Karl Heinz Grasser habla (por fin)

Verde
Son los verdes, los que se la tienen jurada al pobre Grasser (A.V.D.)

 

27 de Noviembre.- Después de 25 meses sin decir “este convoluto es mío”, Karl Heinz Grasser, el artista de la supervivencia (fue ministro de economía en la etapa de Haider en el Gobierno, después se retiró al emporio Meinl, y más tarde, cuando el Sr. Meinl cayó en desgracia, consiguió poner pies en polvorosa sin que la caida del jefe le afectase) Grasser, en fin, concede una entrevista llena de amargura al único periódico al que podría concedersela: al Österreich.

Una de las características principales de la prensa-basura (y el Österreich, con su mezcla constante de información y opinión es un ejemplo paradigmático) es la mezcla de códigos.

Sin entrar en si Herr Grasser tiene razones para estar tan amargado, tan hidalgamente ofendido, tan desengañado del mundo y de sus pompas (naturalmente, y hasta que el juez diga lo contrario, el Sr. Grasser es un presunto), se puede decir que la entrevista concedida al Österreich es, en fondo y forma, tan imparcial como las que periódicamente Isabel Pantoja concede a las revistas especializadas en tratar el trasiego ginecológico (y urológico) del famoserío español.

Para empezar, la entrevista se anuncia en la portada del periódico con una fotografía que muestra a Karl Heinz Grasser junto con su mujer en actitud acaramelada.

Fiona Swarovski, la encantadora señora de nuestro hombre, tiene muy pocas posibilidades de optar a alguno de los próximos premios de la fundación Alfred Nobel, sin embargo sí que se puede decir que tiene la inteligencia de permanecer callada o de reirse de sí misma cuando mete la pata. Así, ha conseguido labrarse una imagen pública positiva que, por irradiación, el Österreich (o la persona que ha seleccionado la fotografía para ponerla en lugar tan destacado) pretende contagiarle a su esposo.

En páginas interiores, nos encontramos con un breve preámbulo a la charla con el exministro de economía más cachas de la Unión (y, probablemente, del mundo).

En este preámbulo, que es toda una petición de indulgencia (captatio benevolentiae, que decían nuestros abuelos latinos) se insiste mucho en que Herr Grasser, antaño “Mr. Happyness” (sic) es ahora un hombre de ánimo pachucho, roto por los procesos judiciales, asediado por los leguleyos, y perseguido por unos jueces los cuales, Herr Grasser no lo duda, están siendo espoleados por poderes en la sombra que pretenden acabar con él y condenarle a una muerte civil.

Estos poderes en la sombra, para Herr Grasser, tienen un nombre: los perversos Verdes (se refiere al partido verde, die Grünen, que vienen a ser lo que fue Izquierda Unida en España durante un tiempo; ahora, no se sabe). Son ellos los que pretenden eliminar todo rastro de lo que fue la política durante la temporada “Azulnegra” (coalición entre el FPÖ –bajo Haider, entonces- y el ÖVP, o partido popular austriaco, bajo la responsabilidad, en aquellos años del plácido Wolfgang Schüssel).

La envidia ajena ha sido la que, según Grasser, le ha llevado no sólo a ser el objeto favorito de las investigaciones de las brigadas anticorrupción, sino también a ser el hazmerreir de la mayoría del país (un grupo de cabaretistas, Palfrader a frente, dio en el Aula Magna de la Universidad de Viena una lectura con las transcripciones de las conversaciones telefónicas que algunos encausados por corrupción –entre ellos Grasser- habían mantenido y la cutrez y la picantez del material fueron tantas que el público se rió más, probablemente, que si se hubiera tratado de una obra de teatro salida de la fantasía de algún autor sobrado de mala leche).

Grasser rechaza que, en todas las imputaciones que pesan ahora mismo sobre él, haya un adarme de verdad. Es la envidia, la cochina envidia de los seres inferiores la que desea destruir para siempre a un hombre tan guapo, tan listo y, como él, casado con la mejor mujer del mundo.

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