La paz eterna

La paz eternaViena Directo te enseña, una vez más, una cara de Viena que hasta ahora nadie te ha enseñado nunca.

8 de Noviembre.- Una de las preguntas que más me suelen hacer los lectores cuando nos encontramos en persona es ¿Pero, tienes algún post de reserva? Y yo siempre contesto la verdad: no. Cuando le pongo el punto final a un post, nunca sé cuál va a ser el tema del siguiente. Y es chulo, porque cada post es una carrera contra el tiempo. Una prórroga de la tarea, como un juego en donde tuviera cada vez veinticuatro horas para decidirme por el siguiente tema o para que la vida me lo ponga delante.

Esta mañana, aprovechando que hacía un día de otoño estupendo (en realidad, bastante poco natural que, en Noviembre, estemos a veinte grados) me he acercado a la orilla del Danubio. Pegado a una farola que hay cerca de uno de los puentes grandes, había un cartel impreso en un folio de color canela que anunciaba que a las dos la Asociación de Pescadores del Danubio celebraría a las dos un acto en el Cementerio de los Sin Nombre (del que hablamos ya con ocasión de Halloween) en memoria de las víctimas del Danubio.

¿La asociación de pescadores? ¿Las víctimas del Danubio? !Frikismo total! !Post de Viena Directo cantado!

Friedhof den Namensloser (12 de 14)

 

Como llevaba las cámaras (casi siempre las llevo encima, sobre todo si es fin de semana, porque nunca se sabe dónde puede saltar la liebre) he decidido acercarme al cementerio de los sin nombre y esperar, a ver qué pasaba.   Al llegar a la explanada detrás de los silos (construidos por los nazis para ser el pórtico del fallido canal entre el Danubio y el Óder) reinaba una inusual actividad. El sitio es inhóspito y hay una taberna en la que sin duda comen los obreros que trabajan en los silos (no deben de ser más de treinta o cuarenta, así que el negocio no debe de ser muy boyante). La taberna tiene un nombre no muy imaginativo, pero involuntariamente terrorífico. Se llama „La taberna del Cementerio de los Sin Nombre“ (ole con ole y olá, como para encargar una paella).   Como todavía tenía tiempo, he entrado en la taberna para tomarme un café. Estaba llena de jubilados de todas las edades (quien viva en Austria me entenderá cuando digo de que este país está lleno de „viejóvenes“). Atiende la barra una mujer eficientísima y ajetreadisima.   Me he tomado el mencionado café (un espresso) y una soda con limón y he leido un Kronen Zeitung (no había otra cosa) en cuya portada Dagmar Koller, a la sazón 75 atléticas primaveras, anunciaba que abandonaba los escenarios para afrontar con alegría su merecida jubilación. Después de tomarme el café y de constatar que el periódico sigue combatiendo a brazo partido con la razón y la inteligencia (batalla diaria que, de momento, pierden siempre la razón y la inteligencia) para hacer tiempo me he dado una vuelta por el cementerio, que es recoleto y en el que hay, no se me había ocurrido pensarlo, muchos suicidas.   A las dos menos cinco ha empezado el acto. El público y los participantes tenían todos una edad (el párroco oficiante ha cumplido este año los setenta) y también, por alguna extraña razón (perímetros abdominales, narices y mofletes colorados) uno tenía la sensación de que muchos no seguían con mucha atención las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud en relación al consumo de alcohol y carnes procesadas. 

     
Los miembros de la cofradía de los pescadores llevaban un uniforme que era una mezcla de chandal del Betis de la temporada 1983-84 (!Táctel, qué daño has hecho!) y botas de goma. O sea, arreglaos pero informales. Había también la correspondiente Kapelle, también con su uniforme varado en el último tercio del siglo pasado y, algo incongruente (aunque me he enterado luego de que son unos grandes contribuyentes a la conservación del museo) unos moteros que se llaman a sí mismos los Red Bikers. Bomberos voluntarios jovencitos sin pinta de tener mucho amor a la letra impresa, mujeres con el pelo graso y, aquí y allá, vigorosas senderistas austriacas a partir de los sesenta años de su edad.

Han empezado los discursos en los que se ha dicho que aquella ceremonia en memoria de los caídos del Danubio hacía la número setenta y cinco. Conscientes de que el tiempo pasa y „el hecho biológico“ (o sea, el óbito) a todos nos persigue, los intervinientes han pedido a las generaciones jóvenes el correspondiente relevo generacional para que la tradición de honrar a las víctimas del rio no se extinga y el Cementerio de los Sin Nombre, declarado bien de interés cultural por la ciudad de Viena, siga conservándose y la soledad de sus muertos siga siendo aliviada, aunque solo sea una vez al año.

Luego, un grupo de los del chándal ha cogido un catafalco con coronas de flores y, en procesión, acompañado por la orquestina que tocaba una marcha que se llama „La paz eterna“ lo ha llevado hasta el curso del Danubio. Allí, lo han subido a un barco que lo ha liberado en medio de la corriente. Una señora, que grababa la escena desde la orilla, ha llorado, emocionada (¿El río, las manos frías del río, le habrán arrebatado a alguien?).

Luego, cuando la corona se ha perdido en dirección al Mar Negro, nos hemos ido todos. Los asistentes, en número de un par de cientos, hemos cogido crisantemos y los hemos llevado a las tumbas. La gente, familiares prestados de muertos cuyas familias les han olvidado hace décadas, hemos dejado las flores sobre las tumbas.

A estas horas, los crisantemos blancos que yo he dejado sobre la tumba del pequeño Wilhelm, ahogado por manos desconocidas en su decimoprimer año de edad, estarán cubriéndose del rocío de la noche.

Friedhof den Namensloser (9 de 14)


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