Camarero (hic, hic), la última ronda

Una auténtica institución vienesa deja la ciudad después de 170 años, que se dice pronto. Dígame usted cuál y le regalo un caramelito.

15 de Junio.- Una de las cosas que más llama la atención cuando uno viene a vivir a Austria es, por supuesto, las cantidades ingentes de alcohol que beben los austriacos y la cantidad de alcohólicos que hay en este país (lo sé, no es muy elegante llamar borrachuzos a los conciudadanos de uno, pero lo anterior, como dicen en Cádiz y yo digo siempre también, no es criticar, es referir).

Dentro de esta perplejidad general que al español le supone el consumo etílico en Esta Pequeña pero (hip, hip) achispada República, hay varias perplejidades particulares.

Una de ellas es que los austriacos beben muchísimo más champán que en España (en donde no le llamamos champán, pese a ser lo mismo, sino que, por razones puramente comerciales y de copyright, le llamamos cava).

Al español medio el champán no le gusta demasiado -es esa botella medio amargosa que traen siempre las cestas de navidad- pero en Austria la gente se lo bebe como el agua y existe incluso la costumbre de considerar una caja de champán (del caro, del que hoy hablaremos) como un regalo muy apropiado para subrayar los hitos de la vida, por ejemplo, el cumplir una cifra redonda de años o el haber conseguido un grado universitario mayor que la licenciatura.

Naturalmente, no todos pueden estar todo el santo día bebiendo champán Veuve Cliqcot, que es un champanazo a su „preciazo“ correspondiente, así que, para calmarse la sed de espumoso (y, de paso, aumentar el grado de acidez estomacal) está el Sekt nacional, que es un espumoso cuyo precio se puede permitir cualquier hijo de vecino con unos posibles, el prosecco italiano (que es un vino al que se le inyecta dióxido de carbono artificialmente para que eche burbujillas) que es un poco como el lambrusco, o sea, ese vino de trote que entra bien con todo y con el que conseguirse una cirrosis a precio razonable (¿Quién no ha visto un Opernball dándole sorbitos a su copita?) y luego, por último, lo que yo digo que es el champán de los pobres, que es el famoso spritzer o vino blanco con gaseosa, bebida refrescante con la que los aborígenes terminan cantando „Maruja Limón“ de Manolo Escobar, aunque no se la sepan („por no haber puesto cerrojos en tu corazón, ahora son fuentes tus ojos, Maruja Limón“).

Pero retrocedamos. Entre los champánes que se considera aceptable regalar en ocasiones de pompa y circunstancia está el de la marca Schlumberger.

Schlumberger es una empresa de rancio abolengo, nada más y nada menos que diecisiete décadas ayudando a intentar que las penas de los austriacos perezcan de asfixia.

La central de Schlumberger se encuentra en Spitelau, en el distrito diecinueve, y es un impresionante edificio amarillo de la tonalidad que se llama Schönbrunn (por el famoso palacio) que, cuando uno pasa por delante montado en el tranvía camino de la jocosa zona de los heuriger, podría jurar que no va a acabarse nunca. En Spitelau, Viena, están las bodegas, pero también está la fábrica más importante de la marca. Sin embargo a esta situación le quedan dos Zeit im Bild.

Hoy publica la prensa viení que Schlumberger ha decidido mudar su producción a Burgenland, concretamente a la bonita ciudad de Müllendorf, marco incomparable de belleza sin igual y, desde ahora, meca de aquellos a los que les gusta el pimpiribín pimpín de la copa empinar.

Lo han hecho porque el distrito diecinueve es uno de los distritos más caros de Viena y porque, naturalmente, expandir la fábrica para dar cabida a la producción del consumo (siempre creciente) de champán, sería imposible en la capital, en tanto que en Müllendorf, como su propio nombre indica, lo que sobra es campo.

El traslado de Schlumberger ha sido también un acto de complicidad gubernamental, una complicidad entre partidos: concretamente entre el partido socialista y la ultraderecha, cuyos representantes en el Gobierno burgenlandés le han comido la oreja a los propietarios de Schlumberger ofreciéndoles todo tipo de facilidades para que se gastaran una cifra mareante (que algunos sitúan alrededor de los cincuenta millones de eurazos) en comprar un terreno fabril en el que poner la factoría que producirá, Dios mediante, ríos de alegría (para sus bolsillos, naturalmente, pero también para el pueblo soberano).


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