46 años para recibir un pasaporte

Nos quejamos de lo del voto rogado, pero casos en que la burocracia puede llegar a ser desesperante. Uno de los episodios más curiosos de la Historia austriaca.

6 de Junio.- Cualquiera que se interese un poquito por la Historia de Austria, que haya hablado con un par de abuelos y leído algunos libros, puede darse cuenta de que, aunque la anexión al nazismo fue traumática, el trauma gordo fue en realidad el fin de la primera guerra mundial y el shock de un país que, habíendose quedado en la raspa de lo que había sido, no sabía bien dónde tirar ni quién era.

En muy pocos meses, la monarquía austriaca cayó y dio paso a una República, la primera, que se debatía entre el conservadurismo de la antigua nobleza y la vocación autoritaria de la Iglesia Católica, el bolchevismo (juguete nuevo que los europeos habíamos descubierto por aquel entonces y que aspiraba a imponer otra dictadura, esta vez la del proletariado) y, cómo no, lo que pudieran disponer las potencias vencedoras de la guerra mundial (esto, simplificando). Alíñese todo el asunto con una economía acezante y con los complós que, con vistas a recuperar el trono perdido, orquestaba de vez en cuando el beato Carlos de Habsburgo (el emperador depuesto) y tendrán los lectores un cuadro de comedor.

Precisamente para tratar de ponerle coto a las aspiraciones del emperador Carlos, que se había quedado en paro y que, como todos los parados, no se resignaba a su situación, la república promulgó la llamada „Ley Habsburgo“ en la que se prohibía al emperador (o a sus herederos) poner pie en suelo austriaco y desempeñar cualquier tipo de cargos políticos en la República (prohibición esta última que, por cierto, y si yo no estoy mal informado, sigue en vigor).

Naturalmente, los miembros de la ex familia real no podían ser apátridas y conservaron su nacionalidad austriaca. La República les dio un pasaporte que era como todos los demás menos por la salvedad de que el portador no podía viajar al país en donde había sido impreso el pasaporte.

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Pasaron los años, el emperador Carlos falleció en la única isla que flota de manera natural (!Porque es de Madeira! Juás juás, qué chiste más malo, lo siento); Zita, su santa, quedó viuda con muchos chiquillos (el beato, a fuer de católico militante, solo podía usar el método Ogino que, como todo el mundo sabe, es ligeramente inexacto para controlar la natalidad). La buena y rezadora señora, como cualquier madre de familia de la época, se acogió a la caridad de sus parientes (unos parientes forradísimos, pero parientes al fin y al cabo) y llamó a la tita Maria Cristina de España, ex Reina regente (y muy buena, por cierto) y al primo Alfonso, rey de España. Por esta vía, consiguieron Zita y sus hijos pasaporte diplomático español que luego el franquismo les respetó.

Pasada la guerra mundial, el heredero, Otón (Otto Habsburg-Lothringen) se hizo, dentro de su conservadurismo, europeísta y comprendió que las monarquías como la de su padre y emperador habían pasado a la Historia. En 1961, muy en contra de la opinión de su madre (Zita) cogió el tomo con las leyes del Estado austriaco, empuñó la pluma, mojó con la lengua la punta y en una cuartilla escribió lo siguiente, tomado de la ley Habsburgo:

„YO, terminantemente, declaro por la presente con arreglo al artículo número número dos de la ley del 3 de abril de 1919 (…) que renuncio a mi pertenencia a la casa de Habsburgo-Lorena y a todas sus pretensiones de reinar consiguientes y que me reconozco fiel ciudadano de la República -de Austria-. Anuncio que hago mediante esta declaración que firmo de mi puño y letra. Pöcking, Baviera, 31 de Mayo de 1961, Otón Habsburgo-Lorena“.

¿Qué pretendía Otón de Habsburgo? Pues regresar a la política austriaca. Pero no como emperador, sino como presidente de la unión Paneuropea (una de las levaduras, por cierto, de la actual UE que los ingleses, tontos de ellos, quieren cargarse).

El siguiente paso estaba claro. Se dirigió don Otón al Gobierno austriaco (entonces, como hoy, roji-negro) y, con aire castizo, sin duda aprendido en sus días en España (de los cuales también sacó un español que daba susto, por cierto) dijo:

-Señores, yo ya „me he retratao“. Les toca.

No fue tan fácil. El país, en cuyo suelo vivían todavía muchísimos adultos capaces de acordarse de las maniobras de papá Carlos (tan poco beatíficas) para recuperar el poder, se sumió en un debate agrio. En el parlamento, como suele decirse, volaron los trapos y Bruno Kreisky, entonces ministro de asuntos exteriores, llegó a proponer que don Otón fuera nombrado embajador austriaco ante la Santa Sede (¿No es tan capillitas? Pues hale, que se lo quede el Papa). Pero la cosa no prosperó.

En 1966, sin embargo, hubo elecciones, y ganó, contra todo pronóstico, el Partido Popular, que pudo gobernar en solitario. A partir de ahí todo fue muy rápido y en Junio de 1966, o sea, hace exactamente cincuenta años, don Otón pudo estrenar pasaporte flamante y volver a pisar de nuevo la tierra en donde había nacido. Eso sí: cumpliendo su promesa de que su residencia se quedaría en Pöcking, en Baviera. Cerquita, pero suficientemente lejos. Muy austriaco todo.


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Comentarios

Una respuesta a «46 años para recibir un pasaporte»

  1. Avatar de Ernesto Pastore
    Ernesto Pastore

    El Sr. Otto de Habsburgo va a ser recordado por mucho tiempo, no así los políticos austríacos, cuyos terrores basados en sus correctas bajas autoestimas, sentimientos de inferioridad real por la poca preparación sociopolítica, ocasionó ese maltrato….era miedo al archiduque y la reacción de la gente. Ni que hablar sobre la ignominia de la prohibición de recibir a la anciana Zita sino hasta casi último momento. Cobardes.. En Italia sucedió lo mismo con el descendiente de la familia real italiana. Más cobardes.
    Ante la paz propuesta por el kaiser Karl I, arruinada por el gabinete francés, Anatole France dijo:»Ribot se ha portado como un canalla….un rey, sí…un rey de Francia habría tenido más piedad por sus súbditos. pero la democracia no tiene corazón ni entrañas»

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