A raíz del trágico accidente ferroviario, se plantea la pregunta ¿Dónde está el límite entre informar y alimentar el morbo?
29 de octubre.- Escribo en esta página casi todos los días desde hace veinte años. Normalmente, son noticias de Austria. Procuro mantener el nexo de unión con Austria lo más holgado posible, de manera que me quepan muchas cosas que, estrictamente hablando, no tienen mucho que ver con Esta Pequeña República. El accidente de trenes de Urda, en la provincia de Toledo, en España, en principio estaría bastante lejos de la temática normal de esta página, al no haber personas austriacas implicadas. Sin embargo, creo que la tragedia me va a servir de pretexto hoy para hablar de otras cosas que yo considero importante mencionar.
Creo que un hecho tan trágico es, ante todo, una red de responsabilidades. Las primeras, son obvias, o sea: las de los directamente implicados en el suceso. Es necesario que se aclare qué ha pasado, en primer lugar para que no vuelva a suceder nada parecido y en segundo lugar para dilucidar si hay negligencias o responsabilidades penales (la fatalidad no debe excluirse nunca, porque si no no habría desgracias).
Sin embargo, se habla menos de otra responsabilidad, que nos cabe a todos en tanto que ciudadanos. Por un lado, a las personas que informamos (aunque sea desde la humildad de medios y al radio de alcance reducido, como yo) y por otro a los consumidores de información.
Me voy a ceñir a lo que me atañe y es a la elaboración de la información. Casi tan importante como lo que pasa es la manera de contar lo que pasa.
Ayer, por ejemplo, hablando por teléfono con mi madre, le decía que me consideraba muy afortunado de estar en Austria y no en España en momentos como este. La cobertura informativa, especialmente de la televisión, de desgracias como esta es absolutamente infernal y atenta contra cualquier sentido del tacto y de la humanidad.
Quiero creer (y la experiencia me lo dice) que en Austria una cosa parecida no se contaría así. O sea, que no se trataría, como pasa en España de calmar el hambre pública de noticias con cualquier cosa y de cualquier manera.
En estas ocasiones, más que en otras, hay que tener la cabeza fría y el corazón tibio y ponerse, sobre todo, en la piel de los familiares de las víctimas. En Austria, por ejemplo, cuando ocurrieron los atentados islamistas, no se mostraron imágenes que pudieran herir la sensibilidad de las personas. No se mostraron cadáveres, por ejemplo.
Tampoco los medios se recrearon, como están empezando a hacer en España, con la pornografía emocional que siempre surge en estas ocasiones (hoy lo hablaba con un amigo, también español). No hay en Austria, salvo en los medios más mierdosos y nunca en la ORF, reportajes de la forma “Manolito, padre hace un mes, pereció en el tren de la muerte atrapado entre los hierros”.
Reportajes así no solamente son innecesarios y no añaden absolutamente nada a la noticia que se está contando, sino que son intrínsecamente malvados, y solo obedecen al intento malsano de alimentar las bajas pasiones del espectador, conduciéndole a recrearse en un lodo que le deshumaniza.
Por otro lado, el que ya es víctima una vez, pasa a ser víctima dos veces, al ver su vida privada (fotos, circunstancias de la muerte) grabadas a fuego en internet que, como todos sabemos, no olvida.
Si tomamos por ejemplo a Manolito (ejemplo ficticio) ¿Quién nos va a asegurar que no vamos a hacerle daño, dentro de quince, de veinte años, a sus hijos, a los que van a encontrar las circunstancias en las que ha muerto su padre?
Por otra parte, los que nos informamos de los acontecimientos que pasan en el mundo, felices o tristes, gloriosos o trágicos, también tenemos una responsabilidad como lectores y espectadores. O sea, tenemos que interiorizar también el tacto a la hora de mirar y de averiguar, no hablar de lo que no sabemos, no convertirnos en expertos y en jueces de la horca, en resumen aplicar a la mirada la humanidad que querríamos para nosotros y no dejarnos llevar por impulsos que nos convierten a todos en peores seres humanos. Ante la duda, no publicar, no compartir, no traer a colación detalles innecesarios.
Así intento hacerlo yo en Viena Directo. No sé si lo consigo siempre.

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