite errores históricos (como con Adolf Hitler en los años 30) al creer erróneamente que pueden «domesticar» o controlar a políticos extremistas.


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