El «doodle» de la vienesa

Doblinger hauptstrasseSin duda muchos de mis lectores habrán sabido de su existencia por el doodle de Google, pero hoy es el 101 cumpleaños de una de las hijas más ilustres de Viena.

9 de Noviembre.- Hace unas semanas, como recordarán mis lectores, estuve en el Cementerio Central de Viena. En la zona dedicada a los artistas hay una tumba muy grande, de mármol blanco, que representa a un piano de media cola cubierto por una tela. Es la tumba de Udo Jürgens, ilustre cantor pop. Frente por frente, sin lápida, marcado solo por un cartelito de madera está la tumba de la que, durante una década, fue la mujer más hermosa del mundo: Hedy Lamarr, a la que muchos de mis lectores habrán conocido hoy por obra y gracia del doodle que Google le ha dedicado.

A pesar de que Dios le dio una piel blanca como la leche, unos labios que parecían estar deseando ser mordidos suavemente, un pelo sedoso que parecía que estaba llamado a unos dedos que se hundieran en él y unos ojos azules capaces de hacer naufragar a toda la sexta flota (a cuyos marineros, por cierto, es probable que esta buena mujer se hubiera tirado antes, ejem) el creador de todas las criaturas puso en los centímetros cúbicos del cráneo de Hedy algo muchísimo más importante e irrepetible: un cerebro portentoso. el de Hedy Lamarr, que era una máquina precisa la cual, no solo ambicionaba conocer cómo funciona el mundo sino que, además, era capaz de pensar cosas que nadie había pensado antes.

Escribiendo este artículo, me he enterado, lo que son las cosas, de que durante años he estado trabajando a una manzana escasa de donde nació Hedy Lamarr y que durante años, paseé muchas veces por su barrio y quizá compré libros en la librería en donde ella también, de chica, los compró.

Yo trabajaba en la Würtghasse y ella nació en la calle de enfrente, en la Osterleitengasse, en el número dos. Hija de padres judíos, el señor Kiesler, que así se llamaba Hedy de verdad, era ucraniano, de Lemberg, y su madre era húngara, de Budapest. El padre era director de un banco y la madre, concertista de piano, dejó la música cuando se casó. Hedy Lamarr fue, desde el principio de su vida, una niña nacida para el arte, el lujo y el placer. Recibió una educación esmeradísima y, nada más entrar en la adolescencia descubrió que, con un golpe de pestañas, era capaz de controlar a cualquier hombre mayor de catorce años y menor de 90 que se encontrara en su cercanía.

Desde muy jovencita, con apenas dieciocho años, la incipiente industria del cine austriaca ya subo que tenía una bomba entre manos y en 1933 esa bomba estalló cuando Hedy Lamarr interpretó una producción austro-checa que se llamaba La Sinfonía del Amor pero que un avispado distribuidor rebautizó como Éxtasis -el que ella alcanzaba, por cierto, en la secuencia más famosa del filme, en donde ella aparecía desnuda-; el escándalo fue fenomenal. La escena, muy cándida para los estándares de hoy en día, también mostraba que Hedy, en traje de Eva, estaba muy bien pero que Dios le había dado un busto tirando a discreto (cosa que fue fuente, para ella, de grandes complejos y que trajo de cabeza a todos los diseñadores de vestuario de los grandes estudios americanos en los que trabajó).

En 1933, Hedy Lamarr se casó con un millonario fabricante de armas, que le prohibió volver a aparecer en ninguna película y que trató -por suerte sin éxito- de secuestrar todas las copias de Éxtasis que pudo encontrar, consumido por unos celos insensatos que Hedy, que hubiera podido hacer suyo el lema de Rocío Jurado -eso de „en mi coño y mi zaranda nadie manda“– , tardó poco en dejar de sufrir. Con una mano detrás y otra delante, huyó a América y, en el mismo barco, firmó el contrato que la unió a la Metro Goldwin Mayer.

En América, Louis B.Mayer, el todopoderoso jefe de la Metro, se enamoró de Hedy y quiso convertirla en la mayor estrella del estudio, pero Hedy casaba poco con el papel de estrella de cine; no era nada ambiciosa y practicaba un pasatiempo que, en el Hollywoo de la época, era el pasaporte al anonimato: devoraba libros. Un día, conoció al pianista George Antheil, un pionero de la música mecanizada y la sincronización de instrumentos. La segunda guerra mundial había empezado y, entre Lamarr y Antheil, con la ayuda de un piano, concibieron un sistema de cambio de frecuencias para dirigir torpedos sin que pudieran ser interceptados. Fue el embrión de la telefonía móvil y del algoritmo que hace que el ordenador en el que estoy escribiendo ahora se pueda comunicar con el router que tengo en la sala de estar de mi casa.

En los años cincuenta, junto con su belleza, empezó a decaer también la carrera cinematográfica de Hedy Lamarr. La vienesa lo llevó como fue pudiendo, de matrimonio en matrimonio y de proceso por cleptomanía en proceso por cleptomanía pero, como era muy inteligente, nunca perdió del todo el sentido del humor, hasta el punto en que tituló sus memorias Éxtasis y yo.

Al final de su vida, era una señora mayor que vivía en un suburbio de California y pocos de sus amigos sabían que, mucho tiempo atrás, los hombres se habían muerto por sus huesos.

Murió en el año 2000 y, el otro día, en casa de unos amigos, me enteré de que, por diversas trabas burocrática y, por qué no, por falta de dinero, sus restos habían estado casi una década en un almacén, a la espera de poder ser inhumados en donde hoy están, en el cementerio central, debajo de esta tierra vienesa que la vio nacer hace 101 años.

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