
26 de Agosto.- En uno de los tomos de sus memorias, contaba Terenci Moix que, a mediados de los sesenta, cuando la televisión empezó a ser un electrodoméstico lujoso pero frecuente, la gente empezó a hablar como aquellos locutores a los que escuchaba decir que el anticiclón de las Azores traería ausencia de precipitaciones o que Carmencita Franco se había casado con un matasanos en una boda “de cuento de hadas”. En otras palabras, Moix certificaba la muerte de las variedades dialectales del idioma en favor de un acento estándar que la gente, desde entonces, acepta como “fino”, “elegante” o deseable por considerarlo propio de la gente “moelna” o “rica”. Cosas estas cuatro a las que aspiramos todos.
La imposición del acento dominante también se propicia por razones económicas. Tomemos el caso que me toca más cerca: el alemán austriaco lo hablan unos ocho millones de personas; el alemán de Alemania, casi cinco veces más. Esto significa que las películas y las series, por ejemplo, se doblan en un alemán que se considera neutro (una versión del Alto Alemán, o Hochdeutsch) pero que no puede evitar tirar de los giros dialectales del vecino del norte. Un mercado al que las empresas de doblaje consideran, con razón, que les va a dejar más jEuros en la caja.
Sucede sin embargo que, a fuerza de vivir aquí y aprender el idioma, uno empieza también a tener manías al respecto, y a desarrollar cariño por algunas palabras y a detestar otras por ese tipo de asociaciones en las que tanto y tanto tienen que ver los arbitrarios motivos del amor.
Por ejemplo, a mí se me revuelven las tripas cada vez que estoy viendo una película (pongamos una serie de esas de abogados americanos, de esos que se diría que no trabajan, porque están todo el día reunidos) y un personaje, para relajar una situación de alta tensión ambiental, le ofrece a otro cAfe, acentuado en la A que yo he dejado en mayúsculas. Y es que, en Austria, con muy buen criterio, se dice café, acentuado en la española, a la francesa y a la de todos los idiomas finos y cultos que en el mundo han sido (¡Si incluso el americano más paleto dice “caféi”!). Pues en Alemania, terne que terne, todo el mundo bebe cAfe.
También me pone enfermo el escuchar a un alemán (o alemana) decir el pronombre personal de la primera persona del singular pronunciándolo como “Ish” (como Rajoy). Un enanito gruñón dentro de mí no puede evitar decir “!Cafre! No se dice “Ish”, se dice Ich, pornunciándolo “Ij”, sin rascar”. También, porque esta pronunciación me recuerda irremisiblemente a la telemierda que emite de manera pertinaz el segundo canal de la RTL. Ese tipo de programas en los que siempre hay una choni de pelo teñido de azabache, piel morena de rayos UVA y pendientes de aro indefectibles diciéndole a un marmolillo:
-Ish liebe dish nisht!
Es escuchar esta frase y me sale la misma urticaria que cuando Belén Esteban dice cada tres minutos lo de “¿Me entiendes?”. Me pongo enfermo, o sea.
Los lingüistas afirman que más de un tercio de los jóvenes de este país han dejado de utilizar los términos austriacos y han pasado a preferir los del vecino del norte. Y así, por influencia de las series de televisión y las películas, los jóvenes austriacos dicen “treppe” y no “stiege” cuando quieren referirse a una escalera. Y llegará el día (tiempo al tiempo) en que no pedirán un “sackerl” en el supermercado, sino que preferirán decirle a la cajera (los muy ridículos de ellos) que si no tendrá una “tüte” para meter las alcachofas.
A mí me da mucha penita que los austrianismos se pierdan, porque me une a ellos una relación sentimental (la fe del converso, supongo) y me enamora que los aborígenes hagan los diminutivos en –erl, o que a los trapos les llamen Fetzen, o que para decir que algo mola, digan que es “Lei(n)wand”; y me apasionan esos galicismos tan bonitos, como llamar etablissements a los puticlubs o Mezanin al entresuelo (¡El entresuelo! Esa palabra tan decimonónica y, por tanto, tan vienesa).
Por cierto, para hacer patria Die Ballade vom versteckten Tschurifetzen austriaca, me despido hoy con una canción que es un puro austrianismo. Se llama, y el título es intraducible al español. Tschurifetzen es, en lenguaje coloquial (austriaco) el trapo que se utiliza, después del amor, para limpiar los productos resultantes de tan placentera actividad ¿Alguna alternativa castellana?
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