El cepo

RobotDesde los noventa del siglo pasado, la Humanidad se enfrenta a una revolución única en su historia

Querida Ainara (*): ya no es ningún secreto que, desde hace unos veinte años (pongamos desde la mitad de los noventa del pasado siglo) la Humanidad se encuentra ante una revolución sin precedentes en su historia.

La base de datos de personas más grande del mundo

Los que conocimos (aunque fuera poco) el mundo antiguo, no podemos sino contemplar con bastante alarma cómo se están desarrollando los acontecimientos. Lo que se llamó “la democratización de internet” (que, en realidad, quiere decir, “la llegada de internet a todas las capas de la sociedad”) así como la creación de tecnologías que hacen que la información se pueda procesar en grandes cantidades y  a una velocidad muchísimo mayor que la de nuestro pensamiento, no solo ha cambiado nuestra manera de percibir la realidad, sino que está afectando decisivamente (gravemente) a la capacidad que tenemos las personas, los ciudadanos normales, de mantener información al margen de ese ojo que todo lo ve y en cuyo comportamiento no podemos influir

En estos momentos, mientras te escribo esto, Facebook Inc., una empresa radicada en los Estados Unidos está, merced a ese perfeccionamiento fabuloso de la capacidad de procesar información (complementado con un gran abaratamiento de los soportes físicos de la memoria) creando la mayor base de datos de personas del mundo.

Está utilizando un mecanismo que, en Europa, está prohibido (de momento) y es un programa informático que reconoce las caras en las fotos que los usuarios comparten dentro de la red social. Una vez tú etiquetas una foto con el nombre de una persona, los robots de Facebook buscan todas las fotos que contengan esa cara y la asocian a un nombre, a unos datos, a unas amistades, a unos gustos, a unos lugares donde has estado o viajado y, por qué no, a una ideología, quizá a una orientación sexual o a unos datos médicos.

Tu compañero de pupitre

Esta información, por otro lado, para ser útil, debe ser evaluada. Y aquí es donde viene la siguiente vuelta de tuerca de la revolución.

En la actualidad, avanzamos a pasos de gigante hacia el cerebro artificial. O sea, hacia máquinas que piensan por sí mismas y que evalúan, por ejemplo, si el comportamiento de una persona es normal y actúan en consecuencia. Este nuevo paso, como sucedió con Facebook, se vende primero como una aplicación lúdica de la tecnología (estoy pensando en Siri, el pequeño cerebro artificial que los teléfonos más modernos de Apple tienen incorporado y que es capaz de interactuar verbalmente con el propietario del teléfono sugiriéndole, por ejemplo, que coja un paraguas antes de salir de casa si la previsión del tiempo dice que va a llover). Sin duda, no nos hará gracia cuando la cámara de seguridad del aparcamiento, al detectar nuestra presencia por un tiempo superior a minutos X, llame a la policía transmitiéndole nuestra imagen y nuestra identidad, para que puedan detenernos por merodear para robar coches.

No es ciencia ficción: ya existe una máquina así.

Por otro lado, la capacidad de interactuar con las máquinas dándoles órdenes directas (verbales)  así como la posibilidad de construir cerebros electrónicos más ligeros y más pequeños abren la posibilidad de que, en veinte años, haya máquinas que a) sean mucho más inteligentes que el ser humano más inteligente y b) que puedan realizar trabajos que hasta ahora solo podían hacer las personas.

En otras palabras: probablemente, uno de tus compañeros de pupitre será el programador del primer robot cuidador de ancianos, o del primer cirujano artificial (que verá mucho mejor que cualquier ser humano, que no estará sujeto a los errores que causan los nervios o los fallos de concentración: un cerebro frío que tendrá a su disposición online todo el conocimiento acumulado por la Humanidad para realizar el trabajo de que se trate).

¿Cuáles van a ser las consecuencias de todo esto? Probablemente, una tensión social brutal porque el mercado de trabajo sufrirá una enorme distorsión. Previsiblemente, la economía se oriente cada vez más hacia dos polos: de un lado, la fuerza de trabajo hierpcualificada e hiperespecializada, que sea capaz de “hablar” en el lenguaje de los robots e influir en su comportamiento. Por otro lado, el resto: la mano de obra barata condenada a salarios de subsistencia. Una fuerza de trabajo que, como ya sucede hoy, es la perdedora de la carrera darwinista por la supervivencia.

Todavía estamos a tiempo de sortear todos estos peligros, Ainara. Pero creo que quien puede, no quiere y quien quiere, está muy lejos de poder.

Besos de tu tío

 (*) Ainara es la sobrina del autor

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