
Los periódicos austriacos han recogido la muerte de Maricarmen, pero hay un aspecto, en mi opinión, en el que no han abundado lo suficiente.
8 de Octubre.- Mientras voy camino del trabajo, observo a la gente. A la mujer que va con el móvil en la mano. Al hombre que dormita, a la espera de que llegue su estación. A los chavales que juegan a cosas que yo jamás entenderé. Pienso qué sucedería si, en algún momento, tuvieran la posibilidad de ver su futuro. Si todos pudiéramos ver nuestro futuro. Por pura asociación de ideas, me imagino qué hubiera pensado Maricarmen, la señora más famosa de España si, el día en que entró a vivir en el piso del que la desahuciaron, alguien le hubiera dicho al oído:
-Mira Maricarmen ¿Ves esta casa? Pues cuando seas vieja, quince días antes de que te mueras, te echarán de ella. Vendrá la policía, y muchísima gente. Morirás en un hospital, sin que te dejen llevarte de tu casa ni un botón, ni la foto de tus padres, que vivirán contigo hasta el final en este piso. Pues bien: te vas a morir y tu muerte saldrá en los periódicos de todo el mundo. Sí, como si fueras una premio Nóbel o una asesina en serie o cualquier cosa descomunal de esas que provocan que la muerte de un ser humano le importe a los otros seres humanos. Yo te diría, además, que tengas cuidado, porque en tus últimos quince días de vida, pasarás un examen. Trata bien a todas las personas que conozcas porque se las buscará para que digan barbaridades sobre ti. Se tratará de intentar demostrar que, si te han echado de tu casa, más allá de por el crimen de ser pobre, es porque te lo mereces por bruja. Así que sé buena, Maricarmen. Por la cuenta que te trae.
Por suerte, nadie sabe lo que va a sucederle en futuro. Bueno, todos sabemos una cosa: que no vamos a quedarnos aquí para siempre. Algún día (espero que muy lejano, en mi caso particular) a despecho de nuestra curiosidad, de nuestras ganas de agarrarnos a esto que llamamos vida, todos nos tendremos que morir. Le ha pasado antes a Luis XIV y a Edison y a Greta Garbo y seguirá pasando a gente que hoy está vivita y coleando y a los que vengan después. Y luego, después de la muerte, pues hay opiniones. Los hay que dicen que nos quedamos por ahí volando y los hay que dicen que es como cuando se apaga un televisor. Que no hay nada más. Seguramente será lo segundo, pero nunca ha venido nadie a contárnoslo.
Los periódicos austriacos han recogido, como los de medio mundo, la muerte de Maricarmen. Como es el deber de los periodistas serios, han intentado dibujar un cuadro plausible a propósito de lo que el caso de Maricarmen ha hecho con la realidad española. Posiblemente, si destilásemos todas las opiniones y las redujésemos a una frase, sería esto: de poco sirve que la economía vaya como un pepino si la gente por la calle no lo nota. O sea, a todos nos da igual que Amancio Ortega o Patricia Botín estén forrados y sus empresas den beneficios, si las personas como usted y como yo no pueden disfrutar de una vida decorosa sin sacrificar las cosas que de verdad merecen la pena, como el tiempo con sus seres queridos y unas horas de ocio lógicas. Las expectativas que tenemos nosotros, los pobres, tampoco son para tanto. Reivindicar estas cosas tan sencillas te convierte, en algunos ambientes, en un radical peligroso. En un “zurdo” como suele decir esa gente que no se lava la boca. Pues bien: si esto es ser un zurdo, somos muchos zurdos en el mundo. Es más: creo incluso que somos mayoría.
Lo que no han dicho los periódicos austriacos y, en el fondo, es lo que late en todo esto es que, en el minuto mismo en el que se enteraron de que Maricarmen había muerto, muchas personas descubrieron no solo que todos somos mortales, sino que ellos son una mierda de seres humanos. Y eso, como sucede con los dolores intensos, como cuando te están haciendo una endodoncia y el dentista te toca un nervio, ha hecho que mucha gente pierda los papeles e intente compensar las barbaridades que dijeron de Maricarmen cuando la pobre mujer estaba viva. Ante la muerte, ante el muro impenetrable de la muerte, es más, ante la evidencia de nuestra propia muerte cierta, cunde el nerviosismo porque te das cuenta de que pocas cosas merecen la pena. Con un poquito de buena suerte, te das cuenta de que es mucho más importante la decencia en tu oficio (en este caso, el periodismo o el “politiquismo”) que cualquier objetivo a corto plazo.
Por ahí va la gente diciendo y escribiendo “Maricarmen, tu muerte no ha sido en vano”. Si es para que más gente se haya dado cuenta y empiece, a partir de ahora, a comunicar con más decencia, eso que habremos ganado.
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