Locura colectiva a la vienesa

Fuegos artificiales en Viena¿Qué sucede para que, en la víspera del concierto de año nuevo, los austriacos, que forman un pueblo normalmente tan morigerado, pierdan completamente la cabeza?

2 de Enero.- Mi primera nochevieja aquí fue la de 2005. Llevaba aquí unos tres meses. Hubiera querido volver a casa con mucho gusto pero, como les va a pasar a esos suicidas que una empresa americana quiere reclutar para que se vayan a vivir a Marte sin billete de vuelta, a mí me faltaba la pasta para el pasaje.

Ya se sabe: la distancia más larga entre dos puntos es a veces de 200 euros.

Así pues, aquel primer 31 de Diciembre decidí encarar el tema por lo tradicional y yo, que jamás en mi vida he pisado la Puerta del Sol para comerme las uvas apretujado intentando escuchar las campanadas del reloj de la Casa del Correo, me planté sin embargo en la Plaza de San Esteban, delante de la puerta de la catedral (tuve que hacerlo a las nueve) y, en compañía de otros amigos, hice guardia hasta que llegó la media noche. Y desde aquí lo digo: Nunca mais.

Yo, que he sido educado (como hemos sido todos los españoles menos, quizá, los valencianos) en el respeto por la pólvora, vi allí cosas que le hubieran puesto la carne de gallina a un salmonete. La combinación alcohol en sangre + sensación de impunidad + tengo los testículos como un morlaco de Mihura + pólvora, hace que la gente cometa auténticas locuras y que, si no pasan más cosas, es porque Dios, que es piadoso, pone su mano para que a los niños y a los borrachos no les suceda ningún percance.

Johny, los austriacos están muy locos

Durante la noche de San Silvestre, como si se tratase de un virus que se extiende imparable, los aborígenes se ven acometidos por una chaladura grupal que les lleva a actuar como si fueran puestos de alguna sustancia (bueno, de hecho, muchos van puestísimos de una sustancia: el alcohol).

Algunos sucesos acaecidos este año nos servirán de ejemplo:

En el municipio de Deutsch-Wagram, en las cercanías de Viena –lugar en donde, si yo no recuerdo mal, pasó Natascha Kampus su cautiverio- un hombre de 54 años que estaba tirando cohetes con su familia, decidió encender lo que aquí se llama una Kugelbombe (o sea, un petardo algo más grande que un puño, lo flipas). Al ver que aquello no explotaba, se inclinó a ver qué sucedía. La bomba reventó y lo dejó en el sitio. Su mujer y su hijo tuvieron que ser atendidos por psicólogos.

En Baja Austria, según informan medios locales, los servicios de emergencia tuvieron que salir 400 veces durante la noche. Solo nueve de ellas, gracias a Dios, debido a la pólvora pero casi sesenta para recoger de esas calles de Dios a personas que habían bebido hasta perder un conocimiento que quizá no tuvieron nunca –este año no hubo peligro debido a lo tibio de las temperaturas pero, cuando el invierno arrea fuerte, muchos terminan el año viejo al mismo tiempo que sus vidas, y amanecen azules y tiesos a la luz de la aurora del año nuevo-.

En Falls aus Traun, un marmolillo de 27 años –mira, aún está a tiempo de ser ministro– encendió en su casa, junto a su hijo de seis años, un cohetillo de esos que, en España, se llaman buscapiés. El artefacto, como mis lectores se pueden imaginar, cuando se enciende la mecha, se empieza a mover incontroladamente para diversión de los masoquist…Digo, de los asistentes a las fiestas. Estos petardetes se suelen utilizar en lugares abiertos. Sin embargo, nuestro candidato a Ministro de Asuntos Exteriores lo utilizó en su casa. El chisme fue a parar al árbol de navidad. Dicho árbol se incendió y tuvieron que venir los bomberos. Todavía están recuperando vacas asustadas por los labrantíos circundantes.

Pero el caso más raro sucedió en Viena, en la barriada de Simmering (distrito popular y populoso de inmigrantes). En dicho marco-incomparable-de-belleza-sin-igual, un burguenlandés sandunguero de 45 años decidió darle la bienvenida a 2014 disparando su pistola Glock 30 veces 30 contra la acera, montando un pitote proporcional. Se personaron los Wega (los Geos austriacos), le arrebataron al hombre el arma y le pidieron explicaciones. El burgenlandés las dio y fueron, si cabe, más ilógicas que su acción: dijo que le había parecido una forma estupenda de recibir al año nuevo y que había pensado que, de todas maneras, con el ruido de los petardos, nadie iba a darse cuenta de si él estaba disparando o no. Que en ningún momento había querido empuñar su arma contra personas ni animales y que, señor agente, prometía no volver a hacerlo nunca más.

La policía lo flipó bastante cuando, al registrarle, aparte del arma, le encontraron un pasaporte (falso) con sus datos (auténticos, sin embargo).

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