Españoles en el exterior

Supergirls
Los españoles, siempre tan centrados en lo nuestro (A.V.D.)

 

22 de Enero.- La edición digital del periódico El Mundo, señalaba ayer que el número de españoles en el exterior había aumentado en un 22% debido a la crisis y blablablá (artículo aquí).

Son datos extraidos del Censo de Españoles Residentes Ausentes (aquí, se pueden consultar los datos). Este censo, si no me equivoco, es el que se elabora con los datos de los inscritos en las embajadas y consulados españoles en el exterior.

Dado que la inscripción en la embajada o en el consulado no es obligatoria (y, particularmente en los países pertenecientes a la UE, de dudosa utilidad salvo para renovaciones de documentos y cosas así); dada, asimismo, la cantidad de correos que yo he empezado a recibir –particularmente del verano pasado a esta parte- y dada la muestra aleatoria que, para mí, supone mi grupo de amigos (de seis personas, sólo tres que yo sepa estamos inscritos en la embajada) este porcentaje de aumento de la presencia española en el exterior puede ser muchísimo más alto.

En la noticia de El Mundo se comparaba al emigrante español de los años sesenta (1960-1975, periodo dorado de la emigración española) con el emigrante de hoy.

La verdad es que el emigrante de entonces, el de la maletica de cartón y las coplas de Juanito Valderrama en los labios, sólo se parece al emigrante de 2012 en una cosa: le empuja la miseria.

Por lo demás, los emigrantes del siglo XXI se parecen a los del siglo XX como un huevo a una castaña. Igual, por otra parte que esta España se parece a aquella como la Duquesa de Alba (de Tormes) a Heidi Klum.

El perfil es el de un joven cualificado (estudios universitarios), normalmente sin ataduras familiares que abandona su país porque ya ha estado en el extranjero (con ocasión de una beca Erasmus, por ejemplo) y la experiencia no le ha disgustado.

¿En qué otra cosa se diferencia el trabajador de entonces del de ahora? Precisamente por lo que apuntaba en el párrafo anterior, yo creo que en otro punto fundamental: para el emigrante español de la segunda mitad del siglo pasado el extranjero era, sobre todo, un territorio hostil. Ahora, sigue siéndolo, pero con otros matices.

Lo primero que hacía un español cuando aterrizaba en Hamburgo para trabajar de camarero era buscar a otros españoles. Normalmente, existían las llamadas Casas de…(Andalucía, Extremadura, etc) en cada ciudad grande, en donde los españoles podían hablar en su idioma materno y comer callos, fabada o tortilla de patatas y lamerse las heridas que el jefe les había producido al tratarles como lo que eran: los pakistaníes de aquella Europa.

La misión de estas casas en donde los españoles se reunían para compartir recuerdos tan idealizados como las fotos de la Giralda que colgaban por las paredes la cumple ahora Facebook.

El emigrante del siglo XXI se aferra a la tecnología para estar en contacto con su familia o con sus amigos de España (para los emigrantes del siglo XX, la Madre Patria era ese territorio del que sólo se tenía noticia cuando Marisol peregrinaba hasta Düsseldorf para cantar cuatro coplas vestida de gitanilla pop) pero también utiliza las ventajas de internet para, lógico pero, bajo mi punto de vista, completamente erróneo, crear en el país de acogida una segunda España o para seguir viviendo (en Austria, en este caso) como si viviera todavía en España. Con su botellón, con su marcha de fin de semana, con esas cosas que tanto y tanto nos alegraban la vida.

Este que escribe contempla a los que llegan en esta oleada con muchísima curiosidad. Se pregunta cuántos de ellos, aunque permanezcan en Austria, conseguirán dejar de vivir mentalmente en España. Hecho que se traduce en dejar de contemplar la vida austriaca con las gafas de ver de España. Cuántos, en suma, saldrán de esa Casa de Extremadura cibernética que constituye un internet que les ayuda a nadar en el agua agridulce de su nostalgia.

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