Españoles en Viena: una relación de amor-odio

Austria
A.V.D.

 

¿Acabas de llegar? ¿Llevas ya aquí algún tiempo? La relación con el país de los españoles que llegan a Austria va cambiando con el tiempo. Leyendo este post, probablemente te sientas identificado con muchas de las cosas que se dicen en él.

 30 de Noviembre.- Como mis lectores saben, este blog tiene una vida paralela, en Facebook.

Muchas de las personas que frecuentan este espacio  (y aprovecho para decir aquí que este mes hemos batido record de visitas, y también para dar las gracias por ello) prefieren dejar comentarios en las redes sociales y muchas veces se generan discusiones muy interesantes.

El post sobre la sonrisa como arma imprescindible para tratar a los austriacos ha suscitado mucha controversia. En líneas generales, se puede decir que la opinión mayoritaria de los tertulianos cibernéticos es que, en general, los vieneses son unos bordes y que los austriacos que no viven en esta bonita ciudad son muchísimo más tratables.

Mi opinión personal es que los vieneses, como todos los que viven en grandes ciudades (y Viena, para el estándar austriaco,lo es) se sienten amparados en el anonimato y no se ven en la obligación de ser simpáticos porque no se da el marcaje a que tus vecinos te someten en núcleos urbanos más pequeños.

Por otra parte, como llevo aquí algunos años, pienso que muchas de las percepciones que he leido en las redes sociales tienen mucho que ver con lo que yo, para mí, y después de muchos casos observados, llamo La Curva del Entusiasmo del Español Residente En Austria (LCEARE, por sus siglas en serbocroata). Ejem.

Dicha curva relaciona las variables tiempo-entusiasmo por Austria de la manera siguiente: en el punto cero de nuestra gráfica y durante los primeros momentos, el nivel de entusiasmo suele ser bajo: la realidad austriaca, para el español recién llegado tiende ser hostil. La gente habla raro, hace un frío de cojones (con perdón) y te enfrentas a unos comistrajos cuya ingesta te hace enfrentarte a un serio peligro de alteración cardiovascular.

En determinados casos (Erasmus, principalmente, aunque no siempre) el entusiasmo puede remontar en estos primeros momentos debido al agrupamiento espontáneo de españoles –o hispanohablantes- que conduce al establecimiento de gratificantes relaciones de naturaleza sexual y/o alcohólica (los dos mejores antidepresivos conocidos hasta ahora).

Tras esta primera etapa de frustración, añoranza por el pescaíto frito (o la fabada, según) viene una larga etapa de estabilidad en la que el entusiasmo por Austria remonta de manera sostenida. Se habla mejor el idioma, uno vuelve a sentirse un adulto o una persona mentalmente capacitada (después de meses, e incluso años, de haberse sentido una piltrafilla sin estudios a la que nadie entendía), se evitan las grasas saturadas, el palmito vuelve a ser lo que era. Al conseguir entenderles (y mira que cuesta) los austriacos te parecen unos seres dotados de unas virtudes que te parece que los españoles no conocen ni por el forro. Son fiables, leales, mantienen siempre la calma, son corteses y sus defectos, en comparación, te parecen mínimos. Vale: hay un veinte por ciento que vota a la ultraderecha, pero en todos los países descerebrados. Qué vamos a hacerle. También su cortesía oculta a veces una cierta dosis de hipocresía, aceptado. Pero estaremos de acuerdo en que la educación se podría definir, sobre todo, como el fingimiento con fines sociales.

Sin embargo, llega un momento de la vida de todo español en Austria en que le dan ganas de gritar que es satánico y que quiere churruscar con un lanzallamas a todos los aborígenes que se le pongan por delante. Y entonces es cuando la curva del entusiasmo baja brutalmente. De pronto, la fiabilidad y la lealtad te parecen un coñazo. La educación, hipocresía. El que mantengan siempre la calma te hace sospechar que son unos mutilados emocionales. Te gustaría, de pronto, que fueran lo que no son: una versión perfeccionada de lo que tú crees que son los españoles. Y eso no puede ser.

Si se sobrevive a la crisis (digamos que, como en las relaciones, suele pillar a los seis o siete años, cuando el fuego sexual se va volviendo mortecino poco a poco) el entusiasmo vuelve a remontar. Pero si no, esta caida del entusiasmo puede tener consecuencias devastadoras conduciendo incluso a que quieras abandonar el país, dejarlo todo y pegar la vuelta como Pimpinela.

¿En qué punto de la gráfica estás tú?

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