Una película que he visto hoy me ha hecho plantearme la diferencia entre los que llevamos más tiempo en Austria y los que no llevan tanto tiempo.
31 de Octubre.- En el centro de Viena existe un cine, el Apollo Kino y, en ese cine, hoy he estado viendo una película francesa. Se llama Madame Marguerite y está basada en un hecho real (aquí, se puede escuchar a la auténtica señora). Es una película mucho menos cursi de lo que suele ser el cine francés destinado a públicos mayoritarios, por cierto. De hecho, es una película que, debajo del cuidado acabado formal, de la reconstrucción de época casi perfecta (sucede en los años veinte) resulta un film muy desasosegante. Es inevitable que, después de verlo, a cualquier persona sensible se le quede bastante mal cuerpo.
A pesar de lo cual, el ver la película me ha hecho plantearme algunos acontecimientos de esta semana pasada y de lo que supone venirse a vivir a un país que no es el tuyo de nacimiento desde una perspectiva que, hasta ahora, no se me había ocurrido.
En nuestra primera clase, mi profesor de música hizo un comentario de pasada que a mí, por alguna razón, se me quedó grabado. Dijo algo así como que:
-Las personas que cantan mal, no saben en realidad que cantan mal porque no se escuchan. Si se escuchasen, se corregirían.
En realidad, de eso va un poco Madame Marguerite.
La película se trata de una señora de la alta sociedad francesa del primer tercio del siglo pasado cuya pasión fundamental, el único sentido de su vida de dama ociosa y rica, era el canto. Su pasión no tenía límites y organizaba recitales en su mansión en los que el único precio que pagaban los asistentes por ponerse morados de caviar beluga era tener que escucharla a ella, que cantaba horriblemente mal. Por una combinación de factores, entre los que se encontraba por ejemplo el interés que todos tenían en seguir recibiendo el dinero que recibían de la señora o la mera humanidad de no destruir la ilusión de quien, en el fondo, no era más que una niña ingenua e inocente, nadie le decía la verdad y así pasaba el tiempo, y ella seguía convencida de que cantaba estupendamente y, alrededor, seguía creciendo la conjura cruel de los que, a sus espaldas, se reían de ella.
Estos días atrás ha sucedido un incidente que nos ha afectado a los españoles que vivimos en Austria y, de resultas del incidente, que suscitó el correspondiente debate en los mentideros digitales de la comunidad española, a uno le dio por pensar que, quizá, la diferencia fundamental entre los que llevamos algún tiempo aquí y los que no llevan tanto tiempo es que los antiguos nos hemos acostumbrado a vivir con algo que le faltaba a Madame Marguerite y es esa cosa tan sana que es la duda.
Cuando llevas mucho tiempo en un país que no es el tuyo te acostumbras a la inseguridad de que toda tu vida se convierta en una posibilidad constante de meter la pata y dar un paso en falso, de decir una palabra que no es, de violar una regla no escrita que desconoces (dura lex sed lex, que decía el adagio latino). Esto imprime, necesariamente, un carácter a tu manera de funcionar por el mundo. Te vuelves más prudente y, antes de dar un paso, de soltar alguna aseveración o de hacer el más mínimo gesto que comunique tus pensamientos al exterior, funciona (o por lo menos yo creo que es así) un mecanismo de control, una última pregunta íntima antes de hablar: ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Lo que estaré diciendo es correcto? ¿Me estaré sentando en la silla adecuada? ¿Estaré juzgando a esta persona demasiado deprisa?
El emigrante que asimila que no está jugando en casa se vuelve, por prudencia, mucho menos vehemente y ese es el proceso que también permite dejar de ver la realidad con las gafas de uno trae puestas de España. Se deja de medir la realidad (y es sano que así sea) con las unidades de medida que sirven en un país que no es aquel en el que has aterrizado.
Es cierto que se tarda algo de tiempo en adquirir otras (o sea, se tarda algo de tiempo en perder en „españolidad“ lo que se gana en „austrianidad“) pero también es verdad que, lo que se gana también es esa duda y esa aversión por la rapidez y la ligereza de juicio que uno echa „de más“ demasiadas veces en sus compatriotas y que es uno de los defectos que a los españoles nos afligen más como nación.
Madame Marguerite no cantaba mal solo por falta de talento o de técnica sino porque, como decía Alejandro, mi profesor, no se escuchaba, le faltaba el mecanismo de control que nos permite dudar de nosotros mismos y de nuestra percepción de las cosas. Nunca está de mal preguntarse si uno, en la vida, está tirando por el camino correcto y, aunque uno esté convencido de antemano de que está tirando por el camino correcto, seguir dudando un poquito, no abandonarse completamente a la certeza porque, el que se abandona, pierde algo de su dignidad y gana en posibilidades de que alguien con más seso le ponga la cara colorada.
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