El amor en Domingo: la frágil llama del interés

Amor e interés, dos conceptos que no suelen aparecer unidos, son hoy el tema del tercer capítulo de nuestra serie dominical.

Aquí, el capítulo primero

Aquí, el capítulo segundo

14 de Abril.- A veces, me da por pensar que uno puede imaginarse el amor como una especie de corriente. El manantial de esa corriente está en nosotros mismos. De él brota un fluido cuyas propiedades se modulan según la relación amorosa de la que se trate. La relación con ese fluido es distinta en las diferentes etapas de la vida, y se vuelve más compleja a medida que envejecemos.

Los niños solo reconocen determinadas propiedades del amor. Es como si vivieran deslumbrados por su luz. Todos nos hemos enfrentado a los enamoramientos de los niños. Unos enamoramientos que no conocen el disimulo y que, por lo mismo, no se pueden fingir. Unos enamoramientos que arden constantemente, como una bengala de una admiración incondicional que parece inextinguible.

En inglés, este amor tiene incluso un nombre propio: puppy love o amor de cachorro.

Cuando somos mayores, tendemos a avergonzarnos de estos amores ardientes de la infancia porque, expulsados ya de la inocencia, nos damos cuenta de que amar así y, sobre todo, demostrar así, sin ningún filtro, que amamos, nos coloca no solo en una posición muy vulnerable con respecto al objeto de nuestro amor, sino que además coloca al amor mismo, a la corriente cuyo manantial somos nosotros, en una posición muy delicada que incluso compromete su supervivencia.

El aprendizaje del discurso amoroso o, mejor dicho, del protocolo que se espera que nosotros sigamos con respecto al amor, implica darse cuenta de que determinados amores, sobre todo los que están relacionados con la promesa tropical del sexo, deben ser no solo escondidos o disimulados, sino que en algunas etapas es incluso conveniente dar de ellos solamente indicios de su existencia, a veces muy sutiles, para que la curiosidad del objeto de nuestro amor no se extinga.

Es de esta manera tan curiosa, haciéndose escaso, conteniéndose, haciéndose precioso y costoso, siendo cuidadosísimo de la demostración del amor, casi tacaño, como el amante experto, paradójicamente, va contribuyendo poco a poco a enlazar dos conceptos que no suelen ir unidos: el del amor y el del interés.

Y sin embargo el interés, el suscitar en otros el interés de que nos estudien, que es el interés que nosotros tenemos en estudiar a las otras personas, en querer saber más, en conocer hasta las últimas fronteras, los últimos límites de los objetos de nuestro amor, es la espina dorsal de cualquier amor, la clave última de su crecimiento y, eventualmente, de su permanencia.

Es así como el amante, cuyo último tema de conversación interior, casi el único, es el amor que siente por el objeto amado, tiene que aprender el sutil arte del disimulo, que incluso puede llegar a la negación, al objeto de poder seguir cerca de aquella persona a la que ama.

El ser humano aprende, en la húmeda e impredecible etapa de la adolescencia, que nada ahuyenta más al objeto de un enamoramiento que el que esa persona sea consciente de nuestro interés. Es más: nada nos pone más en sus manos y, extrañamente, nada parece excitar más lo que parece ser una innata inclinación a la maldad de la especie humana, que suele excitarse y afilarse en el momento en el que una persona es consciente de su poder.

El silencio, el fingimiento, la sombra, el retiro, protegen tanto al amor como a la persona que ama y, al mismo tiempo, también le hacen ser mejor persona, en el sentido de que son mejores las personas más sofisticadas, las que son capaces de advertir la complejidad de sus sentimientos.

El silencio, el fingimiento, la sombra, el retiro, obligan al ser humano a detenerse y dar un paso atrás, obligan al ser humano a lo que podríamos llamar „la contemplación amorosa“ del objeto amado.

A saber mirar para poder seguir amando.

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2 Responses to El amor en Domingo: la frágil llama del interés

  1. Diego Pérez dice:

    Cada día escribes mejor. Nunca podrás negar que maduraste en Viena.

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