La eternidad posible

8 de Diciembre.- Soy un infatigable lector de memorias y biografías. Con los años, he llegado a la conclusión de que muy pocas ficciones se pueden igualar a una vida bien contada (aunque habría que hablar mucho del componente de ficción involuntaria que tienen las memorias). Asimismo, mi inclinación natural al cotilleo tiene en esos libros una forma de satisfacción que es presentable socialmente.
De pequeño, me gustaba leer en el Pronto las memorias de las folclóricas, casi siempre publicadas por medio de interpósita persona, porque las obreras de la bata de cola solían estar en ayunas culturales. En aquellos tiempos en que la información social aún no era la jaula de fieras que es hoy, aquellas cándidas retahílas explicaban hechos tan indiscutibles como que fulanita se había casado con zutanito (siempre por la iglesia) o que el espectáculo “Coplas de España” había tenido todo el éxito de este mundo y parte del del otro en la temporada 65-66 del Teatro Colón de Buenos Aires.
El epítome de este género fue la serie Coraje de Vivir que Antena 3 produjo para Lola Flores. Mi momento favorito era ese en el que Lola, vestida como la viuda de un estraperlista rico (taconazos, vestido negro con falda por encima de la rodilla, broche de brillantes, el entrañable culillo de las mujeres Flores) decía con esa voz curtida a base de cigarrillos “Güisto”:

-Y cuando llegué a Roma, tuve mi primera “farta” de Lolita.

La lectura continuada de memorias crea una mentalidad. Uno atesora momentos por si, en algún momento del brumoso futuro, se le acerca Tico Medina con una libreta en la mano, dispuesto a que uno le cuente su vida.
La otra noche, la del Krampus, fue uno de esos momentos que, difinitivamente, guardo para recrearlo en mis memorias. No hará falta embellecerlo, porque ya de por sí fue un retal limpio y perfecto de felicidad. La otra noche, sentado en una cocina de Burgenland, me di cuenta de que, después de tres años en este país, he conseguido hacerme un sitio, y que ese sitio está habitado por las personas cariñosas que me acompañaban alrededor de aquella mesa.
Los momentos hermosos, sin embargo, hay que vivirlos con un ojo abierto, disfrutarlos con avaricia, porque no son eternos más que en el recuerdo.

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