mi bcina s 1a guarra t kiero mariloli :X

6 de Julio.- Todos los trabajos tienen sus servidumbres, sus rutinas, sus pequeñas espinas que los acercan a la maldición divina que, según los curas, todo curro es. Por el mío, tengo que contestar cada día muchos correos electrónicos. Me los escriben personas de Francia y de España. En principio, gente de todos los pelajes.

Con el tiempo, uno termina cogiéndoles el punto a sus interlocutores cibernéticos y nada más abrir el correo sabe con qué tipo de persona está tratando.

Debo decir, sin embargo, que esto me cuesta mucho más con los correos escritos en francés.

Normalmente, y aunque provengan de personas muy modestas o que no tengan como lengua materna la que habla Madame Sarko, están escritos con mucho cuidado de disimular las carencias que tenga el escribiente, y aspirando a esa cierta uniformidad en la que, en opinión de muchos maestros, reside la buena educación. La cultura francesa es congénitamente ceremoniosa (la mayor parte del tiempo hasta un punto empalagoso) y quien escribe un correo en francés con intenciones comerciales sabe que, si no se apega a un determinado grado de convención, corre el riesgo de que no le hagan caso o de que releguen el suyo al montón del “ya lo haré mañana”.

Las capas más estólidas de la sociedad francesa, eso sí, han inventado una forma de escribir que ignora la ortografía y lo subordina todo a la fonética. Es el “lenguaje de teléfono móvil” cuyo uso, ya en el presente, distingue a las personas escolarizadas de las que consiguieron mantener vírgen su asnal ignorancia durante su paso por el sistema educativo.

En cuanto a los mensajes que recibo de España, podrían establecerse algunas categorías. Empezando por la mejor, la primera la formarían los escritos sin errores en un lenguaje civilizado. Alcanzan, siendo generosos, el diez por ciento del total y no tienen una procedencia geográfica definida.

En los mensajes que llegan de aquellas zonas de España en las que la riqueza lingüística es mayor, son relativamente frecuentes los errores achacables al bilingüismo. Como por ejemplo el dequeísmo que ha sido la marca de identidad de algunos personajes catalanoparlantes que han triunfado en la capital. Vaya por Dios y vaya otro veinte por ciento.

También están los correos escritos por gente de cierta edad que, en su momento, no tuvo ocasión de seguir un camino educativo formal y que se quedaron en el nivel de hacerse entender por escrito sin llegar a florituras. Estos, en mi opinión, son los más disculpables y los que, de hecho, disculpo más. Cinco por ciento.

Otro grupo son los procedentes de personas que fueron a la escuela en América Central y del Sur. O que, siendo sus ascendientes sud o centroamericanos, asistieron a clase en las aulas españolas. Se les caza inmediatamente no solo por la sandunga que le ponen a la cosa onomástica (todos los Élderes, Christóferes, Eddies, Taisonalexánderes, Jonathanes, etcétera) sino por los resbalones que tienen con las eses y las zetas. Errores muy comprensibles en gente que, en su práctica fonética normal, no las diferencia.

Y luego está LA MASA TENEBROSA. Esa tropa negra y descomunal que abomina de las técnicas más elementales de cortesía escrita, que manda correos en mayúsculas, sin firma. Ese batallón ignorante que desprecia las tildes y ridiculiza los signos de puntuación como señales peligrosas de amariconamiento. Sí: ellos. Son los que forman la legión de los comentaristas de periódicos gratuitos en internet, los bestias que atruenan en los platós de televisión y envían sms para que España vea escritos sus “mi vcina s huna guarra t kiero mariloli :x” , la masa zafia que cree que escribir bien no es tan importante y que no se da cuenta de que, la ortografía correcta, hace la vida igual de agradable que la ducha diaria o la higiene dental.

Tenemos la suerte de tener un idioma que no tiene declinaciones, con unas reglas ortográficas que un niño de diez años debería conocer ya como la palma de su mano (apenas cuatro cosas que aprenderse de memoria).

Ojalá el alemán fuera así de fácil y pudiera yo dejar de escribir en esa lengua como lo hago: o sea, como un patán.
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